Dr. Ing. Raúl Delgado Sayán
UNI 1966. CIP 9927
Presidente Directorio CESEL S.A.
Miembro Director Emeritus del External Advisory Board
Civil and Environmental Engineering
Georgia Institute of Technology
Para Lampadia
La relación entre la tecnología y el trabajo humano ha atravesado distintas eras. La gran revolución de la modernización llegó con la masificación de las computadoras, un hito que transformó radicalmente la interrelación entre las personas y sus herramientas de trabajo.
La ingeniería, por ejemplo, vio cómo se renovaban métodos históricos a medida que los equipos mejoraban su capacidad de procesamiento y reducían su tamaño: el paso de los tubos de vacío a los circuitos integrados, y de estos a los microprocesadores modernos, abrió la puerta a laptops, tabletas y smartphones con una potencia de cálculo antes impensable.
Durante décadas, la informática se mantuvo como lo que siempre debió ser: un instrumento. Las computadoras no interferían en el desarrollo del criterio profesional.
Un ingeniero o un médico no le pedían a la máquina que redactara sus informes ni que tomara decisiones analíticas por ellos. El proceso tradicional frente a un problema —recolectar datos, analizar, diagnosticar y proponer una solución— permanecía gobernado íntegramente por el profesional. La herramienta ejecutaba lo que el humano solicitaba, sin sustituirlo.

La IA potencia la ingeniería, no la reemplaza.
Imagen generada por ChatGPT.
El panorama actual plantea un escenario distinto. Cuando una herramienta comienza a asumir el rol de la persona, el conocimiento y la experiencia de esta se debilitan.
La sobrecredibilidad hacia la tecnología conduce a un punto crítico: si el profesional delega la toma de decisiones, pierde la capacidad de evaluar si los resultados proporcionados por la máquina son correctos, si satisfacen las necesidades reales del proyecto o si requieren innovación.
Después de todo, como señala el principio analítico, lo que no se comprende de raíz, está destinado a fragmentarse; si el profesional no domina el proceso desde su base, perderá el control del resultado final y su capacidad crítica se atrofiará.
Esta dinámica se alimenta de lo que podríamos definir como «el sesgo de la pantalla«: un fenómeno psicológico y profesional en el que existe la tendencia a confiar ciegamente en lo que nos muestra una pantalla digital por el simple hecho de provenir de un sistema tecnológico o un software avanzado.
Es el fenómeno que ya se observaba años atrás, cuando los ingenieros jóvenes entregaban un informe y justificaban cualquier descuido diciendo «es lo que dice la computadora». Sin embargo, tras auditar los datos de entrada o el modelo matemático de la estructura, se descubrían errores de carga humana.
El problema no era la máquina, sino la fe ciega en ella y el consecuente debilitamiento del juicio profesional.
El ver un dato procesado, elegante y estructurado en un monitor, el cerebro humano tiende de forma natural a asumir que es correcto, bajando la guardia y omitiendo el filtro del criterio propio. En el contexto de la inteligencia artificial, este «sesgo» se vuelve aún más peligroso.
Hoy en día, la IA permite procesar grandes volúmenes de información y estructurar ideas con rapidez. No obstante, la validación final depende del bagaje técnico y de la intuición profesional —el llamado gut feeling— para determinar si una solución es aplicable a un problema concreto.
Para mantener este balance, la jerarquía debe ser clara: el ser humano es el “amo y señor”, conserva la dirección y el análisis analítico; la IA actúa como asistente o subordinado operativo. Hay que recordar aquel refrán popular adaptado a la era digital: el hábito no hace al monje, del mismo modo que contar con el software más avanzado no convierte a nadie en un buen profesional si le falta la capacidad crítica para auditar la información.

Imagen generada por IA para este artículo
El riesgo de romper este equilibrio se extiende a múltiples disciplinas. En la medicina, por ejemplo, el avance de la telemedicina y los sistemas de diagnóstico por IA ofrece un apoyo valioso, pero existe el peligro de que un profesional, incluso experimentado, se vea condicionado por la recomendación de un algoritmo y deje de cuestionarla. La decisión final, tanto en el diseño de una estructura como en la salud de un paciente, debe recaer firmemente en las personas.
Frente a este desafío, el rol de las universidades resulta crucial. Aunque la integración de programas de IA en maestrías y carreras de pregrado es una tendencia comprensible, la formación académica debe priorizar el dominio de los fundamentos de cada profesión. El aprendizaje técnico no puede ser sustituido por el manejo de herramientas automatizadas.
Preservar el criterio humano no significa oponerse al progreso tecnológico. Todo lo contrario. Significa utilizar el progreso sin renunciar a aquello que nos permite ejercer responsablemente una profesión: comprender, cuestionar, interpretar y decidir.
No endiosemos a la herramienta
La inteligencia artificial puede convertirse en uno de los instrumentos más poderosos creados por el ser humano. Pero precisamente por su poder debemos recordar cuál es su rol. La pantalla puede mostrarnos una respuesta. El criterio humano debe decidir si esa respuesta merece nuestra confianza.
Bibliografía
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