Roberto Lerner
Perú21, 18 de julio del 2026
Los proyectistas aún no saben qué construir. Los narradores todavía no saben a quién culpar. Las certezas viejas han dejado de servir y las nuevas aún no convencen.
En una columna anterior distinguí dos formas de estupidez inteligente: la del proyectista, que se empecina en aplicar herramientas poderosas en contextos inapropiados, complicando las cosas en lugar de hacerlas más sencillas; y la del narrador, que, incapaz de revisar sus métodos, explica los fracasos como obra de saboteadores, traidores o imbéciles.
La estupidez, inteligente o no, ha destruido desde barrios hasta países, pasando por corporaciones, mucho antes de que existiera una inteligencia artificial. Ahora que la hemos creado, cabe preguntarse qué ocurrirá con la estupidez. ¿Habrá una EA que acompañe a la IA?
La pregunta importa porque la inteligencia artificial no llega a un mundo estable, sino a uno que ya vivía instalado en un prolongado interregno.
¿Cuál es, entonces, la relación entre nuestros proyectos, nuestras narrativas y la inteligencia o estupidez de una época?
Los proyectos prometen construir el mundo; las narrativas prometen explicarlo. Ambos convierten hechos ocurridos en un rincón del universo en historias que otorgan sentido a criaturas hambrientas de existir por y para algo. A veces esa hambre queda satisfecha para algunos durante un tiempo.
No puedo evitar pensar en Blumenfeld, el protagonista de El Pentateuco de Isaac. Dos guerras mundiales. Ciudadano de cinco entidades políticas distintas. Soldado en varios ejércitos. Sobreviviente de colapsos, prisiones, liberaciones, reconstrucciones, revoluciones y sucesivos ajustes de cuentas entre quienes corregían los errores de los derrotados mientras prometían que, esta vez sí, el nuevo orden conduciría hacia la felicidad definitiva.
Isaac atraviesa todos esos proyectos sin hacer propia ninguna narrativa. Y eso resulta extraordinario porque proyectos y narrativas son las formas que adoptan tanto la inteligencia como la estupidez cuando irrumpen en la guerra, en la competencia económica o en cualquier otra disputa por el poder. Todas descansan, en el fondo, sobre una misma convicción: que el universo lleva cuentas.
Vivimos como si existiera un libro mayor donde cada esfuerzo generará un crédito, toda injusticia una deuda y toda verdad terminará, tarde o temprano, siendo recompensada. Como si el mérito reclamara inevitablemente un premio y la historia acabara inclinándose hacia quien tiene razón. Ilusión moral y necesidad psicológica.
Isaac parece no compartirlas. Habita los interregnos.
Un interregno es el momento en que un orden ha expirado, el siguiente todavía no existe y ninguna explicación consigue organizar la experiencia compartida. Los proyectistas aún no saben qué construir. Los narradores todavía no saben a quién culpar. Las certezas viejas han dejado de servir y las nuevas aún no convencen.
Isaac no elige vivir allí. Simplemente aprende a atravesarlo. Sin abrazar las certezas que inauguran un orden o clausuran el anterior. Convive con personajes difíciles de clasificar, evita la tentación de llenar el vacío y acepta la radical ambigüedad.
Los interregnos del pasado solían ser relativamente breves. En el vacío entre un orden y otro no circulaban suficientes relatos para todos, y esa escasez obligaba a negociar una historia común. El proyectista tenía que convencer a otros de que su herramienta era la adecuada. El narrador debía persuadir de que su enemigo era el verdadero responsable. La obligación de convencer a alguien distinto de uno mismo generaba una fricción indispensable para la vida pública.
La inteligencia artificial no elimina esa escasez ofreciendo un relato mejor. La elimina multiplicando los relatos hasta volver innecesaria la competencia entre ellos.
Durante siglos competíamos por imponer una explicación compartida. Hoy cada individuo puede recibir una explicación distinta, perfectamente coherente y diseñada a su medida. Cada proyectista puede disponer de una justificación impecable para su método. Cada narrador puede recibir un enemigo exclusivo sin necesidad de convencer al vecino.
Si existe una EA que acompañe a la IA, probablemente no sea una estupidez que se equivoque más ni que odie con mayor eficacia. Será una estupidez mucho más sofisticada: la de un mundo donde ya no hace falta ponerse de acuerdo sobre qué ocurrió, por qué ocurrió o qué habría que hacer después.
Una sociedad puede sobrevivir al error, pero no a la forma más refinada de la estupidez que no es dejar de pensar, sino dejar de pensar juntos.






