Anibal Quiroga León
Perú21, 13 de setiembre del 2026
«Hay presidentes que administran el día a día. (…) Al terminar su mandato dejan fotografías, discursos y decretos. Pero el país permanecerá igual. Pasan por el poder sin que el poder pase por ellos”.
A la presidencia se puede acceder desde las urnas, una crisis o incluso accidentalmente —como ya se ha visto—. La estatura de estadista no se logra por la sola investidura presidencial. Se es o no estadista. Es una condición especial que se tiene o no se tiene. Es un don. Se nace con él. Gobernar es ejercer el poder. No basta ambicionar ese poder. El estadista sabe qué hacer con el poder. Quien lo ejerce debe tener la altura necesaria para avizorar el futuro en aras del bien común.
Hay presidentes que administran el día a día. Otros administran las encuestas —como Vizcarra o Berlusconi—. Algunos solo gerencian sus mundanas manías. Al terminar su mandato dejan fotografías, discursos y decretos. Pero el país permanecerá igual. Pasan por el poder sin que el poder pase por ellos. El estadista pertenece a otra categoría: construye con destreza el legado de una mejor nación.
De Gaulle, en la posguerra, entendió esa diferencia cuando regresó al poder en el 58. No se requería solo un nuevo presidente ni un maquillaje parlamentario. La Cuarta República se había agotado. ‘Le Général’ comprendió que la enfermedad era institucional. Un estadista reconoce cuando la crisis exige una solución que lo trascienda. Su respuesta fue la Quinta República y la Constitución de 1958. No administró un Estado fallido. Construyó otro con estabilidad y desarrollo hasta hacer de Francia una potencia mundial.
Adolfo Suárez tuvo una delicada tarea. España transitaba de una dictadura de 40 años a la democracia sin pincharse con la revancha histórica. Comprendió que ese retorno no se construiría con exclusiones. La legalización del Partido Comunista, las elecciones del 77, los Pactos de la Moncloa y la Constitución del 78 fueron el instrumental de una compleja cirugía política. Su mérito no estuvo en doblegar al adversario, sino en lograr que este —sin renunciar a su diversidad— aceptara compartir la grandeza de una construcción democrática.
Felipe González representa otro tipo de estadista: el que convierte su fuerza política en una modernización nacional. Su llegada al gobierno en el 82 significó el ascenso del PSOE. Pero su importancia histórica no se agotó con el triunfo partidario. España se transformó económicamente, modernizó su infraestructura, consolidó su integración europea y redefinió su proyección internacional. Su política tuvo un fructífero desarrollo.
Margaret Thatcher pertenece a una estirpe diferente. No fue una constructora de consensos. Fue la lideresa que entendió que, para cambiar el rumbo de Gran Bretaña, debía enfrentarse a poderosos intereses modificando arraigadas convicciones. Su política económica provocó profunda controversia y dejó un alto costo social. Allí reside su dimensión histórica: después de ella la política británica no volvió a ser igual.
La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca tuvo una extraordinaria fuerza simbólica, agudeza y notorio carisma. Su dimensión se midió también por su respuesta ante la crisis financiera, la guerra en el frente externo, la reforma sanitaria y proyección de los EE.UU. en el mundo.
Alan García ofrece una interesante lección. García I estuvo horquillado por la hiperinflación, crisis económica, aislamiento financiero y el terrorismo. García II representó una significativa rectificación. Demuestra que el estadista no es quien jamás se equivoca. También lo es quien, aprendiendo de sus errores, exhibe corrección del rumbo.
¿Qué necesita un verdadero estadista? Un profundo conocimiento de su historia nacional, de la universal y del contexto contemporáneo. Capacidad para distinguir el país que existe del país que podría existir. Comprender que las decisiones del hoy comprometen el mañana. Coraje para adoptar decisiones difíciles so riesgo de impopularidad. Inteligencia para saber cuándo ceder. Autoridad para saber cuánto resistir. No rodearse de amigotes/as ni adulones/as, sino de los mejores cuadros políticos, técnicos y profesionales que el servicio público requiera. Meritocracia y visión de Estado.
El estadista construye instituciones que le sucederán cuando se marche. No necesita ver su nombre en cada obra ni su retrato presidiendo cada despacho. Dejará su imagen en la retina de sus conciudadanos y en la de sus sucesores. La historia es más severa que las encuestas o la popularidad estacional. El presidente intrascendente se pregunta qué hacer para conservar el poder. El estadista se pregunta qué hacer para que su país no vuelva a necesitarlo. Lo caracteriza su visión del horizonte. La verdadera transformación siempre alcanza a las futuras generaciones.






