David Tuesta
Perú21, 11 de junio del 2026
«El Niño no es solamente un fenómeno climático; es también económico».
Durante las últimas semanas, el Perú ha vivido absorbido por la política. Primero fueron las campañas, luego las encuestas, después los debates y, finalmente, el conteo voto a voto que mantuvo al país en suspenso hasta el último minuto. Hoy, con el escrutinio acercándose al 100% y con la mayoría de analistas, expertos electorales y modelos estadísticos apuntando en la misma dirección, todo indica que Fuerza Popular ha ganado la contienda electoral. Ya habiéndose disipado esa distracción, tenemos que tomar con más seriedad las noticias que llegan sobre El Niño.
Los últimos reportes climáticos muestran señales que merecen toda nuestra atención. Según la NOAA, aunque actualmente predominan condiciones neutrales, existe un claro punto de inflexión entre mayo y julio que eleva rápidamente la probabilidad de un Niño global. Hacia finales de año, dicha probabilidad supera el 90%.
Más preocupante aún es que las proyecciones se están desplazando hacia eventos cada vez más severos. En abril, la probabilidad de un Niño Global fuerte rondaba el 37%; en mayo se acercaba al 48%. No solo es más probable que ocurra El Niño; también es más probable que sea intenso.
Los modelos oceánicos tampoco ofrecen demasiado consuelo. El sistema CFSv2 de NOAA proyecta anomalías de temperatura superficial del mar cercanas a 3.5 °C en la región Niño 3.4, niveles que podrían igualar o incluso superar los observados en algunos de los episodios más severos registrados en las últimas décadas. Paralelamente, el ENFEN mantiene vigente la alerta por El Niño Costero y las probabilidades se han desplazado desde escenarios cálidos débiles hacia cálidos moderados para buena parte del segundo semestre de 2026 e inicios de 2027. Ello implica mayores riesgos de lluvias intensas, inundaciones, activación de quebradas y afectación de infraestructura crítica.
El Niño no es solamente un fenómeno climático; es también económico. Sus efectos se transmiten a través de la agricultura, la pesca, la infraestructura, el comercio, el empleo y los ingresos de millones de familias. Los cálculos del BCR muestran que el fenómeno de 1983 restó alrededor de 4.1 puntos porcentuales al crecimiento económico; el de 1998, 1.7 puntos; el costero de 2017, 0.8 puntos; y el episodio de 2023, aproximadamente 1.1 puntos porcentuales.
El episodio de 1997-98 ofrece además una lección importante. A pesar de tratarse de uno de los eventos más intensos registrados en el país, sus efectos fueron menores que los de 1982-83 por una mejor capacidad de anticipación y a la ejecución de obras preventivas. Aun así, generó pérdidas productivas equivalentes a 2.9% del PBI y daños en infraestructura cercanos a 2.2% del producto.
Ya pasadas las elecciones, toca enfrentar un desafío que no distingue ideologías ni partidos políticos. Los ríos no preguntan por quién votamos antes de desbordarse. La verdadera tarea empieza ahora: acelerar obras de prevención, descolmatar ríos y quebradas, reforzar puentes y carreteras, proteger infraestructura crítica y fortalecer los sistemas de alerta temprana. La diferencia entre una emergencia manejable y una crisis nacional dependerá mucho más de nuestra capacidad para anticiparnos que de la intensidad final del fenómeno.






