Roberto Lerner
Perú21, 5 de setiembre del 2026
«El debatiente peruano no llega a Panamá sospechando que el rival va a ser mejor por venir de un país con mejor PISA. Llega asumiendo que puede ganarle a cualquiera, y esa expectativa, sostenida durante cuatro títulos consecutivos, se vuelve ella misma un activo competitivo: se entrena para ganar, no para quedar bien».
La Selección Nacional ganó, en Panamá, por cuarta vez consecutiva el Mundial Escolar de Debate en Español. La final fue entre dos equipos peruanos, y en semifinales hubo tres. Siete de los diez mejores oradores del torneo fueron peruanos. El equipo ganador, Huascarán, estuvo integrado por José David Stisin (Trener), Mikhail Shudnev (Áleph) y Gonzalo González (Nuestra Señora del Consuelo). Fue entrenado por Hideki Harada y Felipe Zenteno. Y, dato sabroso: los debatientes del equipo con quien dirimieron pertenecían a… los mismos colegios.
Los debatientes que formaron parte de otros equipos peruanos son alumnos de los colegios Salcantay, Champagnat, Alpamayo, YMCA Abraham Valdelomar, Los Álamos, Andino, Mater Purissima, Trilce La Molina y Saint George. ¿Tienen algo en común? Colegios privados de Lima, salvo uno, con identidad institucional fuerte y, salvo dos, vinculados a congregaciones, prelaturas u organizaciones religiosas.
Sería tentador señalar que ninguno de los anteriores centros educativos es protagonista del interesante libro de Reátegui, Grompone y Rentería, ¿De qué colegio eres?, que documenta cómo un puñado de colegios es un mecanismo de reproducción del poder en el Perú: no por lo que enseñan, sino por la antigüedad del apellido y la red social que consolidan. En el caso que nos ocupa, no es que a esos colegios no les interese argumentar: construyeron su propio circuito, en otro idioma, inglés, en el que compiten y, aunque en menor medida que los que hicieron noticia hace pocos días, ganan.
Pero, ¿qué explica esa performance notable en el campo del debate de los ganadores absolutos del certamen en Panamá? La pregunta adquiere más intensidad porque se trata de una superioridad que se sostiene en el tiempo, algo que cuando de competir se trata no es precisamente un atributo nacional.
¿Descansa entonces esa superioridad en la calidad de nuestro sistema educativo? La respuesta es no, y un no rotundo. De los siete rivales en este Mundial, Chile es el mejor alumno de la región en la prueba PISA de matemática: puesto 37 de 81 países evaluados. México y Perú comparten el sótano regional, en los puestos 57 y 59. Si el debate escolar reflejara el nivel del sistema educativo general, la final debía haber sido chilena. No lo fue: Chile ni llegó a semifinales. Ahí estuvieron dos equipos peruanos y uno mexicano, es decir, los dos países académicamente más flojos de los siete. El campeón mundial de pensamiento crítico y argumentación es, en la métrica que se supone mide exactamente eso, casi el peor alumno de la clase. Sea lo que sea que explica el tetracampeonato, no es PISA.
Lo que sí lo explica es algo que no tiene nada que ver con el aula y mucho con la arquitectura que se construyó alrededor de una afición. La Liga Peruana de Debate Escolar nació como una federación en el sentido estricto del término: no un curso más dentro de la currícula, sino una institución aparte, con su propio calendario, sus propias reglas de ascenso y su propio prestigio interno. Calcada del molde que en otros países ocupa una federación deportiva.
Alrededor de esa federación se armó una comunidad que sostiene la vocación en el tiempo —padres que viajan, egresados que vuelven como jueces, como Julio César Valverde, hoy reconocido entre los mejores jueces del Mundial después de haber sido debatiente destacado. Y encima de la comunidad, entrenadores de oficio, no profesores de colegio haciendo una hora extra: gente que se dedica a formar oradores de la misma manera en que un entrenador de tabla forma a un campeón mundial de surf, con sesiones sistemáticas, revisión de video, feedback de cada intervención.
Falta un último ingrediente, menos institucional y más psicológico: la ausencia de complejos a la hora de competir. El debatiente peruano no llega a Panamá sospechando que el rival va a ser mejor por venir de un país con mejor PISA. Llega asumiendo que puede ganarle a cualquiera, y esa expectativa, sostenida durante cuatro títulos consecutivos, se vuelve ella misma un activo competitivo: se entrena para ganar, no para quedar bien. Es la misma lógica, exactamente, de la selección de surf, tetracampeona mundial por equipos con un presupuesto que cualquier liga de fútbol menor consideraría una limosna. Cuando una actividad extracurricular se toma en serio como vocación, no como adorno del currículum ni como mérito para ingresar a la universidad, sino como algo que se entrena en serio y se lleva a cabo con mentalidad ganadora, el Perú produce resultados de nivel mundial con una velocidad que el sistema educativo formal, PISA de por medio, no alcanza ni de lejos.






