Armando Andrade
Comisario de la bienal de Venecia
Para Lampadia
Hay momentos en la historia de un país en que una persona, una obra o un acontecimiento obliga a cambiar la manera de mirar. Creo que eso es lo que está ocurriendo con Sara Flores.
En 1975, cuando el Estado peruano otorgó el Premio Nacional de Cultura a Joaquín López Antay, se produjo una de las discusiones culturales más importantes del Perú contemporáneo.
¿Era arte lo que hacía aquel extraordinario retablista ayacuchano o era artesanía?
La polémica enfrentó a buena parte de la escena artística oficial y puso en evidencia una fractura mucho más profunda: quién tenía la autoridad para decidir qué era arte y qué no lo era.
Han pasado cincuenta años.
Y el caso de Sara Flores nos encuentra en un lugar completamente distinto.

Sara Flores es una mujer shipibo-konibo nacida en 1950.
Ha vivido y trabajado en la Amazonía peruana y recibió desde niña, por transmisión matrilineal, los conocimientos del kené:
Un extraordinario sistema visual que no puede reducirse a decoración ni a ornamento.
Es dibujo, conocimiento, memoria, relación con el territorio y una manera de comprender el mundo.
Hoy Sara Flores representa al Perú en la 61ª Bienal de Arte de Venecia y es la primera artista indígena en hacerlo en la historia de nuestra participación. Su representante internacional es White Cube, una de las galerías de arte contemporáneo de mayor presencia global.
Lo extraordinario, sin embargo, no es solamente el reconocimiento.
Lo verdaderamente importante es lo que ese reconocimiento nos obliga a preguntarnos a los peruanos.
¿Por qué el mundo está mirando con tanto interés algo que nosotros hemos tenido frente a los ojos durante siglos?

Cuando casi nada contiene todo
Los materiales con los que trabaja Sara son de una sencillez desconcertante: algodón, tintes provenientes de su entorno natural y herramientas elementales.
No hay computadoras. No hay reglas que construyan previamente la geometría. No hay sofisticación tecnológica que explique la complejidad de sus estructuras.
Hay conocimiento.
Hay memoria.
Hay una inteligencia visual extraordinariamente desarrollada.
Sara cuenta que desde niña sueña con estos patrones, que puede visualizarlos y posteriormente trasladarlos a sus obras. Las líneas aparecen, se cruzan, se separan, vuelven a encontrarse y construyen sistemas de una precisión y una complejidad que parecen no tener principio ni final.
La propia Bienal describe el kené como un complejo lenguaje visual ancestral de los Shipibo-Konibo y presenta las obras de Sara como portales entre conocimientos ancestrales y futuros sostenibles, capaces de relacionar lo humano y lo no humano.
Quizá allí se encuentre una de las razones por las cuales su trabajo provoca tanta fascinación.
Porque frente a una pintura de Sara uno no está solamente frente a una composición.

Está frente a una cartografía.
Una cartografía mental, espiritual, territorial y ecológica que nos recuerda que somos una parte diminuta de un sistema infinitamente mayor.
Otra idea de riqueza
Aquí es donde el fenómeno Sara Flores deja de ser solamente una noticia del mundo del arte y se convierte, a mi juicio, en una conversación sobre el futuro del Perú.
Estamos acostumbrados a medir nuestra riqueza en toneladas de cobre, reservas minerales, hectáreas agrícolas, bosques, pesca, infraestructura o crecimiento del PBI.
Todo ello es fundamental.
Pero tenemos otra riqueza extraordinaria que todavía no hemos aprendido a medir.
El Perú posee sistemas de conocimiento construidos durante miles de años.
Los encontramos en los textiles, en la agricultura, en la arquitectura, en la cerámica, en el manejo del agua, en la gastronomía, en las lenguas, en la música y en las múltiples maneras de relacionarse con el territorio.
Son otras formas de inteligencia.
Y quizás nuestro error histórico ha consistido en observarlas desde una jerarquía equivocada.
Las hemos llamado artesanía, tradición, costumbre o folclore, palabras perfectamente legítimas, pero que muchas veces hemos utilizado para colocarlas en un segundo nivel frente a aquello que denominamos conocimiento académico, científico o artístico.
Sara Flores altera esa jerarquía.
No porque White Cube la represente.
No porque Venecia la consagre.
Y tampoco porque sus obras hayan alcanzado valores que hace pocos años habrían resultado inimaginables para una artista indígena peruana.

La altera porque el mundo contemporáneo está descubriendo en su obra una sofisticación que siempre estuvo allí.
No cambió Sara. Cambió la mirada.
De López Antay a Sara Flores
La diferencia con 1975 es reveladora.
Cuando Joaquín López Antay recibió el Premio Nacional de Cultura, una parte de la escena artística peruana cuestionó que un creador considerado “artesano” pudiera recibir el máximo reconocimiento nacional en el campo del arte.
La discusión era, en el fondo, acerca de los límites.
¿Dónde terminaba la artesanía y comenzaba el arte?
¿Quién pertenecía a la cultura oficial?
¿Quién podía entrar al museo?
Con Sara Flores la pregunta comienza a invertirse.
Ya no deberíamos preguntarnos si el kené puede ingresar al mundo del arte contemporáneo.
Quizás deberíamos preguntarnos si nuestra definición de arte contemporáneo era suficientemente amplia para comprender el kené.
Y esta diferencia es enorme.
Porque significa abandonar la condescendencia con la que muchas veces hemos observado nuestras culturas originarias y reconocerlas como productoras de pensamiento.
Una mujer pequeña frente a un mundo enorme
Sara es físicamente menuda, delgada, sencilla en su manera de hablar. Pero existe en ella una concentración extraordinaria de energía y conocimiento.
Su mundo puede parecer sencillo únicamente para quien lo mira superficialmente.
Detrás de cada línea existe una concepción de la naturaleza, del equilibrio, de la comunidad y de la continuidad de la vida.
Por eso su trabajo resulta especialmente pertinente en este momento.

Vivimos en sociedades obsesionadas con producir, consumir, acumular y acelerar. Mientras tanto, una mujer nacida a orillas del Ucayali propone, sin necesidad de proclamarlo, otra relación posible con el mundo: reciprocidad, interdependencia, paciencia, continuidad.
No creo que Sara necesite “interpretar” la Amazonía.
Ella forma parte de ella.
Y allí radica probablemente la enorme potencia de su obra.
Sara no representa un paisaje. Su trabajo nace de una manera de habitarlo.
El Perú hacia 2050
Si estamos intentando imaginar qué país queremos ser en 2050, esta historia debería importarnos mucho más de lo que parece.
Porque desarrollar al Perú no puede significar solamente parecernos a los países que llamamos desarrollados.
También debería significar reconocer aquello en lo que nosotros hemos desarrollado conocimientos que otros no poseen.
Tal vez debamos volver a mirar el país.
Mirar nuevamente nuestros textiles y preguntarnos qué matemáticas, qué geometrías y qué sistemas de información contienen.
Mirar nuestras culturas amazónicas y preguntarnos qué saben sobre biodiversidad, equilibrio y sostenibilidad.
Mirar nuestras lenguas y preguntarnos qué maneras distintas de ordenar el mundo sobreviven dentro de ellas.
Mirar nuestras comunidades y comprender qué conocimientos han permitido que determinadas prácticas sobrevivan durante siglos.
Eso también es capital.
Capital cultural, ciertamente, pero también capital intelectual, creativo, social y económico.
El fenómeno de Sara Flores puede convertirse entonces en algo mucho más importante que el éxito internacional de una artista peruana.
Puede convertirse en una señal.
Durante demasiado tiempo hemos esperado que alguien de afuera descubra el valor de aquello que nosotros teníamos delante.
Esta vez podríamos hacer algo diferente.
Podríamos mirar antes.
Podríamos reconocer antes.
Podríamos entender que construir un Perú moderno no significa desprendernos de nuestros conocimientos ancestrales, sino incorporarlos plenamente a nuestra idea de futuro.
Quizás una mujer shipibo-konibo de 76 años, trabajando con algodón, tintes naturales y una memoria visual transmitida durante generaciones, nos esté planteando una de las preguntas más contemporáneas que puede hacerse hoy el Perú:
¿Cuántas inteligencias extraordinarias existen todavía en nuestro país que simplemente no hemos aprendido a reconocer?
Si queremos imaginar seriamente el Perú del 2050, deberíamos comenzar por allí.
Lampadia






