Vidal Pino Zambrano
Desde Cusco
Para Lampadia
Se ha vuelto común afirmar que el Perú es un país profundamente polarizado. Sin embargo, esta interpretación suele construirse observando únicamente la segunda vuelta presidencial, cuando dos candidaturas concentran la atención pública y dividen el voto. Pero el Perú real se expresa con mayor claridad en la primera vuelta.
Allí encontramos una realidad distinta: una enorme dispersión electoral, altos niveles de voto nulo y blanco, y candidatos que llegan a la segunda vuelta con porcentajes relativamente reducidos de respaldo ciudadano.
Esto revela que la mayoría de los peruanos no se siente plenamente representada por las principales fuerzas nacionales. Más que una sociedad dividida en dos bloques irreconciliables, lo que existe es una profunda crisis de representación política.
La polarización como estrategia de poder
La polarización tampoco surge espontáneamente desde la ciudadanía. En muchos casos son los grandes partidos nacionales quienes encuentran en la confrontación una herramienta para movilizar simpatizantes, consolidar identidades políticas y mantener cuotas de poder.
Mientras millones de peruanos enfrentan problemas relacionados con la inseguridad, el empleo, la salud, la educación o la infraestructura, buena parte del debate nacional gira alrededor de conflictos políticos que poco tienen que ver con las necesidades reales de la población.
Durante los últimos años hemos visto cómo distintas fuerzas nacionales han impulsado leyes con intereses específicos, han debilitado mecanismos de control democrático y han intentado influir en instituciones que deberían actuar con independencia. Estas prácticas han erosionado la confianza ciudadana y han puesto en tensión principios fundamentales como la separación de poderes y el Estado de Derecho.
El agotamiento del centralismo político
Otro de los problemas de fondo es el excesivo centralismo de la política peruana. Los grandes debates continúan siendo definidos desde la lógica de los partidos nacionales.
Sin embargo, los desafíos que enfrenta el Cusco no son los mismos que enfrenta Piura, Arequipa, Loreto, Puno o La Libertad.
Cada región posee una realidad económica, social y cultural distinta. Sus prioridades son diferentes y requieren respuestas propias.
La excesiva concentración del poder ha provocado que los intereses regionales queden subordinados a estrategias partidarias nacionales que muchas veces poco contribuyen a resolver los problemas concretos de los territorios.
Las regiones como contrapeso democrático
En este contexto, las próximas elecciones regionales y municipales adquieren una importancia extraordinaria. No se trata únicamente de elegir alcaldes y gobernadores. Se trata de construir un nuevo equilibrio político para el país.
Las fuerzas regionales pueden convertirse en un factor de moderación frente a las dinámicas de polarización promovidas desde la política nacional.
Su principal fortaleza radica en su cercanía con la población y en su conocimiento directo de los problemas de sus territorios.
A diferencia de los partidos nacionales, los gobiernos regionales y municipales están obligados a enfrentar diariamente desafíos concretos: agua potable, transporte, seguridad, desarrollo económico, ordenamiento territorial, salud y educación.
Por ello pueden contribuir a devolver la política a su función esencial: mejorar la vida de las personas.
Una oportunidad para reconstruir la política
El fortalecimiento de las regiones implica también una enorme responsabilidad. Las organizaciones regionales no deben reproducir los mismos vicios que hoy cuestionan en la política nacional. Deben convertirse en ejemplos de transparencia, meritocracia, eficiencia y respeto institucional.
El Perú necesita consolidar élites regionales, empresariales, intelectuales, académicas y políticas capaces de pensar el desarrollo desde los territorios y contribuir a la construcción de un proyecto nacional compartido.
Las próximas elecciones representan una oportunidad histórica para corregir los desequilibrios acumulados durante décadas. La reconstrucción política del Perú probablemente no comenzará en Palacio de Gobierno ni en el Congreso. Puede comenzar en las regiones, en las provincias y en los municipios.
Si las regiones logran fortalecer liderazgos responsables y comprometidos con el desarrollo de sus pueblos, podrán convertirse en el gran factor de equilibrio democrático que el Perú necesita.
Pero ello dependerá también de la decisión que tome la ciudadanía en las elecciones regionales y municipales de octubre. El reto de los peruanos será elegir autoridades con capacidad de gestión, arraigo territorial y vocación de servicio, más allá de las disputas de los partidos nacionales. Tal vez la verdadera reconciliación nacional no consista en que los partidos nacionales dejen de enfrentarse, sino en que las regiones recuperen protagonismo y contribuyan a construir un país más integrado, representativo y menos dependiente de la confrontación política permanente.
Lampadia






