José Ignacio de Romaña
Perú21, 8 de octubre del 2026
«El resultado de esta descentralización sin arquitectura ni controles ha sido documentado por el Banco Mundial».
Cornelius Vanderbilt y John Rockefeller, dos grandes visionarios en sus tiempos, forjaron las más grandes fortunas de su época, una subsiste otra queda en los libros de historia.
La divergencia histórica entre los Vanderbilt y los Rockefeller nos ofrece un espejo sobre cómo se destruye la riqueza cuando la estructura institucionalidad y planificación flaquean.
Cornelius Vanderbilt construyó un imperio basado en el transporte y los ferrocarriles. Antes de morir en 1877, le soltó esta frase a su hijo William: “Cualquier tonto puede hacer una fortuna. Pero se necesita un hombre de cerebro para conservarla”.
Tras su fallecimiento, la falta de una gobernanza centralizada y la decisión de fragmentar el patrimonio entre numerosos herederos desataron un espiral de despilfarro. Los descendientes priorizaron los intereses particulares y la división de activos; en pocas generaciones, la fortuna se pulverizó. Los Rockefeller, en cambio, blindaron su legado creando estructuras centralizadas y estrictos sistemas de control donde las decisiones dependían de un sistema bien estructurado, gente preparada y una planificación detallada.
A escala macroeconómica, el Estado peruano cometió el error de atomizar el presupuesto nacional al estructurar su administración en 25 gobiernos regionales y 1,892 gobiernos locales. Optamos por fragmentar el presupuesto en un aparato público de más de 1,900 unidades ejecutoras independientes, haciéndolo sin dotarlas de capacidades técnicas, meritocracia ni filtros institucionales indispensables.
El resultado de esta descentralización sin arquitectura ni controles ha sido documentado por el Banco Mundial. La cifra es lapidaria, el 17.3% del PBI se encuentra atrapado en proyectos paralizados, abandonados o convertidos en “elefantes blancos”.
Esto representa decenas de miles de millones de soles evaporados en hospitales sin terminar, colegios inconclusos y cientos de otras obras en abandono. ¡¡El estudio señala 65 mil obras en ese estado!!
Nuestro implacable BCR y el gobierno central sostienen las cuentas macroeconómicas y el orden fiscal; mas, a nivel subnacional tenemos feudos donde la atomización presupuestal dilapida el presupuesto nacional.
Ningún país puede desarrollarse si continúa pulverizando sus recursos públicos en miles de unidades ejecutoras sin brújula técnica.
Cómo vamos a crecer si seguimos dilapidando nuestro presupuesto sin imponer estándares meritocráticos rigurosos, condicionando las transferencias fiscales a la culminación eficiente de proyectos y centralizando la planificación en grandes proyectos que realmente transformen la economía nacional. De continuar en lo mismo, seguiremos viendo cómo la riqueza de todos los peruanos se disipa en el cementerio de las obras inconclusas. Refraseo la frase de Vanderbilt, “se necesita un gobierno con cerebro para conservar la riqueza y multiplicarla”.
Hoy tenemos un gobierno estructurado con liderazgo y visión de futuro, es momento de actuar con energía y determinación, como dijo Blas Piñar en su famoso discurso en la Plaza de Oriente en Madrid:
“Adelante… sin miedo a nada ni a nadie, por la fe y por la patria, la bandera en alto”.
Necesitamos ese férreo liderazgo para hacer los cambios transformadores por los que este país clama, para encausarnos en los rieles del desarrollo.
La siguiente frase no es de Vanderbilt ni de Rockefeller ni de Blas Piñar, pero calza en las necesidades de hoy: “Para hacer tortillas hay que reventar huevos”.






