David Tuesta
Presidente del Consejo Privado de Competitividad
Para Lampadia
Las expectativas cumplen un papel fundamental en la economía. Influyen sobre las decisiones de inversión, consumo y contratación mucho antes de que las políticas públicas produzcan resultados concretos.
Cuando los agentes económicos confían en el futuro, adelantan proyectos, contratan trabajadores y asumen riesgos.
Cuando ocurre lo contrario, el crecimiento se paraliza.
Por eso, pocas variables resultan tan reveladoras al inicio de un gobierno como el nivel de confianza con el que este comienza su gestión.
Hoy el Perú inicia un nuevo ciclo político con un activo que no ha sido frecuente en la última década: grandes expectativas. No se trata únicamente de una percepción subjetiva, sino de un fenómeno respaldado por diversos indicadores económicos y financieros.
La primera señal provino de los mercados.
Tras conocerse el resultado de la segunda vuelta, la Bolsa de Valores de Lima acumuló un incremento superior a los 10 puntos, mientras que el tipo de cambio retrocedió desde casi S/ 3.5 hasta niveles cercanos a S/ 3.38 por dólar.
Los inversionistas reaccionaron positivamente porque interpretaron que disminuía la incertidumbre y aumentaban las probabilidades de un entorno económico más predecible.
Sin embargo, el indicador más importante es el de las expectativas empresariales.
Como se aprecia en la Figura 1, los índices elaborados por el Banco Central muestran que las expectativas sobre la economía para los próximos tres y doce meses alcanzan los niveles más altos registrados al inicio de un gobierno desde, al menos, 2011.
Incluso superan las observadas durante la transición de 2016, considerada en su momento un escenario particularmente favorable para la inversión privada.
Es un punto de partida excepcional que pocas administraciones han tenido.
Figura 1: Expectativas de la Economía

Fuente: Banco Central de Reserva del Perú
Estas expectativas positivas no surgen en el vacío. Se apoyan en fundamentos económicos sólidos.
El país recibe un contexto internacional favorable, con términos de intercambio cercanos a máximos históricos gracias al elevado precio de los minerales.
Al mismo tiempo, la economía peruana mantiene inflación bajo control, una deuda pública relativamente baja, reservas internacionales que superan los USD 100 mil millones y un crecimiento alrededor de 3.5%, con sesgo al alza, acompañado por una recuperación de la inversión privada que viene creciendo a tasas de dos dígitos.
Existe además un factor político que ayuda a explicar este cambio de ánimo. Después de varios años de extrema fragmentación, el nuevo Congreso presenta una composición significativamente más concentrada.
Como muestra la Figura 2, el número efectivo de partidos y los indicadores de fragmentación legislativa se reducen alrededor de 56% respecto del Congreso saliente.
Ello no garantiza consensos automáticos, pero sí reduce considerablemente los costos de construir mayorías para aprobar reformas y disminuye el riesgo de la inestabilidad política que caracterizó al periodo 2016-2026.
Figura 2: Comparativa de Fraccionamiento Político

Fuente: Ronin360
Naturalmente, las expectativas no sustituyen a las políticas públicas. La confianza puede evaporarse con la misma rapidez con la que aparece. Los problemas estructurales del país siguen plenamente vigentes:
inseguridad ciudadana, exceso de burocracia, baja productividad, debilidad institucional y enormes brechas de infraestructura.
Precisamente porque las expectativas hoy son tan altas, el costo de una eventual decepción también será mayor.
Pero la historia económica demuestra que los ciclos de crecimiento sostenido suelen comenzar cuando coinciden dos elementos:
Condiciones objetivas favorables y confianza para aprovecharlas.
El Perú parece reunir ambas.
El desafío del nuevo gobierno consiste ahora en convertir ese optimismo inicial en resultados concretos. Porque las grandes expectativas generan una enorme oportunidad, pero también imponen una enorme responsabilidad.
Lampadia






