Enrique Gubbins
Perú21, 30 de octubre del 2026
“Siete de cada diez peruanos trabajan en la informalidad y, entre los independientes, nueve de cada diez están fuera del sistema tributario”.
En enero de 1776, un inmigrante inglés recién llegado a Filadelfia publicó un panfleto anónimo de apenas cincuenta páginas. Thomas Paine no inventó la idea de la independencia; hizo algo más difícil: la volvió evidente. Preguntó a los colonos si tenía sentido que una isla gobernara un continente desde el otro lado del océano. La respuesta estaba en el título: Sentido común. Seis meses después se firmaba la Declaración de Independencia.
Doscientos cincuenta años más tarde, el Perú necesita su propio panfleto.
Imaginemos dos familias de diez. En la primera solo trabaja el padre: él decide qué se compra, qué se come y quién estudia. Si pierde el empleo, nadie come. En la segunda, cada uno tiene su oficio: una cose, otro vende, otro repara motos. Si a uno le va mal, los demás sostienen la casa, y entre todos producen muchísimo más. La primera es una economía dirigida, donde unos pocos burócratas deciden qué se produce. La segunda es una economía libre, donde millones de emprendedores lo deciden cada mañana.
En la segunda familia el padre no desaparece: se dedica a lo que solo él puede hacer. Mantiene el techo, cuida la salud, paga el colegio, cierra la puerta con llave. Eso debe hacer el Estado con nuestros impuestos: infraestructura, salud, educación, seguridad y justicia. No producir, sino permitir que otros produzcan.
Y aquí viene lo absurdo. El Perú ya eligió ser la segunda familia: la Constitución consagra la libertad de empresa y millones de peruanos emprenden cada día. Pero en vez de allanarles el camino, el padre les cobra peaje en cada puerta: permisos, licencias, multas, formularios y una Sunat que los trata como sospechosos y no como socios. El resultado: siete de cada diez peruanos trabajan en la informalidad y, entre los independientes, nueve de cada diez están fuera del sistema tributario. No es que no quieran; es que la formalidad les cuesta más de lo que les da.
Una Sunat socia orientaría antes de sancionar; simplificaría en vez de complicar y entendería que cada emprendedor que se formaliza hoy es un contribuyente por veinte años. Tratar al que recién empieza como a una gran empresa es matar a la gallina antes de que ponga.
Ya tenemos la libertad. Lo que falta es dejarla funcionar. Para eso no se necesita una teoría sofisticada. Se necesita, como en 1776, sentido común.






