Mariano Zegarra
El Comercio, 16 de abril del 2026
“El rol del empresario peruano actual es el de un constructor de institucionalidad”.
Dirigir una organización en el Perú actual es, por definición, un ejercicio de navegación en corrientes inciertas. En este contexto de adaptación constante, surge una pregunta repetida en conversaciones que he sostenido con líderes de diferentes sectores productivos: ¿qué significa ser un buen empresario hoy en nuestro país? La respuesta no es la misma que hace una década. El empresario peruano ha evolucionado, pasando de ser un administrador de recursos a un gestor de incertidumbres y, fundamentalmente, un constructor de confianza. Ya no basta con ser un estratega financiero o un experto en operaciones; el liderazgo empresarial en el Perú demanda –además, y diría sobre todo– una maestría en habilidades blandas que antes se consideraban secundarias.
La realidad de los últimos años nos indica que la incertidumbre ha dejado de ser un fenómeno transitorio para convertirse en nuestro campo de juego cotidiano. Podríamos resumirlo en una frase: ya no existe ‘normalidad’. En este escenario, la habilidad más crítica del líder empresarial pasa a ser la gestión de la ambigüedad. El empresario moderno debe ser capaz de trazar una dirección sólida –un ‘norte’ innegociable que dé seguridad a sus equipos–, pero tener al mismo tiempo la flexibilidad táctica para ajustar velas ante los cambios de viento. Esta doble disposición requiere una mentalidad abierta para desaprender modelos que ayer fueron exitosos y acoger innovaciones, no solo para sobrevivir, sino para transformar.
Manejar la incertidumbre implica gestionar miedos, los propios y los ajenos. Un empresario que sabe mantener la calma y proyectar una visión clara bajo presión inspira a su organización a ver en el cambio una ventana de oportunidad. No se trata de saber todas las respuestas, sino de tener la madurez para hacer las preguntas correctas y la humildad para integrar diversas perspectivas en la toma de decisiones.
Esta cualidad se une a la de la curiosidad intelectual. El líder empresarial que deja de aprender, deja de liderar. En una era de transformación digital acelerada y cambios en los paradigmas de consumo, la capacidad de anticipar tendencias depende de qué tan conectado esté el líder con lo que sucede fuera de su burbuja corporativa y entienda las tensiones sociales y los desafíos éticos que definen nuestro tiempo.
La verdadera fortaleza ya no reside, pues, en el control rígido, sino en la empatía estratégica, en saber escuchar y generar consensos con un modelo de gobernanza más horizontal. El líder actual es, ante todo, un gestor de ecosistemas humanos y cadenas de valor. Los jóvenes talentos hoy buscan un propósito en su trabajo y la sociedad demanda transparencia. Construir puentes de confianza con sus grupos de interés –reguladores, vecinos, gremios empresariales, académicos, sociedad civil, sus propios colaboradores– es hoy una ventaja competitiva más potente que cualquier tecnología. El cumplimiento y la integridad ya no son solo marcos legales; son convicciones personales que el líder debe irradiar a la reputación de su organización.
Finalmente, el rol del empresario peruano actual es el de un constructor de institucionalidad. Su labor trasciende las fronteras de la oficina para ser un agente de cambio que, a través de la coherencia entre lo que dice y lo que hace, fortalece el tejido social del país. Hoy, el éxito de una empresa no se mide solo en el balance financiero, sino en su capacidad de integrarse armónicamente con su cadena de valor, con el enfoque puesto en un negocio sostenible. Seguramente ese es el aprendizaje más valioso que se requiere en la actualidad: entender que una empresa es un organismo vivo que respira el mismo aire que su entorno y que es fundamental la capacidad de inspirar confianza para transformar la incertidumbre en un terreno fértil de crecimiento compartido.






