Maite Vizcarra
El Comercio, 16 de abril del 2026
“Un Estado debilitado o depredado no corrige desigualdades: las profundiza”.
Dos países que coexisten, pero no conversan, vuelven a chocar con la fuerza de sus propias frustraciones. A puertas de una nueva segunda vuelta, el Perú se enfrenta –otra vez– a sus propias fracturas. Y, sin embargo, reconciliar lo irreconciliable sigue siendo no solo necesario, sino urgente.
Hay algo inquietantemente familiar en el momento político presente que padecemos. Más que la diferencia de ideas –que es natural en una democracia–, lo que inquieta es el tono: una narrativa que mezcla revancha social con deudas históricas no saldadas. Como si cada elección fuera una oportunidad para ajustar cuentas en lugar de construir futuro.
Y aunque eventualmente podrían coexistir dos ‘pirúes’ –o varios más–, el problema no es que existan. El problema es que han dejado de hablarse. Se observan con sospecha, se reducen a caricaturas y, en el camino, se diluye la posibilidad de un proyecto común. Así, la política deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un campo de disputa donde el Estado debe ser depredado.
Y ese es el verdadero punto de quiebre. En un país con una informalidad estructural tan extendida y con una presencia estatal muchas veces intermitente, la tentación de capturar el Estado –para redistribuir, castigar o compensar– puede sonar seductora. Pero es, en realidad, una trampa. Un Estado debilitado o depredado no corrige desigualdades: las profundiza.
Reconciliar en la diferencia no significa diluir posiciones ni negar conflictos. Significa construir un Estado suficiente para todos y sobre todo capaz de arbitrar las nuevas tensiones. Un Estado que no responda a impulsos revanchistas, sino a criterios de eficacia y servicio, a cualquier costo. Incluyendo los pactos de gobierno (algo como la Concertación en Chile o los Pactos de la Moncloa en España).
Quienes pasen a la segunda vuelta de junio del 2026 no solo enfrentarán una elección. Enfrentarán un país más fracturado –si los entremeses que estamos viviendo no se resuelven con ponderación–, en el que la desconfianza compite con la lógica de la compensación y la reparación social. Su desafío no será ganar, sino gobernar sin fracturar más.
Eso implicará resistir la tentación de usar el imaginario de lo público como una revancha y convertirlo en un verdadero brazo de desarrollo. Reconciliar lo irreconciliable no es un gesto simbólico. Es una decisión política sostenida, respaldada por un Estado solvente, y que pueda protegerse de los ‘Robin Hood’ caricaturescos que vuelven con sus fuegos artificiales.
Porque el Perú no necesita elegir entre dos visiones. Necesita, usando las armas del siglo XXI, integrarlas definitivamente.






