James de La Torre
Co Autor de ‘El crecimiento silencioso de la economía peruana 1821 – 2025’
Para Lampadia
Cuando se piensa en el mundo rural peruano del siglo pasado, se lo suele reducir a solo dos categorías: comuneros campesinos al borde del hambre y poderosos hacendados.
Sin embargo, como vimos en el artículo anterior, para explicar el fenómeno de la multiplicación de los alimentos, fue fundamental una burguesía o clase media rural.
Para siquiera concebir su existencia, se vuelve necesario superar el paradigma fuertemente instalado de un mundo rural dividido dicotómicamente.
Capitalismo popular en la base social – Una olvidada clase media rural
No abundan las referencias disponibles en el campo de la historia económica. En cambio, han sido sobre todo los estudios etnográficos los que han dado cuenta de la estratificación social dentro del mundo rural, en especial, de las comunidades campesinas.

El economista John K. Galbraith popularizó el término ‘sabiduría convencional’ para referirse a ideas fuertemente arraigadas en el imaginario colectivo. Tal es el caso de la supuesta homogeneidad o igualdad dentro de las comunidades campesinas. Las loables instituciones tradicionales de reciprocidad y cooperación no implicaban necesariamente igualdad económica entre sus miembros; no obstante, una suerte de romantización ha impedido comprender mejor la estructura social del campo, pues lo normal fuera las relaciones jerárquicas y desiguales en el seno comunal.
Como expondremos a continuación, tal característica parece ser recurrente en las colectividades rurales a lo largo y ancho del país, antes y después de la reforma agraria. Comencemos por la Sierra Sur.
Veamos el caso de Puno
Quizás el estudio más revelador fue el del antropólogo Christian Bertholet (1969). Tras encuestar más de veinte comunidades alrededor del lago Titicaca, documentó altos niveles de desigualdad interna dentro de ellas, e incluso identificó un sistema de clases claramente definido: “entre cualquier par de estratos existe una honda brecha que los diferencia en cuanto a condiciones de vida” (p. 61). (Véase Gráfico).
Gráfico. Estructura de clases en la región encuestada de Puno.

Elaboración propia, con base en Bertholet (1969).
La base de la pirámide estaba compuesta principalmente por población pobre, indígena, analfabeta y dedicada a la agricultura de subsistencia.
Sin embargo, los estratos medios altos eran de agricultores que además fungían como funcionarios públicos, prestamistas y comerciantes, contaban con educación secundaria completa -hablaban español- e incluso con estudios universitarios.
Además, poseían más de 5 hectáreas de tierra, lo que quiere decir que producían más que para el autoconsumo. Este ‘excedente’ lo comercializaban y, en estas aventuras, tejían vínculos con espacios urbanos dinámicos. Por último, el estudio reporta que las antiguas relaciones comunales se iban debilitando, dando paso a la contratación laboral: esta ‘burguesía rural’ empleaba la mano de obra de sus parientes más pobres.
El trabajo de Niels Jacobsen (1991) también se ocupa de Puno y llega a conclusiones similares. En concreto, encuentra que a lo largo de las décadas ha existido una fuerte “estratificación basada en el prestigio social y la riqueza” (p. 65) dentro de las comunidades campesinas.
Pero además, reporta un manifiesto afán de diferenciación: “[Era] un esquema que cada vez tenía menos elementos de las nociones andinas de reciprocidad y más elementos de la acumulación privada. […] Desde la década de 1820, las comunidades indígenas en las distintas regiones del Perú pasaron por un proceso de creciente diferenciación, particularmente con respecto a la tenencia de la tierra” (p. 60-72). Lo mismo sucedía con el ganado. La investigación de Ralph Bolton (2021) encuentra que para fines de la década de 1960, algunas familias poseían más de 100 cabezas de lanares, mientras que otras no contaban con ninguna; en el medio, existía una enorme variedad, pero todo ello ocurría dentro de una misma comunidad campesina.
Veamos ahora el Cusco
Aunque desde disciplinas distintas, los estudios del antropólogo Benjamin Orlove (1974), los sociólogos Van den Berghe y Primov (1977) coinciden en que el principal factor diferenciador al interior de las comunidades campesinas era la ‘clase social’. Dicho de otro modo, la estratificación hallada respondía a variables económicas (clase) antes que a diferencias étnico-culturales.
El economista Alfonso Carrasco (1987) estudia la región cuzqueña una década más tarde y también encuentra significativas brechas a nivel de ingresos, tierra y ganado. Pero además, aquella desigualdad se traducía en un mayor y más frecuente contacto con agentes externos a la comunidad. Estas relaciones urbanas proporcionaban recursos (confianza, crédito, información) que facilitaban la integración a las dinámicas del mercado. A su vez, estas redes acentuaban las diferencias.
Ahora bien, esto no significa que los ricos se hacían más ricos y los pobres más pobres, sino que ambos mejoraban.
En concreto, unos fueron los primeros en introducir insumos modernos a sus chacras; una vez comprobada su eficacia, estas innovaciones fueron replicadas por sus pares más pobres, que no podían darse el lujo de ‘probar suerte’. No por nada algunos autores identifican a esta clase media rural como una suerte de ‘líderes’ de la difusión tecnológica. Al final, el conjunto -a pesar de la persistente desigualdad- alcanzaba mayores niveles de productividad e ingresos.
Finalmente, hablemos de Ayacucho.
La antropóloga Vera Lucía Ríos (2012) establece que la heterogeneidad comunal se extiende, por lo menos, desde las primeras décadas del siglo XX. De esta manera, se propone desmitificar la imagen de homogeneidad que generalmente se presume: “Si bien es común pensar que en las comunidades campesinas todos los comuneros poseen una misma cantidad de recursos, derechos y deberes, esta es una premisa que se aleja completamente de la realidad” (p. 151).
Como en los casos anteriores, se observa que el principal factor diferenciador es económico, pues la autora no advierte diferencias respecto al componente étnico.
Así, encuentra que algunas familias comuneras poseen hasta 500 hectáreas de terreno, 200 vacas y 300 ovejas; mientras que otras no son dueñas de tierra y no poseen sino 5 ovinos destinados al autoconsumo.
Comentando este fenómeno, el reconocido sociólogo Héctor Maletta afirma: “Existen campesinos pobres de Lucanamarca que trabajan como ‘huacchilleros’ de los campesinos ricos de la misma comunidad. Este era un fenómeno típico del terrateniente de grandes haciendas laneras, pero actualmente ha sido reemplazado por un colega de la comunidad” (Sepia XV, 2012).
La extensión de este artículo nos permite llegar hasta aquí, pero retomaremos el tema en una próxima entrega, pues aún queda por revisar los casos del centro y el norte del país.
Lampadia






