Una nueva interpretación del desarrollo peruano
Jaime de Althaus
Para Lampadia
Richard Webb, con la coautoría de James de la Torre, acaba de publicar un libro titulado “El Crecimiento Silencioso de la Economía Peruana”, que cambia por completo el paradigma de interpretación del desarrollo peruano en los últimos 200 años.

El gran descubrimiento, a partir de unas estadísticas Bruno Seminario, es que el Perú ha crecido desde la independencia a tasas mayores que los países más avanzados de Europa (2.9% en promedio), y si no es un país desarrollado ello se debe a dos eventos: a la guerra con Chile que nos retrajo 50 años y al modelo intervencionista – estatista aplicado entre los 70 y los 80, que nos hizo perder varias décadas.
El libro echa por tierra la visión pesimista del desarrollo peruano cuyo primer formulador fue José Carlos Mariátegui, para quien el capitalismo peruano es dependiente del capital extranjero, oligárquico, semifeudal e incapaz de integrar a las mayorías indígenas.
La idea central, generalizada luego por diversos autores, es que la dependencia externa y la dominación interna generan condiciones estructurales que impiden el desarrollo del país. Para Rosemary Throp, por ejemplo, las bonanzas temporales generadas por booms exportadores no se tradujeron en desarrollo sostenido.
Pero el libro de Webb revela algo distinto, que:
La población del Perú se multiplicó 23 veces desde inicios de la república (de 1.5 millones de habitantes a más de 34 millones)
El PBI lo hizo más de ¡400 veces!
Cada peruano hoy produce 18 veces más que en 1821. Lo que hubo fue una explosión productiva.
Para Julio Cotler, sin embargo, el Perú reprodujo en la república la estructura colonial de dominación social: una sociedad profundamente jerárquica, fragmentada y patrimonial, caracterizada por dominación étnica y la exclusión de la mayoría indígena.[1] Un campesinado oprimido o atrasado era obviamente impotente para abastecer con alimentos el acelerado crecimiento de la población y de las ciudades.
Se generalizó entre los intelectuales un discurso malthusiano: la hambruna era inevitable.
La verdad, sin embargo, es que la producción de alimentos para el consumo interno se multiplicó más de 100 veces desde inicios de la república, mientras que la población sólo lo hizo 22.
La agricultura nacional pasó de alimentar 1.5 a 34 millones de peruanos.
Y cada peruano consume casi 5 veces más que sus antepasados.
Es lo que Webb llama “la revolución de los panes”:
La producción de alimentos creció mucho más que la población.
¿Cómo se explica eso?
Lo primero es que no era cierto que los hacendados ricos concentraran el 80% de las tierras antes de la reforma agraria, dejando a los campesinos parcelas improductivas.
El libro cita a José María Caballero que demuestra que, en términos de hectáreas equivalentes (riego-secano-pastos) era al revés: el 80% del ganado y las tierras estaba en manos de pequeños y medianos agricultores.
Y las comunidades no eran homogéneas: unos campesinos eran más ricos que otros y más propensos al riesgo.
Lo que hicieron fue ir incrementando significativamente el área cultivada e introduciéndole mayor productividad con nuevas tecnologías.
Se generó una burguesía rural.
Como consecuencia la brecha de desigualdad urbano-rural disminuyó fuertemente: hacia inicios del siglo XX, el poblador urbano promedio producía 17 veces más que el rural; actualmente, la diferencia es de menos de 2.
Por supuesto, fue clave la “tecnología de transportes”, el desarrollo de la infraestructura de carreteras y caminos ya desde los 60 (con Cooperación Popular) pero sobre todo a partir de los 90, con Provias Rural. Esto acercó la producción campesina a los mercados. Webb ya había desarrollado ampliamente este tema en su libro “Conexión y Despegue Rural”.
Quisiera agregar que lo que sí afectó severamente la producción campesina en los 70 y 80 fue el modelo económico aplicado para resolver los supuestos problemas estructurales: la estatización, la protección a la industria, el dólar barato y la importación subsidiada de alimentos.[2]
La consecuencia fue que el campesino andino perdió el mercado interno de papa a manos de derivados del trigo y el consumo nacional de papa cayó abruptamente en esas décadas.
El campo transfirió ingresos rentistas a la ciudad porque además tuvo que pagar precios artificialmente altos por productos industriales protegidos.
Esto se revirtió a partir de los 90, con el cambio de modelo. La producción de papa volvió a crecer a tasas altas.
Pero el despojo económico de los 70 y 80 produjo la gran migración del campo a la ciudad, acelerando un proceso de urbanización que fue en sí mismo, sin embargo, una fuente de incremento de la productividad, por economías de aglomeración y cercanía. Claro, uno se pregunta cuanto habrían podido crecer las economías populares si esa gran energía emergente hubiera sido acompañada de buenas políticas en los 70 y los 80.
En suma, lo que está detrás del crecimiento productivo peruano es un “engranaje” endógeno, autosostenido, de tres fenómenos:
La revolución de los panes,
La migración interna y
La urbanización,
que se alimentan mutuamente en un círculo virtuoso. Ese es el núcleo del aporte teórico del libro.
Y lo extraordinario es que ese crecimiento se haya podido dar pese a un “piso”, como lo llama el libro, muy inestable: una geografía endemoniada que ha sido un gran obstáculo tanto para la formación del mercado interno como de una comunidad nacional, de un sentido de pertenencia común que genere de capital social y confianza que faciliten las transacciones económicas. El capital social es muy pobre en el Perú.
Aquí habría que comentar que la causalidad también puede ser inversa: el mercado integra, ayuda a formar una comunidad nacional. Pero para que eso sea así todos tendrían que interactuar en el mercado formal. El problema es que la formalidad excluye a las mayorías, porque es muy costosa y asfixiante. No solo eso: los formales compensan el alto costo de la formalidad adquiriendo bienes y servicios baratos de los informales. Ese si es un problema estructural, un equilibrio de baja productividad, que debe ser resuelto. Porque, entre otras cosas, reduce la velocidad del “engranaje” planteado.
El libro señala que nuestro país también sufrió un agudo aislamiento geográfico externo que recién se resolvió con la operación del canal de Panamá en 1914. En ese sentido, hay que decir que el Perú está ahora más integrado que nunca, tanto internamente (35% de la población en Lima) como internacionalmente, donde el Asia-Pacífico se ha vuelto el eje de un comercio global dominado por la demanda derivada de la transición energética, que requiere cobre y otros minerales. Tenemos condiciones sin precedentes para un ciclo largo de alto crecimiento.
Pero el “piso” incluye una gobernanza que ha sido muy accidentada, llena de interrupciones, golpes y cambios. Lo más reciente ha sido ciclo anárquico que vivimos desde el 2016.
Tenemos la oportunidad de ponerle fin y volver a crecer alrededor de 8% al año si elegimos bien este 7 de junio.
Lampadia
[1] Ver su libro clásico: “Clases, Estado y Nación en el Perú”. IEP
[2] Ver mis libros “Desarrollo hacia Adentro y Anemia Regional en el Perú”, FCE, 1987, y “La Revolución Capitalista en el Perú”, Planeta 2006.






