Enrique Gubbins
Perú21, 2 de octubre del 2026
«Según la Contraloría, a junio había más de 2,200 obras públicas paralizadas en el país, con un saldo sin ejecutar superior a S/27,000 millones».
Este domingo más de 26 millones de peruanos elegiremos gobernadores, alcaldes y regidores para 2027-2030. Después de una campaña presidencial tan intensa, es tentador ver estos comicios como un trámite menor. Sería un error. Buena parte de lo que el ciudadano vive todos los días, la pista, el colegio, la posta, el agua, depende de lo que se decida en regiones y municipios.
En junio escribí que los gobiernos regionales ya tienen representación y recursos, pero no resultados. Las cifras lo confirman. Según la Contraloría, a junio había más de 2,200 obras públicas paralizadas en el país, con un saldo sin ejecutar superior a S/27,000 millones. Dos de cada tres son municipales. Y más de 280 tenían un avance superior al 90%: obras casi terminadas que nadie termina. El IPE calcula que tomaría 19 años cerrar la brecha de infraestructura educativa.
El problema no es solo de plata. ComexPerú encontró que más de la mitad de las obras paralizadas a nivel departamental tienen presupuesto asignado este año. Y cada año se deja de ejecutar, en promedio, un tercio del presupuesto de inversión pública. Hay recursos. Falta gestión.
Por eso, no deberíamos votar por quien promete más obras, sino por quien puede terminarlas. Antes de marcar la cédula, vale la pena hacerse tres preguntas. ¿Ha gestionado algo antes: una empresa, una institución, un presupuesto? ¿Qué obra concreta se compromete a terminar y en cuánto tiempo? ¿Con qué equipo piensa hacerlo?
Prometer cuesta poco. Un hospital, un puente, un estadio. Lo difícil es elaborar bien el expediente, supervisar al contratista, resolver las controversias y cerrar la liquidación. Eso no arranca aplausos en un mitin, pero es lo que separa una obra inaugurada de una obra abandonada.
Quienes ya ocuparon un cargo merecen un examen más simple: qué ejecutaron, qué dejaron paralizado y qué cuentas tienen pendientes. La experiencia vale si viene con resultados.
Y el voto no termina el domingo. Desde enero toca exigir cuentas, revisar avances y no aceptar la excusa de siempre: que la culpa es de Lima.
Quejarse del centralismo es fácil. Elegir bien en casa es más difícil, pero es lo único que realmente cambia las cosas. El domingo no se vota un discurso. Se contrata a un gerente por cuatro años.






