Lic. Daniela María Delgado Ehni
Psicóloga Clínica
Para Lampadia
Hay algo que como sociedad nos cuesta admitir: hemos confundido la crianza respetuosa con la crianza permisiva.
Con la intención de proteger la autoestima de nuestros hijos, hemos ido retirando de la crianza aquello que también educa: el “no”, la consecuencia, la espera y la frustración. Queremos hijos emocionalmente sanos, pero a veces confundimos bienestar con ausencia de incomodidad.
Y ahí aparece el problema: adolescentes que conocen sus derechos, pero no siempre comprenden que los demás también los tienen.
Hemos hablado mucho de autoestima y poco de carácter. De derechos y poco de deberes. De evitar la frustración y poco de enseñar a enfrentarla.

Un niño necesita aprender a decir “no”, pero también a aceptar un “no”. Debe saber que su cuerpo merece respeto y que el cuerpo del otro también. Puede expresar su enojo, pero no utilizarlo para agredir. Puede equivocarse, pero debe aprender a hacerse responsable de lo que hizo.
Eso también es crianza.
El carácter se construye precisamente ahí: cuando un niño escucha una negativa y aprende a tolerarla; cuando pierde y descubre que no siempre se gana; cuando debe reparar aquello que rompió; cuando entiende que pedir perdón no borra las consecuencias; cuando descubre que sus deseos no están por encima de la dignidad de los demás.
Poner normas no es maltratar. Es enseñar que vivimos con otros y que nuestras decisiones tienen efectos sobre ellos.
¿Cómo vamos y qué estamos formando?
La pregunta deja de ser teórica cuando observamos determinados comportamientos entre adolescentes: la idea de que la diversión justifica cualquier exceso, que pertenecer al grupo exige apagar el criterio o que la ausencia de los padres significa también la ausencia de consecuencias.
La presión de grupo, el alcohol, las ganas de encajar o la inmadurez pueden explicar una conducta. Pero explicar no es justificar.
Y aquí aparece una pregunta incómoda para los adultos: ¿qué hacemos cuando nuestros hijos cruzan una línea?
Si una agresión sexual se presenta como “un juego que se salió de las manos”; si destruir un baño de hotel durante un viaje de promoción se reduce a una “palomillada”; si consumir drogas con una identidad falsa se presenta como “parte de la experiencia”, el problema ya no es únicamente lo que hicieron esos adolescentes.
También importa lo que ocurre después.
¿Qué aprende un adolescente cuando, frente a una conducta grave, el primer impulso de los adultos es encontrar una explicación, protegerlo de la incomodidad o evitarle las consecuencias?
Aprende algo, aunque nadie se lo diga directamente: que siempre habrá una salida. Que basta con tener una buena explicación. Que la responsabilidad puede ser negociada cuando resulta incómoda.
Ese aprendizaje puede ser mucho más peligroso que la falta original.
Porque crecer no consiste únicamente en adquirir libertad. Consiste también en desarrollar el criterio para saber qué hacer con ella.
Por eso, frente a cada episodio protagonizado por adolescentes, deberíamos hacernos una pregunta que va mucho más allá del colegio, el viaje de promoción o la fiesta:
¿Qué clase de adultos estamos formando?
No se trata de criar hijos obedientes por miedo. Tampoco de volver a una crianza basada en el castigo, la humillación o la autoridad incuestionable.
Se trata de formar personas capaces de distinguir entre libertad y libertinaje, entre deseo y derecho, entre equivocarse y eludir la responsabilidad.
La crianza respetuosa no debería convertirse en una crianza que evita toda incomodidad. Respetar a un hijo también es prepararlo para un mundo que no está obligado a decirle que sí.
Eso significa permitirle frustrarse. Exigirle que repare. Hacerle comprender que una disculpa no siempre repara el daño y que una buena intención no elimina el resultado de una mala decisión.
Porque si en casa evitamos sistemáticamente esas conversaciones, alguien más terminará teniendo que darlas. Y la vida no siempre educa con paciencia.
Hay consecuencias que llegan demasiado tarde para seguir llamándolas “una etapa”, “una travesura” o simplemente “un error de adolescente”.
También educa el adulto que minimiza. El que protege a cualquier precio. El que prefiere evitarle a su hijo la incomodidad de asumir lo que hizo antes que enseñarle a hacerse cargo.
Y quizá ahí esté una de las preguntas más incómodas que deberíamos hacernos como padres y como sociedad: ¿estamos educando para que nuestros hijos sean felices o para que sean capaces de convivir con los demás?
Porque ambas cosas importan. Pero ninguna puede construirse a costa de la otra.
Educar no es conseguir que nuestros hijos nunca se equivoquen. Es lograr que, cuando se equivoquen, tengan el carácter para reconocerlo, reparar el daño y aprender de ello.
Pero esta reflexión no puede quedarse en un artículo, en una polémica pasajera ni en el ruido mediático que acompaña cada episodio que nos indigna. No basta con comentar lo ocurrido, señalar culpables o preguntarnos qué está fallando. Si después de cada caso volvemos a nuestras rutinas sin revisar lo que hacemos en casa, en los colegios y como sociedad, habremos convertido la indignación en un gesto vacío.
Necesitamos ir más allá. Pasar de la reflexión a la acción. Recuperar conversaciones incómodas en familia, fortalecer el papel formativo de los colegios, enseñar a nuestros hijos a reconocer los límites propios y ajenos, y dejar de confundir protegerlos con evitarles toda consecuencia. Necesitamos adultos dispuestos a acompañar, orientar y también poner límites, incluso cuando hacerlo resulte difícil.
Porque el cambio no comienza cuando aparece un nuevo caso en las noticias ni cuando todos tenemos una opinión que expresar. Comienza mucho antes: en lo que enseñamos cada día, en lo que permitimos, en lo que corregimos y, sobre todo, en aquello que dejamos de justificar.
La pregunta, entonces, no es solamente qué estamos haciendo mal ni qué clase de adultos estamos formando. Es también qué estamos dispuestos a cambiar para que las cosas sean diferentes.
Lampadia






