Natale Amprimo
El Comercio, 16 de setiembre del 2026
“Se requieren pactos políticos al más alto nivel. Mucho me temo que, si a eso no se llega, lo más probable es que el camino para la delegación no sea habilitado en la Cámara de Diputados”.
El mal esquema institucional que trajo la reforma constitucional que aprobó el Congreso anterior, con el objeto de implantar, a troche y moche, el sistema bicameral, le está pasando factura al gobierno actual, como se puede percibir del curso que viene teniendo el pedido de facultades legislativas que ha solicitado al Congreso de la República.
Como lo señalamos en su oportunidad –columnas del 13 y 20 de marzo del 2024, intituladas “¿Por qué un monstruo tan espantoso?” y “Más espantoso de lo que parecía”, respectivamente–, el procedimiento de formación de leyes es sui generis y debilita al Congreso, pues lo aprobado en la Cámara de Diputados puede ser modificado íntegramente en el Senado. Nos preguntábamos: “¿De qué sirve que la iniciativa legislativa se inicie en Diputados si lo que esta cámara aprueba puede ser totalmente modificado o incluso archivado sin siquiera darle una posibilidad de decir algo?”.
En ese sentido, no es de extrañar que los diputados no sean proclives a dar facultades legislativas si, como se sabe, todas las limitaciones que puedan colocar al pedido del Ejecutivo pueden ser objeto incluso de reforma completa cuando lleguen al Senado. Es más, para agravar el tema, debe recordarse que, en el diseño constitucional actual, la Cámara de Diputados tampoco participa en el control y eventual modificación o derogación de los decretos legislativos promulgados por el Poder Ejecutivo, como lo advertimos en la columna del 5 de agosto último (“Decretos legislativos: control ex ante y ex post”).
De esta forma, en el actual diseño, quien tiene la llave para permitir la delegación de facultades –pues si la Cámara de Diputados no aprueba la delegación nada llega al Senado– no tiene ningún control sobre lo que aprueba ni tampoco participa en la revisión de lo que el Poder Ejecutivo legisle.
Pero además del mal esquema existente, hay que añadirle las impertinentes declaraciones de algunos miembros del gobierno, tanto del Gabinete como de la bancada oficialista, así como las de algún aparente aliado, de quienes, con total franqueza o en un auténtico disparo a los pies, he escuchado señalar que no les preocupa lo que se recorte en la Cámara de Diputados, pues ello se podrá recuperar en el Senado. Ello me recuerda la frase popular de Tin Tan: “No me defiendas, compadre”, que se usa cuando alguien intenta defender o ayudar a otra persona, pero con sus argumentos o torpeza termina perjudicándola o empeorando la situación.
Más allá de las posiciones obstruccionistas que puedan tener algunos partidos o grupos parlamentarios, que siguen en etapa de negación o repitiendo que no ganaron las elecciones debido a factores exógenos, lo cierto es que nadie puede aceptar ser ninguneado, y eso es lo que, objetivamente, sentiría cualquier diputado al oír ese tipo de expresiones.
El partido de gobierno no es inocente en ese malhadado esquema constitucional. Hicieron oídos sordos porque solo les importaba impulsar la reforma de cualquier manera, sin siquiera hacer un mínimo de reflexión en temas que saltaban a la vista. Están sufriendo ahora la propia telaraña que contribuyeron a tejer; el problema es que eso termina arrastrando al país.
¿Qué hacer? Se requieren pactos políticos al más alto nivel. Mucho me temo que, si a eso no se llega, lo más probable es que el camino para la delegación no sea habilitado en Diputados.





