David Tuesta
Perú21, 16 de abril del 2026
Con más del 90% de actas contabilizadas por la ONPE y con una alta probabilidad de que Roberto Sánchez pase a la segunda vuelta, el mercado ha reaccionado con la velocidad que suele caracterizar a los episodios de incertidumbre política: el tipo de cambio al alza, la bolsa a la baja y el riesgo país mostrando mayor volatilidad. No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que conviene entender con mayor rigor, sobre todo cuando el catalizador es la irrupción —o consolidación— de una opción percibida como radical y anti-establishment.
En este contexto, la reacción de los mercados peruanos no debería sorprender. El tipo de cambio funciona como un termómetro inmediato de la incertidumbre: ante escenarios de mayor riesgo, los agentes buscan cobertura en dólares, generando presiones depreciatorias. Algo similar ocurre con el mercado accionario, donde los precios internalizan expectativas de menor crecimiento o mayores costos regulatorios.
Pero no todos los episodios electorales generan la misma reacción. La evidencia comparada muestra que el impacto es mayor cuando existen candidatos con propuestas de ruptura respecto al marco económico vigente. En estos casos, el canal no es solo la incertidumbre en abstracto, sino la posibilidad concreta de cambios en derechos de propiedad, reglas fiscales o esquemas regulatorios. Es decir, el mercado no reacciona únicamente a quién podría ganar, sino a qué tan disruptivo podría ser su programa.
Tal como se comentara en el Informe Ronin de días pasados, el Perú llega a este proceso electoral con un deterioro institucional acumulado que amplifica estos efectos. La caída en indicadores de gobernanza, la fragmentación política y la debilidad en la implementación de políticas públicas hacen que los shocks políticos tengan una transmisión más rápida y más intensa hacia las variables económicas. En otras palabras, no es solo el evento electoral lo que importa, sino el terreno institucional sobre el que ocurre.
Los antecedentes son claros. En procesos anteriores, como 2006, 2011 y, de manera más marcada, 2021, el tipo de cambio mostró episodios de depreciación y la inversión privada registró pausas o caídas en los trimestres coincidentes con las elecciones. En 2021, incluso, se observó una salida significativa de capitales de corto plazo. Lo que estamos viendo hoy es consistente con ese patrón histórico, aunque con matices propios del contexto actual, marcado además por un entorno internacional más volátil.
Conviene, sin embargo, no sobrerreaccionar. Los mercados tienden a anticipar escenarios extremos que no siempre se materializan, y parte de la volatilidad puede revertirse si el proceso político converge hacia opciones más moderadas o si se envían señales claras de respeto al marco macroeconómico. Pero también sería un error minimizar la señal: cuando el mercado “tiembla”, no es por capricho, sino porque está procesando información sobre riesgos que, de concretarse, tienen costos reales sobre crecimiento, inversión y bienestar.






