Rafael Rey Rey
Para Lampadia
Hace poco una señora, verdadera dama, me envió un testimonio histórico que quiero resumir aquí: Un teólogo alemán encerrado en una celda nazi explicó algo, mejor que cualquier analista político. Se llamaba Dietrich Bonhoeffer, pastor, teólogo y uno de los pocos líderes religiosos alemanes que se opuso abiertamente a Hitler desde el principio. Fue arrestado, encerrado en un campo de concentración y ejecutado 3 semanas antes de que terminara la guerra, tenía 39 años.
Lo que escribió en esa celda explicaba algo que lo perturbaba más que la crueldad de los guardias. Veía cómo Alemania entera, médicos, profesores, pastores, gente educada, gente religiosa, gente que había ido a la universidad y criado hijos, aplaudía a Hitler.
Y se preguntaba: ¿Cómo es posible que gente buena lo aplauda?
Entonces escribió esto: El fanatismo es más peligroso que la maldad.
Contra la maldad puedes luchar, puedes denunciarla, encerrarla. La maldad tiene una lógica y por eso puedes anticiparla, pero contra el fanatismo no tienes defensa, porque el fanático -y aquí viene lo importante- no es alguien poco inteligente, es alguien que ha renunciado a usar su propio juicio. Alguien que ha entregado su capacidad de pensar a un líder, a un grupo, a un eslogan, a una ideología y cuando eso ocurre no puedes convencerlo ni con argumentos, ni con hechos. No puedes apelar a su razón porque tiene la razón de otro.
Y Bonhoeffer no hablaba de personas ignorantes. Decía que el fanatismo ocurre más en personas con poder social o que pertenecen a grupos con poder colectivo. Cuanto más poderoso es tu grupo, más fácil es que dejes de pensar por ti mismo porque el grupo te da identidad, te da seguridad y pensar por tu cuenta de repente tiene un costo que antes no tenía, el rechazo de los tuyos.
El malvado actúa solo, se esconde, necesita mentir, pero tiene límites.
El fanático es instrumento de otros y lo peor es no sabe que lo es. Se siente convencido, se siente parte de algo grande, se siente del lado correcto.
No fue solo Hitler quien destruyó Alemania. Lo ayudaron millones de personas que entregaron su criterio a un movimiento y dejaron de hacerse preguntas. No eran malvados, eran obedientes sin pensamiento propio.
Y ahora mira a tu alrededor. ¿No ves a gente que repite eslóganes sin saber de dónde vienen, que comparte titulares sin leer el artículo, gente que odia a personas que no conoce, solo porque alguien les dijo que eran el enemigo? No son malos, son personas que han dejado de pensar por sí mismas y no se dan cuenta. Ese es el problema. No reconocen que les puede faltar información, se siente suficientemente informados y no quieren más información.
¿Qué se puede hacer entonces?
Bonhoeffer sostuvo que el fanatismo no se cura con educación, no se cura con información, no se cura con mejores argumentos, porque el problema no es que la persona no sepa, el problema es que ha decidido consciente o inconscientemente que la aprobación de su grupo vale más que su propio criterio y eso solo se rompe desde dentro, con un acto de coraje, no de inteligencia. Se rompe solo cuando alguien decide que prefiere pensar solo y escuchar más.
Bonhoeffer escribió esto sabiendo que iba a morir, no lo escribió para publicar un libro. Escribió para que alguien, algún día, entendiera lo que había pasado realmente.
Y lo que pasó no fue que un monstruo tomó el poder, lo que pasó fue que millones de personas decidieron apoyar al monstruo porque era demasiado incómodo ser criticado por pensar por sí solas.
La pregunta que queda es simple.
¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión sobre algo importante?
¿Cuándo fue la última vez que dijiste algo dentro de tu grupo sabiendo que no te iban a aplaudir?
El fanatismo solo se cura con coraje.
Lampadia






