Roberto Lerner
Perú21, 26 de setiembre del 2026
“Tener la razón es una de las sensaciones más placenteras. Y al placer no es fácil renunciar, como tampoco a la pertenencia. Cuando una convicción se convierte en la contraseña de mi grupo, cambiarla, bueno, es una condena a quedar afuera o prueba de traición”.
Todos lo hemos vivido. Grupo familiar o de compañeros de colegio 30 años más tarde en WhatsApp. Alguien hace un aporte más o menos chocante, otro responde indignado, un tercero aporta datos. Cincuenta mensajes después nadie ha cambiado de opinión, pero probablemente todos dejan el celular con una sensación inconfundible: calor en el pecho, algo parecido al triunfo. No convencí a nadie. Da igual. Tengo la razón.
Esa sensación, digamos que la certeza, por lo general no es la conclusión de una evaluación sesuda. Es un estado. Aparece, está ahí, es agradable. Y, sobre todo, no procede de la razón. Más bien la precede. El juicio argumentativo es una suerte de abogado de oficio que sirve a nuestra mente para sustentar, explicar y justificar nuestras convicciones. Primero la certeza, luego el argumento.
Cicerón, el cónsul que intentó salvar la República romana, planteaba que las convicciones servían para la acción decidida, pero debían poder reformularse ante las evidencias que ofrece la realidad.
¿Su método?
No solo afirmar lo que uno cree, sino tener el valor de decir cuánta confianza se tiene en ello. Distinguir entre los valores y las predicciones. De vez en cuando, argumentar aquello que daría la razón a la posición contraria. Y una regla brutal: si nada nos hace cambiar de opinión, no tenemos una creencia, tenemos una identidad.
Suena bien. Solo que la certeza no se regula con un dial que subimos o bajamos a nuestro antojo. Tener la razón es una de las sensaciones más placenteras. Y al placer no es fácil renunciar, como tampoco a la pertenencia. Cuando una convicción se convierte en la contraseña de mi grupo, cambiarla, bueno, es una condena a quedar afuera o prueba de traición.
Me viene a la mente Philip Tetlock. Investigó 28 mil predicciones de 284 expertos. ¿Los más exactos? Los que llamó zorros, que piensan en probabilidades y van corrigiendo, más que los erizos, que aplican a todo un gran principio. Y otro dato: los más famosos, los más citados y los más invitados a los medios, son los menos exactos.
Hoy nadie se vuelve viral diciendo “creo que sí, a un setenta por ciento”. El algoritmo premia al erizo, premia al más convencido; la tribuna, también. Una cultura que castiga la duda fabrica convencidos con la misma eficiencia con que una escuela sin fricción fabrica niños frágiles.
No se trata de no sentir certeza —no se puede—, sino de desconfiar de ella justo cuando más rico se siente tenerla. Ese calorcito, esa plenitud, ese sentimiento de victoria no necesariamente tienen que ver con la verdad sobre un tema complejo. Ayudan en nuestras luchas y contribuyen a nuestros logros, pero no garantizan que tengamos razón. Aceptarlo y abrirnos a la evidencia en contrario es una victoria personal y colectiva.
Estar convencido, pero saber qué nos haría cambiar de opinión es sano; ser incapaz de aceptar que se puede no tener razón, no. Eso es rigidez débil disfrazada de carácter fuerte.






