Fausto Salinas Lovón
Para Lampadia
Había una vez un pueblo al que le dieron la posibilidad de elegir su propio destino. Le dijeron que sus obras, sus servicios y su futuro ya no iba a depender de un lejano gobernante ubicado en la costa, sino del propio gobernante que ellos eligieran cada 4 años.
Al tiempo que le dieron esa oportunidad, grandes riquezas comenzaron a fluir, en los tres estados naturales, del subsuelo de ese pueblo.
El futuro era prometedor para un pueblo que muchos siglos atrás había visto la gloria y el esplendor.

Como sucede en las democracias de estos tiempos, donde no se selecciona a quienes pueden ser elegidos, todos podían postular para ser gobernantes.
Entonces, locutores de radio, estudiantes universitarios eternos, periodistas, dirigentes de barrio, azuzadores de protestas postularon al igual que ingenieros, economistas y empresarios para ser elegidos.
Para lograr ser elegidos comenzaron a contarle al pueblo sus propios cuentos.
Cuentos de todo tipo han permitido la llegada de los gobernantes a este pueblo.
El cuento que más ha vendido es el que le echaba la culpa de todos los males a los gobernantes de la costa, a la Constitución y al neoliberalismo.
El cuento rojo es el que más ha rendido electoralmente.
Hasta quienes estaban llamados a liderar con ideas y principios distintos, se pintaron la cara y cuentan hasta hoy día el mismo cuento que los demás.
Después de cerca de 25 años, ese mismo pueblo sigue eligiendo como gobernantes a quienes le echan la culpa de sus males a otros.
Han pasado cerca de 5 lustros y esos gobernantes han botado por el retrete público las riquezas que el suelo les sigue prodigando en miles de millones.
Ese pueblo sigue igual, sin servicios, sin carreteras, sin hospitales, solo escuchando cuentos de que su pasado fue glorioso y que se merecen que el mundo le rinda homenaje.
Mientras otros pueblos vecinos donde no hay cuentos ni relatos rojos o justificados en el pasado hoy tienen mejores carreteras, accesos, hospitales y servicios, este pueblo sigue atávico, escuchando ya no solamente por radios y periódicos, sino por Reels o TikTok los mismos cuentos.
Ese pueblo es el Cusco
De su suelo fluyen el gas, los hidrocarburos líquidos y los minerales que otras regiones no tienen. A sus restos arqueológicos llegan millones de turistas. Sus gobernantes, esos que llegaron gracias a sus cuentos, han recibido 33,000 millones de soles sólo por canon del gas en los últimos 20 años. Otros miles de millones por Canon Minero y miles de millones en transferencias presupuestarias. No han hecho nada.
El Cusco está en el peor punto de su decadencia: tugurizado, sobrepoblado, asfixiando por el tráfico vehicular, su articulación vial interna está en el peor estado posible, sin gestión de residuos, con sus ríos contaminados por falta de tratamiento de las aguas servidas, con sus servicios de salud en mal estado, sus provincias sin servicios públicos mínimos, con un aeropuerto vergonzoso, sin hospitales, permitiendo que un pueblo secuestre a los turistas para que duerman y coman en él.
Esos gobernantes no han sido capaces de convertir la riqueza pública en obras ni bienestar. Menos han alentado que la riqueza privada venga, se quede, invierta y genere empleo y desarrollo. Cuando han podido la han atacado y culpado de los males que ellos no pueden resolver pese a tener los recursos.
Hoy, 5 lustros después, esos cuentos siguen presentes entre candidatos a gobernadores, consejeros y alcaldes.
Ninguno mira lo que no hicieron.
Todos miran hacia Lima para culparla de sus males.
Con mayor razón ahora que la némesis política de varios de ellos está en el poder central.
No hay novedad en esta contienda, salvo el cuento de la Caperucita, que es peor que los otros.
Una candidata al parecer no quiere seguir siendo la Caperucita Roja que levantaba el puño y viajaba a Caracas para juntarse con Chávez y Maduro.
Estaría dejando de lado su pasado en Europa.
Ya no quiere ser recordada como la secretaria de la Primera Dama para anotar los aportes de campaña como dicen las hipótesis fiscales públicas.
Ya no menciona que se abrazaba con Evo afirmando que su modelo económico era un éxito.
Nos habla de otros temas vecinales en lugar de sus encuentros en el Foro de Sao Paulo o el Grupo de Puebla.
Ahora es la Caperucita Verde, por el color de la hoja de coca que lleva como símbolo y la conexión de sus aliados políticos con el mundo de la coca.
Le está contando al pueblo ingenuo del Cusco que le interesan las carreteras, los hospitales, los colegios, los servicios, las “empresas privadas” y el campesino que piccha la coca mientras trabaja, cuando es obvio que lo que se busca es reposicionarse desde la Gobernación del Cusco y con sus recursos, como una ficha política nacional, luego de haber perdido el poder político nacional.
Busca un gorro para contender con su némesis.
Este cuento de la Caperucita Verde es el que menos le conviene al Cusco, porque en ese cuento la Región es sólo un medio, un peldaño, un trampolín, una excusa, no un objetivo, menos un propósito.
Veremos que hacen los demás narradores de cuentos de esta campaña electoral para librarse de la Caperucita Verde.
Si siguen profundizando su relato rojo solo se disputarán los mismos votos y el pronóstico es reservado. Los votos que creen los cuentos rojos en el Cusco son todavía mayoritarios, pero nunca han sido suficientes para ganar en primera vuelta. La respuesta al parecer está en el otro bolsón al cual no apuntan los que debieran.
Lampadia






