Vidal Pino Zambrano
Desde Cusco
Para Lampadia
Mientras el debate político peruano gira alrededor de la polarización, los “antis” y las disputas cainitas por el gobierno, existe un tema mucho más profundo que continúa casi ausente: el Perú todavía no supera las consecuencias sociales, económicas y políticas de la pandemia. Ese debería ser uno de los ejes centrales de la próxima segunda vuelta presidencial.

La COVID-19 no fue solo una emergencia sanitaria. Representó el mayor quiebre social de la historia reciente del país.
El Perú terminó siendo el país con la mayor tasa de mortalidad del mundo en relación con su población. Más de 200 mil fallecidos en un país de 33 millones de habitantes dejaron una herida colectiva que aún no ha sido procesada políticamente.
Una sociedad más vulnerable
Las cifras muestran que el Perú todavía no ha recuperado los niveles sociales previos a 2019.
Antes de la pandemia, la pobreza monetaria afectaba al 20% de la población.
En 2020 saltó a casi 30% y, en 2025, todavía se mantiene en 25.7%.
La extrema pobreza pasó de 3% antes de la crisis a 5.1% durante la pandemia y hoy sigue en 4.7%.
El retroceso de la clase media también resulta preocupante. Antes de la pandemia representaba alrededor del 46% de la población; actualmente habría descendido a 41.5%. Además, casi un tercio de los peruanos es considerado “no pobre vulnerable”, es decir, personas que pueden volver rápidamente a la pobreza ante cualquier crisis económica. Solo en 2023, cerca de 700 mil peruanos vulnerables regresaron a la pobreza debido a la recesión. En conjunto, pobres y vulnerables representan hoy cerca del 60% del país.
Las brechas regionales reflejan esa fractura social.
Cajamarca, Loreto, Huancavelica, Puno y Ayacucho concentran los mayores niveles de pobreza, mientras que regiones como Ica, Madre de Dios y Moquegua muestran mejores indicadores gracias principalmente a la agroexportación y la minería.
El impacto político de la pandemia
Muchos analistas explican el avance electoral de la izquierda en el sur andino únicamente por factores identitarios o históricos. Sin embargo, esa explicación es insuficiente.
Antes de la pandemia, el escenario político era distinto.
En 2016 pasaron a segunda vuelta Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori, dos candidaturas que, pese a sus diferencias, compartían una visión orientada a la estabilidad económica y la continuidad del crecimiento.
Existía entonces la percepción de que el país avanzaba: la pobreza disminuía y muchas familias sentían que podían progresar.
Ese consenso se quebró con la pandemia. El problema no fue solamente sanitario.
Lo que destruyó gran parte de la confianza social fue la sensación de improvisación, corrupción e ineptitud estatal: hospitales colapsados, vacunaciones privilegiadas, cierres económicos desordenados y pérdida masiva de empleo. Todo ello acompañado de una enorme inestabilidad política que llevó al Perú a tener siete presidentes en apenas diez años.
Millones de familias sintieron que retrocedieron socialmente. Personas que habían salido de la pobreza volvieron a caer, mientras sectores que comenzaban a consolidarse como clase media regresaron a vivir con incertidumbre económica.
En ese contexto, la izquierda logró capitalizar políticamente el malestar social enfatizando los problemas actuales.
Sin embargo, muchas veces dejó en segundo plano que, durante tres décadas, el Perú redujo significativamente la pobreza gracias al crecimiento económico.
Al mismo tiempo, la derecha cometió otro error: nunca logró explicar de manera convincente cómo ese crecimiento mejoró concretamente la vida de millones de personas.
Habló de estabilidad macroeconómica e inversión, pero no construyó un relato social capaz de conectar con la población.
Por eso, el voto en regiones como Puno, Cusco, Ayacucho o Cajamarca no puede entenderse únicamente como un fenómeno identitario. También expresa una reacción frente al deterioro económico post pandemia y a la sensación de abandono de los servicios públicos.
Muchos ciudadanos no comparan su situación actual con la del Perú de hace treinta años, sino con la vida que tenían antes del COVID-19, cuando sentían que el país avanzaba.
Por eso, uno de los grandes temas de la próxima segunda vuelta debería ser qué fuerza política puede ofrecer mayor estabilidad y seguridad macroeconómica para reconstruir el Perú y recuperar las condiciones previas a la pandemia.
¿Cómo reducir la pobreza?
¿Cómo recuperar la clase media?
¿Cómo disminuir la vulnerabilidad económica de millones de familias?
¿Cómo reconstruir la confianza en instituciones clave como el Banco Central de Reserva?
La candidatura que logre ofrecer respuestas concretas, creíbles y viables frente a esas preguntas tendrá mayores posibilidades de éxito electoral. Porque, aunque la pandemia terminó desde el punto de vista sanitario, sus consecuencias sociales, económicas y políticas todavía siguen definiendo el Perú actual.
Lampadia






