José Ignacio De Romaña
Perú21, 29 de junio del 2026
«Panamá se consolidó como un referente moderno con el canal interoceánico, lo que hizo posible la prosperidad de todo un país y lo convirtió en el eje del comercio marítimo hemisférico».
El comercio constituye el motor más potente del progreso humano. A lo largo de la historia, la prosperidad de las naciones ha dependido de su capacidad para conectarse con el mundo. Una mayor velocidad comercial multiplica la riqueza, reduciendo los costos logísticos y unificando a las naciones. Aquellos pueblos que asumen este desafío y construyen infraestructura vanguardista logran liderar el escenario internacional, transformando su geografía en una fuente inagotable de bienestar mediante una férrea PLANIFICACIÓN de largo plazo.
Múnich surgió en 1158 cuando el duque Enrique el León construyó un puente sobre el río Isar para controlar una ruta comercial de la sal, desviando el tránsito de mercaderes y dando origen a una nueva ciudad. Berlín nació de la unión de los asentamientos comerciales de Berlín y Cölln, establecidos a ambos lados del río Spree, cuyo crecimiento fue impulsado por el intenso intercambio de mercancías en Europa Central. Salzburgo alcanzó la opulencia al controlar las rutas de la sal, que dio origen al término “salario”, demostrando el inmenso valor estratégico de la sal en la conservación de alimentos. Venecia se erigió como paso obligado del Mediterráneo al conectar a Europa Occidental con las riquezas de Oriente mediante una gran flota mercante. Singapur, que antes de la década de los sesenta era un puerto con altos índices de precariedad, implementó una rigurosa PLANIFICACIÓN de largo plazo que la transformó en un modelo global de eficiencia en el estrecho de Malaca. Panamá se consolidó como un referente moderno con el canal interoceánico, lo que hizo posible la prosperidad de todo un país y lo convirtió en el eje del comercio marítimo hemisférico.
Hoy, el Perú, con la puesta en marcha del Puerto de Chancay, muestra la importancia geopolítica que tenemos y apunta a consolidarse como el principal hub logístico y comercial de la región, abriendo una ruta directa hacia el Asia-Pacífico.
Para potenciar este avance, se requiere la expansión de la infraestructura mediante más puertos, carreteras y proyectos ferroviarios.
La próxima presidenta del Perú tiene en sus manos el dar ese paso transformacional para el país, proponer al igual que lo fue el canal de Panamá, o el tren Este Oeste de EE.UU., unir el comercio de Brasil con el Perú a través del tren Bioceánico. Además de integrar todo el territorio amazónico peruano al comercio mundial, pasarían por tierras peruanas 130,000 millones de dólares de exportación brasileña que se ahorrarían 30% en costos logísticos con esta alternativa.
Otro gran proyecto ferroviario es el TTT, el tren de Tumbes a Tacna, que unifica el mercado interno al conectar de forma rápida y continua los valles agroexportadores y los centros urbanos de todo el litoral, trasladando millones de toneladas de carga hacia un sistema más seguro y predecible y, estoy seguro, el inicio de una verdadera unión hispanoamericana a través del tren de la costa. Estos grandes proyectos son los que llevan el oxígeno del comercio y realmente son cimientos importantes para el desarrollo de los pueblos y la eliminación de la pobreza.
Su decisión marcará el destino de las próximas generaciones. La alternativa es o insistir en el gasto fragmentado de miles de proyectos que acaban en la desidia o plantear las megaobras que el país necesita. Los trenes continentales serán nuestro Qhapaq Ñan moderno. Está en sus manos transformar el territorio, consolidar al Perú como el eje del comercio global y convertirnos en el mayor ejemplo de progreso en el continente. El reto está planteado; la historia podrá ser testigo de una presidenta que transformó el destino de una nación y devolvió la grandeza al Perú.






