James de La Torre
Co Autor de ‘El crecimiento silencioso de la economía peruana 1821 – 2025’
Para Lampadia
Hubo un tiempo en que se creía imposible ampliar de manera significativa la frontera agrícola del Perú. Se asumía que nuestros desiertos eran -por definición- estériles, y que pretender convertirlos en tierras de cultivo permanente era poco más que una ilusión. La prudencia aconsejaba concentrar los esfuerzos en mejorar las áreas ya irrigadas, no en conquistar nuevas. Esa convicción quedó plasmada en numerosos textos, siendo un caso revelador ‘Política de irrigación’ (1935), del ingeniero Gerardo Klinge.

Sin embargo, la historia -por no decir, décadas de esfuerzo público y privado- terminó por desmentir aquellos anuncios pesimistas.
Gracias a sucesivas obras de irrigación y avances tecnológicos, el país logró incorporar cientos de miles de hectáreas a la agricultura, transformando paisajes que antes parecían condenados a la aridez.
Parte importante del ‘milagro de los panes’, mencionado en artículos anteriores, halla su explicación en estos esfuerzos. A pesar de que no pocos científicos sociales hablaban en términos de que “la frontera agrícola parecía encontrarse agotada” o que “se había iniciado un proceso de alarmante retracción”, cuando uno examina datos encuentra una ampliación de la superficie cultivada nada despreciable a lo largo de la historia republicana.
En concreto, desde 1821, la superficie cultivada se multiplicó más de ocho veces. Al inicio de nuestra etapa republicana, el Perú contaba con alrededor de 0.4 millones de hectáreas cultivadas (Webb, 2012), mientras que la Encuesta Nacional Agropecuaria del 2019 registró un total de 3.4 millones. El Gráfico (que está complementado por los trabajos de Héctor Maletta, 1985, Pinto y Goicochea, 1977, y los sucesivos censos nacionales agropecuarios) muestra la evolución en el tiempo.
Gráfico. Superficie agrícola cultivada, 1821-2019 (millones de hectáreas)

Ciertamente, parte de esta expansión benefició la producción de alimentos de exportación. Sin embargo, otra buena parte incrementó la oferta alimentaria para el consumo interno. Cabe señalar que, como ya advertía Efraín Gonzales de Olarte (1994), hacia mediados del siglo XX, “la producción para exportación fue progresivamente orientada hacia el mercado interno” (p. 39). Es decir, la línea divisoria entre agricultura de exportación y agricultura de consumo local se ha hecho más difusa.
En cualquier caso, la expansión del área agrícola cultivada en el Perú ha sido un proceso continuo, pero a menudo pasado por alto -o presentado como un dato marginal- en los textos de historia tradicionales. No es éste el espacio para pormenorizar cada una de estas obras de irrigación. Bastará apuntar un par de ideas.
Durante el primer siglo de república, las principales inversiones en infraestructura de riego habían sido realizadas por capitales privados. Particularmente, empresarios del azúcar y algodón instalaban pozos y bombas para extraer agua del subsuelo y bombearla.
Sería recién durante las primeras décadas del siglo XX que el Estado asumiría un rol relevante en la construcción de obras de mayor envergadura.
Libros como ‘Rol del INIA en el proceso histórico de la investigación agraria en el Perú’ (Midagri, 2018) y ‘Las primeras irrigaciones realizadas por el Estado en el Perú’ (Guillermo Coloma, 2008) reseñan buena parte de estos hitos. Ahí se encuentran referencias a presidentes como Piérola o Leguía, a ingenieros como Charles Sutton, y a irrigación en las pampas de Cañete (Imperial), Lambayeque (Olmos), Arequipa (La Joya), y en valles de Ica, Chicama y Moche.
En años más recientes, distintos gobiernos -con mayor o menor intensidad- continuaron estos esfuerzos. Dependiendo del color político, algunos resaltan los avances de Odría, otros los de Velasco, otros los de Belaunde u otros los de García, pero lo cierto es que todavía queda mucho por hacer. A lo largo de nuestro litoral se extienden cientos de kilómetros de desierto y aridez.
A diferencia de Klinge y los escépticos del pasado, hoy sabemos que estos no tienen por qué permanecer estériles. Con los análisis técnicos necesarios, la incorporación de nuevas tecnologías, y, fundamentalmente, voluntad política, es posible seguir ampliando la frontera agrícola del Perú.
A lo largo de la campaña electoral, la presidenta Fujimori anunció su intención de destrabar grandes proyectos de irrigación:
Chavimochic III (La Libertad), La Calzada (Lambayeque), Alto Piura, Majes Siguas II (Arequipa), Chinecas (Áncash), Chonta (Cajamarca), irrigación del río Chicha (Apurímac), segunda etapa de Cachi (Ayacucho), entre otros.
Si logra materializarlos, habrá dado pasos importantes para el desarrollo del agro peruano. Lógicamente, para aspirar a una mayor seguridad alimentaria y mejor gestión del agua, estos grandes proyectos deberán de ser complementados con otros programas de menor envergadura, gestionados por núcleos ejecutores.
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