David Tuesta
Gestión, 18 de setiembre del 2026
Hemos democratizado los años de educación mucho más rápido que las oportunidades económicas que esa educación debería generar.
Durante generaciones hemos repetido la frase: “el que estudia, triunfa”. Y había buenas razones para creerlo. La educación era probablemente la principal escalera de movilidad social: estudiar más que los padres significaba acceder a mejores empleos, mayores ingresos y una vida distinta. Sin embargo, los datos de la OCDE para Perú, introducen un matiz incómodo: los peruanos efectivamente estudian mucho más que sus padres, pero eso no se está traduciendo en progreso económico en la misma proporción.
El dato central es contundente. Entre las generaciones nacidas en 1940-1949 y 1980-1989, la movilidad educativa en el Perú mejoró 56%, bastante más que el 38% registrado, en promedio, en los países latinoamericanos analizados. Es decir, conseguimos que los hijos alcanzaran niveles educativos considerablemente superiores a los de sus padres. Pero durante el mismo período la movilidad de ingresos mejoró apenas 15%. La propia OCDE señala dos razones fundamentales detrás de esta brecha: la baja calidad educativa y la elevada informalidad laboral.
Ahí hay una buena síntesis de lo ocurrido durante las últimas décadas. Hemos democratizado los años de educación mucho más rápido que las oportunidades económicas que esa educación debería generar. Tenemos más secundaria, institutos, universidades y títulos. Pero no hemos conseguido transformar ese esfuerzo, con la misma intensidad, en capital humano, productividad y mejores ingresos.
Y las últimas noticias no ayudan. PISA 2025 muestra que Perú retrocedió frente al 2022 en matemáticas y lectura y prácticamente se estancó en ciencias, regresando a niveles cercanos al 2015. Apenas 30% de nuestros estudiantes alcanza competencias básicas en matemáticas, 42% en lectura y 47% en ciencias, muy lejos de la OCDE. Además, en ciencias, la brecha entre el 25% socioeconómicamente más favorecido y el menos favorecido alcanza 78 puntos.
Lo anterior es clave. La educación debería funcionar como escalera no porque acumule años de escolaridad, sino porque acumula capacidades. Si siete de cada diez adolescentes no alcanzan competencias matemáticas básicas y casi seis de cada diez no alcanzan las de lectura, será difícil que la siguiente generación convierta más educación en mayor productividad e ingresos.
El problema continúa después del colegio. La expansión de la educación superior permitió que miles de jóvenes fueran los primeros profesionales de sus familias. Eso es un enorme avance. Pero crear universidades, multiplicar vacantes o entregar títulos no equivale automáticamente a crear capital humano. Una credencial genera movilidad cuando detrás existen competencias que elevan la productividad y que una economía moderna puede aprovechar. De lo contrario, podemos producir una combinación socialmente complicada: jóvenes mucho más educados que sus padres y con expectativas mayores, pero sin una mejora equivalente de sus oportunidades económicas.
Luego viene el mercado laboral. En el 2024, nada menos que 85% de los trabajadores peruanos entre 15 y 24 años era informal. Y apenas 2% de los jóvenes participaba en educación y formación técnica y profesional, precisamente uno de los mecanismos que mejor podría conectar formación y demanda laboral. La escalera se va rompiendo, así, peldaño por peldaño: el origen condiciona la calidad educativa; esta condiciona las competencias; las competencias afectan las oportunidades laborales; y la informalidad reduce finalmente la posibilidad de convertir capital humano en mayores ingresos.
Todo esto sería preocupante en cualquier momento. Pero lo es mucho más por algo que solemos dejar fuera de la discusión educativa: la demografía. Los últimos datos del INEI muestran un Perú que envejece rápidamente. Los menores de 15 años pasaron de representar 26.5% de la población en 2017 a 22.7% en el 2025, mientras los mayores de 60 aumentaron de 11.7% a 14.8%. Y nuestro bono demográfico se agotaría aproximadamente hacia el 2045.
Aquí PISA deja de ser simplemente una estadística educativa. Los adolescentes evaluados en el 2025 tendrán alrededor de 35 años cuando el Perú se aproxime al final de su bono demográfico. Serán precisamente la generación que deberá sostener con su productividad una economía con relativamente menos trabajadores y muchos más adultos mayores. Durante décadas pudimos crecer incorporando trabajadores. Cuando esa fuente se agote, cada trabajador tendrá que producir mucho más.
Hay además una dimensión social que no deberíamos subestimar. Una sociedad puede convivir durante bastante tiempo con desigualdades importantes cuando sus ciudadanos perciben posibilidades reales de progresar. Mucho más difícil es una sociedad donde una generación hizo aquello que se le pidió –estudiar más, terminar secundaria, ir a la universidad– y descubre que la recompensa económica prometida no llega. La frustración puede ser mayor precisamente porque las expectativas también lo fueron.
Una movilidad intergeneracional persistentemente baja deteriora la formación de capital humano, consolida la informalidad y limita el crecimiento de la productividad. Por eso la movilidad social no es únicamente una cuestión de equidad. Es también una cuestión de crecimiento y cohesión social.
El que estudia todavía tiene más posibilidades de triunfar. Pero ya no basta con decirles a nuestros jóvenes que estudien. Tenemos que asegurarnos de que aprendan y de que una economía productiva pueda aprovechar ese talento. Durante décadas tuvimos a la demografía empujándonos por la espalda. Ese viento se está acabando. Y la generación que tendrá que enfrentar ese Perú ya está hoy sentada en nuestras aulas.






