Carlos Pareja
El Comercio, 16 de abril del 2026
“Este desencuentro entre el Papa y Trump es, ante todo, un síntoma”.
Hay cosas que uno da por descontadas. Que el sol salga por el este. Que en Semana Santa las iglesias se llenen. Y que ningún jefe del Estado insulte al Papa. Pues bien: Trump lo ha hecho.
Durante la Semana Santa, León XIV reclamó negociaciones de paz para poner fin al conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán. El Papa habló de la “delusión de la omnipotencia” y rechazó las afirmaciones de Trump sobre la posibilidad de destruir la civilización iraní. La irritación del presidente es comprensible, aunque no disculpable: Irán, a pesar de haber sufrido pérdidas severas en su arsenal militar y naval, ha prolongado la guerra con miles de drones que están golpeando instalaciones petroleras de los aliados estadounidenses en Medio Oriente. El desabastecimiento de petróleo en Europa, África y Asia ya no es una amenaza retórica sino una perspectiva real, con consecuencias gravísimas para la economía mundial. Trump esperaba una victoria rápida y reconocible. No la tuvo. Y cuando un hombre acostumbrado a ganar no gana, busca culpables.
La reacción de Giorgia Meloni fue inmediata: las palabras de Trump contra el Papa son “inaceptables”. Trump respondió con descalificaciones. En un solo movimiento, se alejó de Italia, su principal aliado en la Unión Europea. Es una forma peculiar de hacer diplomacia.
Frente a ese estilo, León XIV ha revelado en su primer año de pontificado un talante distinto: reflexivo, meticuloso, cauteloso con las palabras pero firme con los principios. Es plenamente consciente de que su función como líder espiritual de más de mil millones de católicos le impone tomar posición ante lo que afecta a la humanidad. La Iglesia no puede mirar hacia otro lado ante el sufrimiento en Ucrania, Gaza o el Líbano, ni ante las consecuencias de este nuevo conflicto que amenaza con extenderse.
Este desencuentro entre el Papa y Trump es, ante todo, un síntoma. Confío en que la serenidad de uno y la prudencia del otro permitan encauzar una relación que el mundo necesita que funcione.
Mientras tanto, el Perú aguarda. León XIV ha expresado su amor por este país en numerosas ocasiones durante su pontificado, y todo indica que su visita –que incluiría Argentina y Chile– podría materializarse antes de que acabe el año. Será un momento de renovación de la fe, sí, pero también algo más difícil de definir, y quizá más necesario: la posibilidad de reunir, aunque sea por unos días, a creyentes y no creyentes en torno a una figura que ha demostrado que la autoridad moral todavía existe, y que a veces se atreve a decirle al poder lo que el poder no quiere escuchar.






