James de La Torre
Co Autor de ‘El crecimiento silencioso de la economía peruana 1821 – 2025’
Para Lampadia
El Perú tiene todavía importantes retos por superar. En materia alimentaria, la anemia y la desnutrición infantil son males silenciosos que, cuando no matan, discapacitan. Sobre todo cuando se manifiestan en los primeros años de vida, pueden crear daños neurológicos irreversibles que reducen severamente el desarrollo de las funciones cognitivas.
Así como es fundamental combatir estos desafíos pendientes, también lo es reconocer nuestros logros.
Según cifras del INEI, en el 2006 más del 28% de niños menores de 5 años padecían de desnutrición crónica. En el 2018, dicha proporción había disminuido considerablemente y alcanzaba al 12%.
Sin embargo, desde entonces el indicador no ha registrado mayores progresos.
Será tarea fundamental del nuevo gobierno revertir este estancamiento.
Ahora bien, resulta revelador analizar la cuestión alimentaria desde una perspectiva histórica. Ciertamente, no disponemos de una base estadística que permita rastrear la desnutrición desde la independencia, pero un proxy razonable que nos legó el profesor Bruno Seminario fue su reconstrucción de la producción agrícola destinada al consumo interno.

Al estudiar sus estimaciones, resulta sorprendente la expansión.
Los agricultores del Perú pasaron a alimentar de 1.5 a 34 millones de habitantes.
Pero además, en promedio, cada peruano del 2026 consume casi 5 veces más que uno de 1821.
En conjunto, la producción alimentaria (neta de exportaciones) se incrementó más de 100 veces.
Y, de hecho, la agricultura destinada al consumo interno terminó siendo más dinámica que la de exportación.
¿Cómo explicar estas cifras?
A lo largo del siglo XX, desde la academia se difundieron discursos que negaban las facultades productivas del campesinado peruano.
En un monocorde tono malthusiano, se afirmaba con absoluta seguridad que los campesinos del Perú no se darían abasto para sostener el crecimiento demográfico: cada vez existiría mayor población hambrienta en el territorio
Sin embargo, fueron justamente los productores nacionales quienes impidieron la materialización de este vaticinio, pues el alimento importado no representó nunca más del 20% de lo consumido.
El logro resulta aún más extraordinario cuando se toma en consideración las enormes dificultades que enfrentó el campo peruano: histórico abandono estatal, escasez de crédito, condiciones geográficas agrestes (a diferencia de los campos extensivos de México o India, donde se pudieron introducir más fácilmente las innovaciones tecnológicas), una reforma agraria deficientemente ejecutada y los recurrentes sobresaltos políticos.
Una primera hipótesis sostiene que se produjo más alimento debido a una expansión de la superficie agrícola cultivada. Esto es cierto hasta cierto punto.
Efectivamente, el Perú pasó de 0.4 en 1821 a 3.4 millones de hectáreas hoy.
Parte de esta ampliación se explica por el desarrollo de irrigaciones en la costa, pero fundamentalmente al aprovechamiento permanente de las tierras serranas.
Previamente, los suelos de ladera requerían de prolongados periodos de descanso (hasta de 8 años) para volver a producir.
Los fertilizantes sustituyeron al barbecho.
En cualquier caso, la superficie agrícola del Perú creció, pero lo hizo solo 8 veces, mientras que la producción de alimento se multiplicó más de 100. Esto quiere decir que el crecimiento obedeció principalmente a incrementos en el rendimiento productivo de cada hectárea.
En el libro que publiqué recientemente con el Dr. Richard Webb, profundizamos en las herramientas y tecnologías específicas que impulsaron este proceso. Además, resaltamos el rol de los caminos y carreteras, que hicieron posible su difusión en los espacios rurales.
En síntesis, la proeza de nuestros agricultores consistió en que permitieron que el peruano promedio de hoy consuma 5 veces más alimento que nuestros antepasados a inicios de la república, que su menú sea más variado, que los alimentos sean más accesibles (menores precios) y que la urbanización del país fuera posible.
Toca entonces construir sobre lo avanzado.
A pesar de sus carencias, los agricultores del Perú ahorraron de lo poco que percibían, invirtieron en herramientas e insumos, construyeron (con sus propias manos) caminos que los integran con centros urbanos (a donde venden sus cosechas y de donde obtienen información, conocimientos e instrumentos de trabajo).
Será importante que otros trabajos nutran esta historia, de modo que podamos producir y distribuir más y mejores alimentos, para continuar venciendo males como la desnutrición o la anemia que, a pesar de los avances, todavía nos aquejan.
Lampadia






