Jorge Yzusqui
Perú21, 2 de octubre del 2026
“Ante faltas graves, separar a un alumno no es solo una sanción, sino un acto de protección a quienes tienen derecho a la tranquilidad”.
Enseñar se centra en lo que una persona aprende; educar, en cómo se forma. En el colegio se aprende matemática, lectura, pero también a escuchar, cumplir acuerdos y reparar daños. Esa formación a menudo empieza cuando nos dicen que nuestra conducta debe cambiar.
La autoridad es necesaria en los colegios; establece límites y protege la convivencia. El derecho a la educación del alumno que comete una falta es real, pero no absoluto, porque también existe el derecho de sus compañeros. Cuando entran en conflicto, mantener a un alumno agresor en el mismo espacio desprotege a la víctima. Por eso, ante faltas graves, separar a un alumno no es solo una sanción, sino un acto de protección a quienes tienen derecho a la tranquilidad. Tampoco es abandonarlo: el colegio responde por la seguridad inmediata de sus compañeros; darle seguimiento a quien agredió es tarea de la familia y de otros actores. Para faltas menores, una sanción justa y proporcional debe ayudar al alumno a entender el hecho y reparar el daño.
Los profesores deben preguntarse cómo ejercen su autoridad. Un límite ayuda a crecer si es claro y respetuoso; una corrección que humilla pierde sentido educativo. Escuchar las dificultades emocionales y exigir responsabilidad pueden ir de la mano.
Acompañar a un hijo cuando el colegio lo sanciona y cuestionar un proceso injusto es legítimo. Pero hay diferencia entre defender su derecho a un proceso justo y defender su conducta solo porque es nuestro hijo. ¿Lo segundo lo ayuda? Quererlo implica ayudarlo a reconocer lo que hizo mal y corregirlo.
Educar en serio significa poner límites, aun cuando duelen, y afrontar las consecuencias de nuestros actos y de quienes queremos.






