Maite Vizcarra
El Comercio, 10 de setiembre del 2026
“Para el Perú, el verdadero riesgo inmediato sería otro: dejar que se cierre la ventana de oportunidad, por seguir discutiendo, cuando tocaba experimentar pronto”.
La discusión sobre inteligencia artificial (IA) ya no admite el cómodo “veremos”. Mientras que en la última reunión del G20 se apostó por la innovación, y algunos investigadores advierten escenarios casi apocalípticos, en el Perú hay una ventaja inesperada por capitalizar: todavía estamos a tiempo de aprender de los errores ajenos.
Recientemente, los ministros de innovación del G20 aprobaron en Carolina del Norte los llamados “Principios de Carolina para las tecnologías emergentes”, detrás de los cuales hay una idea sensata: promover innovación, experimentar más y regular con criterio, aprovechando primero las reglas sectoriales existentes antes de inventar una nueva burocracia cada vez que aparece un algoritmo.
Esta ‘soft law’ llega justo cuando el debate sobre la superinteligencia artificial se ha vuelto bastante menos académico y, más bien, más ruidoso. Jacob Coxon, exinvestigador de OpenAI y Anthropic, renunció advirtiendo que las empresas están corriendo hacia sistemas autoevolutivos sin saber todavía cómo mantenerlos bajo control. Evan Hubinger, responsable de investigación de alineamiento en Anthropic, fue incluso más dramático, porque estima en más de 10% la probabilidad de que la IA pueda acabar con la humanidad durante la próxima década. Hagamos aquí una pausa, porque antes de empezar a construir búnkeres subterráneos en las casas, convendría mirar con más detalles las oportunidades que ofrece nuestra realidad.
Por ejemplo, el Anthropic Economic Index 2026 muestra que el impacto actual de la IA es profundamente desigual en el mundo: se concentra en ciertos países del hemisferio norte y, sobre todo, respecto de la ejecución de tareas cognitivas y empleos de oficina. Es decir, la IAG está teniendo mayor impacto en el empleo de las economías más complejas. Pero, para el Perú, esto puede convertirse en una rara ventaja de segundo jugador, porque podemos acortar la “brecha de aprendizaje”, observando qué empleos cambian primero, qué habilidades funcionan y qué regulaciones envejecen mal antes de copiarlas con entusiasmo.
Además, está la geopolítica, que viene siendo más clave que antes. La carrera tecnológica se juega principalmente entre EE.UU. y China. El Perú no fabricará mañana el modelo fundacional de IA más poderoso, pero sí puede definir qué quiere negociar: infraestructura, talento, datos, adopción empresarial, servicios públicos y transferencia de capacidades. Y sumar socios europeos en los que existen experiencias interesantes en digitalización y participación ciudadana. Pero aprovechar las ventajas temporales exige una agenda urgente de adopción con victorias tempranas.
Asimismo, increíblemente, nuestra endémica informalidad también podría sumar a favor. Siempre la tratamos como lastre, pero frente a la IA puede ofrecer más espacios de innovación, dado que hay tan poca estructura (social, digital, etc.) que desmontar. De hecho, las mypes de comercio, agricultura, transporte o pequeños servicios podrían saltar directamente hacia herramientas de trabajo aumentado.
Entonces, ¿la IA podría destruirnos? Tal vez. Pero 10 años, en escenarios de incertidumbre, pueden ser una eternidad. Para el Perú, el verdadero riesgo inmediato sería otro: dejar que se cierre la ventana de oportunidad, por seguir discutiendo, cuando tocaba experimentar pronto.






