RONIN
Perú 21, 12 de octubre de 2026
Existe consenso sobre la necesidad de formalizar a las empresas; sin embargo, esto no necesariamente equivale a hacerlas productivas.
Una economía puede tener muchas microempresas y ser extraordinariamente dinámica si una parte de ellas innova, invierte, contrata trabajadores y eventualmente se convierte en pequeña, mediana o grande, destacó el informe.
En el Perú, un trabajador de una gran empresa genera, en promedio, 23 veces más valor agregado que uno de una microempresa. Eso no significa que trabaja 23 veces más ni que es 23 veces más capaz, sino que esta diferencia refleja brechas en capital, tecnología, organización, acceso al financiamiento, mercados y condiciones para producir.

Esta evidencia revela uno de los grandes problemas estructurales de nuestra economía: tenemos muchísimas empresas pequeñas, muy pocas que crecen y una enorme proporción de trabajadores concentrada precisamente donde la productividad es menor.
Según Produce, en 2024, si asignamos un valor de 100 a la productividad laboral de la gran empresa, una mediana alcanza 65.1; una pequeña, 26; y una microempresa, apenas 4.3. En otras palabras, la distancia entre ambos extremos es de más de 23 veces. No sorprende, entonces, que el Perú pueda tener simultáneamente mucho empleo y poca productividad.
El contraste se vuelve más revelador al mirar dónde trabajan los peruanos y dónde se genera el valor. De acuerdo con cifras recopiladas por la OCDE, las microempresas concentran alrededor del 71% del empleo privado, mientras que representan una fracción mucho menor del valor agregado. En el otro extremo, las empresas grandes reúnen una proporción bastante menor del empleo y una parte sustancialmente mayor del valor generado.

El problema, sin embargo, no es que existan microempresas. Estas son indispensables y muchas constituyen la puerta de entrada al mercado o una fuente de ingresos frente a la ausencia de mejores oportunidades laborales. La pregunta relevante es otra: ¿por qué les cuesta tanto crecer?
Los datos de Produce permiten aproximarnos desde un ángulo particularmente revelador. De las microempresas que existían en 2015, nueve años después el 57.6% había salido del registro, 40.5% seguía siendo microempresa y apenas 1.8% había logrado saltar a una categoría superior. ¿Es inevitable que tan pocas escalen? La experiencia internacional sugiere que no. La OCDE en 2025 encontró que alrededor del 12% de las microempresas en seis países experimentó episodios de alto crecimiento. No es una comparación uno a uno, pero sí muestra que existe margen para una dinámica empresarial mucho más intensa.
EL DESAFIO
Este dato cambia la naturaleza del problema. Una economía puede tener muchas microempresas y ser extraordinariamente dinámica si una parte de ellas innova, invierte, contrata trabajadores y eventualmente se convierte en pequeña, mediana o grande. El desafío aparece cuando ser pequeño deja de ser una etapa y se convierte en un estado permanente.
La literatura económica lleva años estudiando este fenómeno. Hsieh y Klenow en 2014 mostraron que las distorsiones que dificultan que capital y trabajo se desplacen hacia empresas más productivas pueden reducir significativamente la productividad agregada. El concepto se conoce como misallocation: una economía puede disponer de trabajadores, empresarios y capital y, sin embargo, producir menos porque estos recursos no terminan donde podrían utilizarse mejor. En trabajos posteriores, estos autores muestran, además, que las diferencias en el crecimiento de las empresas durante su ciclo de vida ayudan a explicar importantes brechas de productividad entre países.
¿Sucede exactamente eso en el Perú? Los datos presentados no permiten afirmarlo causalmente. Parte de las diferencias responde a composición sectorial, intensidad de capital y características de los propios trabajadores. Pero sí dejan una pregunta difícil de ignorar: ¿qué impide que las empresas peruanas con potencial puedan crecer?
El acceso al crédito importa. También la tecnología, las capacidades gerenciales, el capital humano y el acceso a mercados. Pero existen además costos regulatorios y tributarios que pueden cambiar cuando una empresa aumenta de tamaño. Si crecer significa enfrentar súbitamente mayores costos de formalidad, regulación o contratación, la estructura de incentivos merece revisarse.
Por eso, la discusión sobre formalización probablemente está incompleta. Formalizar una empresa no equivale a hacerla productiva. Y crear miles de empresas tampoco garantiza una economía más dinámica si casi ninguna consigue escalar.
Quizás deberíamos comenzar a medir el éxito de nuestras políticas empresariales de otra manera: no solamente por cuántas empresas nacen o se formalizan, sino por cuántas sobreviven, aumentan su productividad, contratan trabajadores y logran crecer. Porque el verdadero desafío del Perú no es dejar de tener empresas pequeñas. Es conseguir que ser pequeño no signifique estar condenado a seguir siéndolo.






