Jaime Spak
Para Lampadia
La terrible tragedia que está atravesando el pueblo de Venezuela es terrible e injusta.
El 12 de enero de 2010, Haití sufrió un devastador terremoto de 7.3 grados de magnitud.
Perdieron la vida 220,000 personas y más de 300,000 resultaron heridas.
La pobreza se multiplicó.
Venezuela ha pasado de ser la cuarta economía latinoamericana para descender a la undécima posición.
A pesar de tener durante muchos años el precio del petróleo por encima de los 100 dólares, no invirtieron adecuadamente los ingresos.
La corrupción se generalizó.
Entre 2012 y 2020, el país perdió, de hecho, hasta el 88 % de su riqueza y, solo en el año de la pandemia, cayó un 40 %.

Una caída sin precedentes a nivel global, sin un conflicto armado de por medio.
Una de las economías más importantes de comienzos de este siglo se ha convertido en un país pobre.
Desde la asunción al poder de Hugo Chávez en 1999.
El terremoto no ha hecho sino desnudar la podredumbre del sistema del socialismo del siglo XXI.
El enriquecimiento ilícito de sus gobernantes y la dictadura de Chávez, vía la famosa Asamblea Constituyente, que le permitió reelegirse indefinidamente.
Convirtieron a Venezuela en un país fallido.
Cuando se sepa la verdad sobre la cantidad de muertos, la cifra puede rondar las 50,000 personas.
La naturaleza hizo su nefasto trabajo.
Encontró al país sin servicios básicos, con una desnutrición infantil gigantesca, hambre generalizada y un gobierno represor, sin capacidad alguna para responder a esta tragedia.
Se ha probado que las miles de casas de interés social que Chávez regalaba a la población estaban fabricadas con material no apto para la construcción.
El colapso total de casi 900 edificios se debió al uso de materiales de muy baja calidad, como el poliestireno expandido (tecnopor), usado en núcleos de vigas y paredes, sumado a una evidente falta de supervisión y de normativas antisísmicas.
Los edificios antiguos han resistido, mientras que los construidos en estas dos décadas se han caído como castillos de naipes.
El pueblo venezolano está desamparado.
Las autoridades brillan por su ausencia.
Los equipos internacionales de rescate ya regresaron a sus respectivos países.
No existe suficiente maquinaria para remover los escombros y poder recuperar los cuerpos de las personas fallecidas.
En los próximos días y semanas se van a conocer historias terribles de familias enteras desaparecidas.
Con los ingresos que tuvo Venezuela en la primera década de este siglo, debió tener un programa de vivienda decente para millones de ciudadanos.
Fueron engañados y, en vez de invertir en su país, intentaron exportar su absurda política, dizque revolucionaria.
Las decenas de países que han enviado profesionales en rescate de víctimas fueron testigos de una situación surrealista.
Los militares, en vez de ayudar a remover escombros, los vigilaban para que no pudieran ver la realidad.
En enero de este año, cuando los americanos capturaron a Maduro y a su esposa, pensábamos que se venían nuevos aires de libertad para los venezolanos.
Delcy Rodríguez, la presidenta en ejercicio; su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Legislativa; Diosdado Cabello y Vladimir Padrino siguen haciendo de las suyas.
El proceso de cambio en Venezuela va a demorar más de lo previsto luego de esta tragedia.
María Corina Machado no puede regresar aún a su país.
Probablemente su vida corra peligro, pues la represión aún continúa.
Una tragedia de esta envergadura debe servir para unir a todos y culminar con la desunión.
¿Cuántas empresas constructoras, seguramente la gran mayoría vinculadas al chavismo, se harán responsables de haber utilizado materiales defectuosos?
Ninguna.
En estos momentos, la esposa de Maduro, Cilia Flores, se ha convertido en colaboradora eficaz de la justicia americana, confirmando que era ella quien manejaba el dinero de la corrupción.
Todo se hacía a través de PDVSA.
Aunque no lo crean, el gobierno chavista, en estos más de veinte años en el poder, se apropió de cientos de miles de millones de dólares.
Muchos países de Sudamérica han virado hacia gobiernos de derecha, pues se ha comprobado que los gobiernos socialistas o comunistas han sido un fracaso en el continente.
Los izquierdistas son especialistas en incendiar la pradera, muy buenos teóricos y pésimos en la práctica.
Analicemos los gobiernos de Morales en Bolivia, de Boric en Chile, de Petro en Colombia, de Correa en Ecuador, de Kirchner en Argentina, de Castillo y Boluarte en Perú; todos tienen un común denominador: la incapacidad.
Si a eso le agregan la corrupción.
Receta perfecta para el fracaso.
Tenemos que ser solidarios con el pueblo venezolano, pidiendo un castigo ejemplar para estos ladrones del futuro de su pueblo.
El pueblo debe exigir el fin del gobierno chavista y convocar urgentemente a elecciones para que este hermoso y rico país pueda retomar el sendero del progreso.
No más socialismo del siglo XXI en una América libre.
Lampadia






