David Tuesta
Perú21, 25 de junio del 2026
«El próximo gobierno debería enfrentar este problema con decisión. La prioridad no debe ser crear más universidades, sino fortalecer las existentes».
Mientras el Perú debate cómo recuperar el crecimiento, mejorar la productividad y cerrar las brechas educativas, el Congreso avanza en una dirección preocupante: existen más de 300 proyectos de ley para crear nuevas universidades públicas. ¿Realmente necesitamos más universidades? No.
El Perú cuenta hoy con más de 150 universidades, de las cuales 105 están licenciadas. Tenemos 4.5 universidades por cada millón de habitantes, mientras que Chile tiene 2.9, Argentina 2.5 y Colombia 1.6. Claramente, nuestro problema no es de cantidad sino de calidad.
Los indicadores internacionales son contundentes. En el ranking QS 2026, apenas una universidad peruana figura entre las 400 mejores del mundo. Chile coloca entre cuatro y cinco; Brasil entre ocho y diez; y México alrededor de cinco. En el ranking latinoamericano, Perú solo ubica dos universidades dentro del Top 50. Hemos multiplicado instituciones, pero no excelencia.
La OCDE ha sido clara: el principal desafío no es expandir la oferta universitaria, sino elevar la calidad, fortalecer la investigación, mejorar la pertinencia de los programas académicos y consolidar los mecanismos de aseguramiento de calidad. Pero, el debate parlamentario sigue concentrado en abrir nuevas instituciones.
James Buchanan y Gordon Tullock explicaban que los políticos responden a incentivos. Cuando los beneficios son visibles e inmediatos y los costos aparecen años después, se generan decisiones socialmente ineficientes pero políticamente rentables. Para un congresista resulta más atractivo anunciar una universidad para su provincia que fortalecer una institución existente.
Además, una nueva universidad no solo significa aulas. Implica autoridades, presupuesto, infraestructura, contrataciones, personal administrativo y nuevas estructuras burocráticas permanentes. Desde la perspectiva del rent seeking, cada institución genera espacios de influencia política y distribución de recursos. Los beneficios políticos son inmediatos; los costos fiscales y académicos son futuros y los asumen todos los contribuyentes.
Lo más preocupante es que la factura la paga una generación completa de jóvenes. Una universidad creada sin masa crítica de docentes, laboratorios, investigación y estándares adecuados puede entregar títulos, pero difícilmente generará capital humano competitivo. El resultado es una estafa silenciosa: se vende la promesa de movilidad social mientras se reduce el valor real de la formación recibida.
El próximo gobierno debería enfrentar este problema con decisión. La prioridad no debe ser crear más universidades, sino fortalecer las existentes.
Los países desarrollados no construyeron sistemas universitarios exitosos multiplicando universidades por decreto. Lo hicieron construyendo instituciones de excelencia durante décadas. El Perú necesita más calidad y menos populismo universitario.






