Martín Naranjo
Gestión, 21 de octubre del 2026
Los mercados financieros se desarrollan cuando mejora la información, se comprende mejor el riesgo y aparecen nuevas formas de distribuirlo.
«La educación financiera ayuda a reconocer riesgos y decidir con mayor autonomía, pero no reemplaza la responsabilidad de las instituciones de ofrecer productos y canales seguros».
En Contra los Dioses, su extraordinaria historia sobre cómo aprendimos a comprender y administrar el riesgo, Peter L. Bernstein relata los orígenes de Lloyd’s de Londres. A fines del siglo XVII, cuando las noticias viajaban lentamente, en el café de Edward Lloyd se reunían capitanes, comerciantes y propietarios de barcos para compartir información sobre las embarcaciones que habían llegado a puerto y los peligros que enfrentaban las que seguían navegando. Edward Lloyd reunía y difundía esa información.
Su establecimiento terminó convirtiéndose en un centro de información y contratación de seguros marítimos. Allí no se inventaron los seguros, pero se sentaron las bases de una de las instituciones financieras más famosas del mundo y se contribuyó al desarrollo de un mercado especializado en valorar y distribuir riesgos. La información permitía estimar mejor las probabilidades de pérdida, establecer precios y facilitar el comercio. Nadie podía evitar las tormentas ni los naufragios, pero sí comprender mejor sus riesgos y compartir sus consecuencias. La incertidumbre se hacía más manejable.
La lección trasciende los seguros. Los mercados financieros se desarrollan cuando mejora la información, se comprende mejor el riesgo y aparecen nuevas formas de distribuirlo. Así, la posibilidad de enfrentar un fenómeno de El Niño de magnitud extraordinaria nos recuerda la vigencia de esa lección. Mientras aprovechamos el tiempo disponible para prevenir daños, debemos preparar también el financiamiento de la recuperación y la reconstrucción. Harán falta recursos públicos y privados, y mecanismos que combinen ambos esfuerzos para ayudar a que familias y empresas se recuperen sin demoras ni costos evitables. Los riesgos no desaparecen porque los ignoremos. Necesitamos previsión y capacidad de respuesta. El sistema financiero puede contribuir facilitando la recuperación y desarrollando instrumentos que permitan enfrentar mejor los imprevistos. Financiar el crecimiento también supone comprender aquello que puede interrumpirlo.
Esa relación entre conocimiento, riesgos y oportunidades ayuda a explicar el valor de reunir a quienes enfrentan desafíos semejantes en distintos países. Ello ocurrirá en la 60.ª Asamblea Anual de la Federación Latinoamericana de Bancos (FELABAN) que se llevará a cabo en Lima en la primera semana de noviembre. Después de catorce años, el encuentro vuelve al Perú.
Hoy podemos transmitir, instantáneamente, cantidades extraordinarias de información. Sin embargo, buena parte del conocimiento que orienta las decisiones estratégicas es más difícil de comunicar y no surge solamente del esfuerzo individual, pues también se construye al compartir experiencias y aprender de los errores de otros.
En este sentido, comprender por qué una innovación funcionó en determinado mercado exige algo más que conocer sus resultados. Requiere conversaciones y la posibilidad de contrastar interpretaciones. La asamblea abordará las transformaciones de la banca y su futuro con una pregunta fundamental: ¿qué obstáculos concretos podemos ayudar a superar para mejorar la vida de las personas?
La digitalización ofrece enormes posibilidades para responderla, ya que puede reducir distancias y costos, ampliar el acceso a servicios financieros y facilitar nuevas formas de atender a familias y empresas. Los pagos digitales pueden abrir la puerta a otros servicios, mientras que los datos y la inteligencia artificial permiten mejorar la evaluación de riesgos y ofrecer soluciones más adecuadas a las necesidades de cada usuario. Sin embargo, estas oportunidades vienen acompañadas de nuevas responsabilidades.
La seguridad es una de ellas. Para quien teme perder sus recursos por un error o un engaño, la comodidad de una aplicación puede resultar insuficiente. Por eso la ciberseguridad ocupará un lugar central en el encuentro. Ampliar el acceso exige proteger las plataformas, los datos y las operaciones, prevenir el fraude y responder eficazmente cuando algo falla. La educación financiera ayuda a reconocer riesgos y decidir con mayor autonomía, pero no reemplaza la responsabilidad de las instituciones de ofrecer productos y canales seguros. Tampoco sustituye una regulación y supervisión capaces de proteger la estabilidad y, al mismo tiempo, promover la competencia y la innovación.
América Latina necesita sistemas financieros sólidos, competitivos y capaces de innovar. Necesita, además, instituciones conscientes de que su fortaleza cobra sentido cuando amplían las posibilidades de las personas y las empresas. El diálogo entre bancos, reguladores, empresarios y organismos internacionales puede ayudarnos a identificar obstáculos, aprender de otras experiencias y encontrar mejores formas de superarlos.
En aquel café londinense, el valor no estaba solamente en reunir a quienes conocían el mar. Estaba en lo que podían hacer con el conocimiento compartido una vez que volvían a navegar. Algo semejante deberíamos esperar de esta asamblea. Lo importante no será únicamente lo que conversemos en Lima, sino lo que seamos capaces de cambiar después.






