Aldo Mariátegui
Perú 21, 14 de octubre de 2026
“¿Me pueden explicar como un tipo cercano al Movadef como Iber Maraví pudo haber salido electo senador por Ayacucho, después de lo que esa región sufrió (…)”.
¿Me pueden explicar como un tipo cercano al Movadef como Iber Maraví pudo haber salido electo senador por Ayacucho, después de lo que esa región sufrió por Sendero Luminoso? ¿Cómo casi 30 mil ayacuchanos pudieron votar por esta cosa? ¿Cómo la ultraizquierda de JPP ganó allá por tan lejos las últimas elecciones generales (31% y 78%)? ¡Después de lo sucedido en Ayacucho con el terrorismo comunista, lo normal más bien sería que los ayacuchanos fueran unos anticomunistas furibundos, tipo cubanos de Miami o europeos del Este! Y que fueran más fujimoristas, porque al fin y al cabo, el fujimorismo acabó con Sendero e hizo mucha obra pública allá. De verdad, me es inexplicable.
Bastante ingenuos los oficialistas y sus aliados parlamentarios de “pisar el palito” con las provocaciones de la izquierda, como hemos visto recientemente con esta cosa indescriptible que se llama Iber Maraví. Los rojos siempre han sido unos teatreros consumados, expertos en buscar pelea con “la boquilla” para luego victimizarse al máximo, como esos jugadores de fútbol que provocan al rival para que apenas este los toque procedan a tirarse al suelo para revolcarse estrepitosamente y agarrarse la cara como si les hubieran dado el golpe de su vida. Si ya sabemos que el 99% de las cosas que eructan los rojos son huevadas, falsedades o insultos (porque alguien que es rojo a estas alturas de la historia no puede ser un ser medianamente inteligente), entonces no vale la pena hacerles caso o en todo caso esperar a la réplica para pacientemente desasnarlos. Es cierto que sus cinismos, bajezas y estupideces te hacen perder la paciencia (a mí me ha sucedido cuando entrevisté a Ollanta o al cura Arana), pero, siguiendo con la sabiduría futbolística, siempre hay que “tener la cabeza fría y los pies calientes” (aunque ahora se habla más del “pecho”). Como en la cancha, si los rojos te provocan no les hagas caso (o dale su buena “chiquita” más tarde, cuando el árbitro, la prensa o el público no te estén mirando).






