Raúl Benavides Ganoza
El Comercio, 4 de octubre del 2026
“El éxito de una universidad no puede medirse por la cantidad de jóvenes que atrae en sus campañas de admisión. Su verdadero valor radica en cuántos de ellos terminan en un plazo razonable y con las competencias requeridas”.
Hace unos días recibí un correo de la Universidad de Missouri, donde estudie, dando la bienvenida a la promoción del 2030. Por un instante, la fecha me desconcertó. Luego recordé una diferencia medular: en el sistema estadounidense, a los estudiantes se les identifica por el año en el que se graduarán. En el Perú, tradicionalmente, cargamos con un código que nos ata perpetuamente al año de ingreso.
Este detalle es el síntoma de una profunda desconexión filosófica sobre la educación superior. Allá se mira la meta; aquí nos conformamos con la partida.
Cuando una universidad norteamericana admite a un estudiante, asume el compromiso de acompañarlo para que complete sus estudios en el plazo previsto. Esto no implica regalar calificaciones o rebajar el rigor académico. Significa algo mucho más maduro: entender que el éxito o el fracaso del estudiante es también un termómetro directo de la calidad de la propia institución.
En nuestro sistema educativo, por el contrario, la responsabilidad universitaria parece expirar demasiado pronto. Una vez que el alumno paga la matrícula, el éxito deja de ser importante y el fracaso se vuelve un problema estrictamente del alumno. Todavía resuena en las aulas la célebre frase: “20 es para Dios, más de 16 para el profesor, y de allí para abajo para los alumnos”. Esta muletilla delata una cultura académica distorsionada, en la que reprobar masivamente se confunde con excelencia y la hostilidad pedagógica se disfraza de exigencia.
Persiste la noción retrógrada de que el docente más respetable es aquel que arrastra a más alumnos al desvío de la repetición. Pero si un porcentaje alarmante de una clase no logra absorber el conocimiento, ¿el problema es exclusivo del estudiante? ¿O es que el profesor no supo enseñar, el curso está mal diseñado o la universidad carece de los mecanismos para rescatar a sus alumnos?
La exigencia es innegociable, pero exigir no es sinónimo de desaprobar; la verdadera exigencia consiste en lograr que el alumno aprenda. Ver a miles de jóvenes repetir asignaturas de forma crónica, prolongando sus carreras y drenando la economía de sus familias, no debería ser motivo de orgullo institucional. Atribuirlo todo a la “falta de estudio” es una salida facilista.
Para romper este círculo vicioso, las instituciones deben implementar un sistema integral de retención y alerta temprana. Esto implica usar gestión académica digital para detectar de inmediato a los alumnos en riesgo y asignarles tutorías obligatorias que corrijan a tiempo los vacíos escolares. Asimismo, se requiere auditar formalmente a las cátedras que registran tasas de desaprobación altas; si el fracaso es masivo, la responsabilidad deja de ser del alumno y pasa a ser del docente.
El éxito de una universidad no puede medirse por la cantidad de jóvenes que atrae en sus campañas de admisión. Su verdadero valor radica en cuántos de ellos terminan en un plazo razonable y con las competencias requeridas para desempeñarse en el mercado laboral. Admitir alumnos es un trámite sencillo; el verdadero desafío es formarlos y garantizar que crucen la meta.






