Raúl Delgado Sayán
El Comercio, 5 de setiembre del 2026
“La pantalla puede mostrarnos una respuesta; el criterio humano debe decidir si esa respuesta es correcta”.
La relación entre la tecnología y el trabajo ha atravesado distintas eras. La llegada de las computadoras revolucionó sectores como la ingeniería, donde el paso de los tubos de vacío a los microprocesadores multiplicó la potencia de cálculo. Sin embargo, por décadas la informática se mantuvo como lo que siempre debió ser: un instrumento. El proceso analítico –recolectar datos, analizar, diagnosticar y resolver– permaneció bajo el gobierno absoluto del profesional.
El panorama actual con la inteligencia artificial plantea un riesgo distinto. Cuando una herramienta empieza a asumir el papel de la persona, el conocimiento y la experiencia de esta pueden debilitarse. Si un profesional delega progresivamente el análisis y la toma de decisiones, corre el riesgo de perder incluso la capacidad de evaluar si la respuesta que recibe es correcta, pertinente o innovadora.
Esta dinámica alimenta “el sesgo de la pantalla”: la tendencia a confiar ciegamente en lo que muestra una interfaz digital por el simple hecho de provenir de un software avanzado. Es un fenómeno que ya se observaba años atrás, cuando profesionales jóvenes justificaban cualquier error diciendo: “Es lo que dice la computadora”. Al ver datos presentados de forma elegante y estructurada, el cerebro humano baja la guardia y omite el filtro del criterio propio. En la era de la IA, este sesgo resulta aún más peligroso.
Hoy la IA procesa grandes volúmenes de información en segundos, pero la validación final depende del bagaje técnico y de la intuición profesional (‘gut feeling’). Para mantener el equilibrio, la jerarquía debe ser inamovible: el ser humano conserva la dirección y la capacidad analítica; la IA actúa como un asistente operativo. Recordemos que el hábito no hace al monje: disponer del software más avanzado no convierte a nadie en un buen profesional si le falta juicio crítico para auditar la información.
Este desafío alcanza a todas las disciplinas. En la medicina, la telemedicina y el diagnóstico algorítmico son valiosos, pero el médico no puede dejarse condicionar por un algoritmo. La decisión final sobre la salud de un paciente o la estructura de un edificio debe recaer siempre en una persona.
Frente a esto, el rol de las universidades es crucial. La integración de la IA en la educación superior es necesaria, pero la formación académica debe priorizar el dominio de los fundamentos de cada profesión sobre el simple uso de software.
Preservar el criterio humano no es oponerse al progreso, sino ejercer la profesión con responsabilidad. No endiosemos a la herramienta. La pantalla puede mostrarnos una respuesta; el criterio humano debe decidir si esa respuesta es correcta.






