Martín Fariña von Buchwald
El Comercio, 15 de setiembre del 2026
“El Perú no tiene hoy la infraestructura para garantizar la trazabilidad del oro. No es un problema de capacidad: es un problema de decisión”.
Si le digo que hay una ciudad donde los carpinteros dejaron de hacer muebles para hacer solo ataúdes, usted pensará en el Perú. En Pataz, en La Pampa, en los muertos que va dejando el oro ilegal. Se equivoca por poco.
La ciudad es Bunia, en el Congo. Lo contó The New York Times hace pocos días. Djo Limayo vendía quince ataúdes al mes; ahora vende ochenta. Más de una docena de talleres se alinean en la calle y los ataúdes se transportan en mototaxi.
No los ocupó el crimen organizado. Los ocupó el ébola: la cepa Bundibugyo, sin vacuna ni tratamiento aprobados, con 6.041 casos y 2.911 muertes. La OMS lo llamó el segundo mayor brote de ébola jamás registrado, y el más veloz.
El virus empezó en Mongbwalu, un centro de oro ilegal. No es coincidencia: los brotes emergen donde coinciden inseguridad, desplazamiento, ruptura del bosque y tránsito constante. La ausencia estatal que permite el oro ilegal también permite incubar patógenos en silencio.
La mecánica es sencilla. El bosque en pie mantiene a la fauna silvestre lejos de la gente; la minería ilegal lo derriba y pone campamentos donde había copas de árboles. Y en cuerpos debilitados los virus se replican más tiempo y acumulan mutaciones, mecanismo que hoy se asocia al origen de las variantes más peligrosas del COVID-19.
Ahora traslade eso al Perú. El Congo produce menos de 22 toneladas de oro artesanal al año; nosotros exportamos más de 100 toneladas de oro ilegal. Las cifras no son idénticas, pero ninguna lectura razonable nos deja por debajo.
Lo que no se traslada igual es el vector. En África el reservorio es el murciélago, que carga los filovirus del ébola; en la Amazonía no se ha documentado ninguno. Nuestro riesgo tiene otro nombre: el roedor. El Perú registra cerca de 200 especies, y son los reservorios de los hantavirus y arenavirus americanos. El murciélago necesita bosque; el roedor prospera donde el bosque se rompe: el desmonte, la basura y la comida de un campamento son su hábitat ideal. La minería ilegal no solo destruye el ecosistema, le construye la casa al reservorio.
Y no es hipotético. Investigadores de la Unidad de Investigación Médica Naval de Estados Unidos y de la Universidad de Columbia capturaron roedores a lo largo de la Interoceánica. A 80 kilómetros de Puerto Maldonado hallaron en dos ratones una variante del virus Andes, uno de los pocos hantavirus con transmisión documentada entre personas.
Y ahí La Pampa está peor que Mongbwalu. Sin agua potable, las infecciones intestinales crónicas deterioran la absorción de zinc, esencial para la inmunidad. El hacinamiento multiplica contactos. El mercurio envenena. Se suman tuberculosis, malaria, desnutrición y la trata de mujeres. No hay médicos, y la gente se automedica, lo que enmascara síntomas y retrasa el diagnóstico. La rotación es altísima: la gente entra y sale, y con ella entran y salen los virus.
Eso fue lo que le dio ventaja al Congo: el virus llevaba semanas de camino cuando entendieron qué circulaba. Y no se quedó allá. Un estadounidense que trabajaba en el país se contagió y fue evacuado. El patógeno no necesitó pasaporte.
Si el motor congoleño, más pequeño, bastó para esto, el peruano es una bomba de tiempo. Y el mismo vacío que incuba el riesgo sanitario permite extraer el oro, lavarlo e internacionalizar las ganancias.
La buena noticia es que algo empezó a funcionar. El encuentro de Doral (Florida) está dando resultados por la acción coordinada de los gobiernos estadounidense, boliviano, peruano y colombiano. El precio del mercurio ilegal ha caído materialmente, y por la razón correcta: no porque haya más oferta, sino porque hay menos demanda.
Eso se sostiene o se desarma, y ahí el secretario Marco Rubio es central. Llega a Lima el 10 de septiembre con el narcoterrorismo en la agenda. El narcotráfico se alió con Sendero para protegerse; hoy se alía con el oro ilegal para lavar. Llega, además, la víspera del vigésimo quinto aniversario del 11 de septiembre: la fecha que le enseñó a Estados Unidos que a las redes se las derrota siguiendo el dinero.
Seguir el dinero obliga a mirar hacia adentro. Por eso vale recordar a San Agustín: “… vuelve a ti mismo. En lo interior habita la verdad”. Antes de viajar, convendría que averigüe qué papel cumplen Miami y Nueva York en el oro ilegal peruano: quién transfiere los dólares de las exportaciones y quién almacena los lucros.
La pregunta es concreta. A los bancos y a los RIAs, los asesores de inversión registrados ante la SEC: ¿hicieron debida diligencia sobre sus clientes que son procesadoras o minas que compran mineral de terceros en el Perú? Si la respuesta es que todo está en orden porque figuran en el Reinfo, el KYC falló. El Reinfo no acredita trazabilidad.
El Perú no tiene hoy la infraestructura para garantizar la trazabilidad del oro. No es un problema de capacidad: es un problema de decisión. El arándano, el espárrago, la uva, la palta y la vicuña prueban que sabemos hacerlo con bienes más difíciles de rastrear que un lingote.
El oro no pide nada distinto. Vamos por buen camino gracias a Doral, pero Miami y Nueva York tienen que hacer su parte. La lucha del secretario Rubio contra el narcoterrorismo es también la nuestra: es la vida y dignidad de los peruanos, y es la Amazonía.





