Armando Andrade
22 de octubre, 2026
Para Lampadia
He leído con mucho interés el libro Perú es Clave, de Rafael Aita.
Ese recorrido por los momentos que nos hicieron grandiosos. Me parece una iniciativa valiosa, especialmente porque necesitamos recuperar la conciencia de lo que hemos sido para imaginar lo que podemos llegar a ser.
Al leerlo, sin embargo, pensé que hay una dimensión de nuestra grandeza que merecería ocupar un lugar central: El arte.
¿Cómo hablar de la importancia del Perú sin detenernos en una de sus contribuciones más extraordinarias a la historia de la humanidad?

El Perú posee uno de los patrimonios textiles más importantes y sofisticados que haya producido civilización alguna. Durante miles de años desarrollamos técnicas, estructuras, colores y lenguajes visuales cuya complejidad continúa asombrando al mundo. Los textiles Paracas, los tejidos Wari y las extraordinarias soluciones de los tejedores andinos no son simples testimonios arqueológicos: son obras maestras de la inteligencia humana. Son, sin discusión, world class.

También somos la evidencia más antigua en el mundo de la utilización del índigo para lograr el color azul, huaca Prieta lo confirma. Pensar que una de las tonalidades más importantes de la historia del arte y de la cultura textil tiene uno de sus testimonios más antiguos en el Perú debería llenarnos de orgullo, 4,200a.C.
¿Y qué decir de nuestra arquitectura lítica? En el Cusco se encuentran algunas de las construcciones y obras en piedra más extraordinarias del mundo. La capacidad de transformar gigantescas piedras en estructuras de una precisión, sensibilidad y monumentalidad excepcionales constituye una de las grandes realizaciones de la humanidad. No se trata solamente de ingeniería, sino de una concepción estética y espiritual de la relación entre el ser humano, la materia y el paisaje.
Nuestra cerámica precolombina constituye otro universo excepcional. Desde la extraordinaria capacidad narrativa de los mochicas hasta la abstracción formal de tantas culturas andinas, encontramos una imaginación artística que desarrolló lenguajes propios, originales y profundamente sofisticados. Incluso las vasijas de asa estribo, tan características de nuestra tradición cerámica, alcanzaron en el antiguo Perú una presencia, continuidad y refinamiento extraordinarios.

Y qué decir del Kené del pueblo shipibo-konibo, ese maravilloso sistema visual que sigue vivo y expresa una manera singular de comprender el universo. Es una muestra de que la grandeza peruana no pertenece exclusivamente al pasado, sino que continúa produciéndose en el presente. Sara Flores hoy en el pabellón peruano en Venecia es el mejor ejemplo de ello.
Lo verdaderamente extraordinario es que estas manifestaciones no fueron hechos aislados. Fueron expresiones de sociedades que hicieron de la belleza, la destreza y la creación una parte esencial de su existencia.
El arte no fue una consecuencia de nuestra civilización. Fue una de las maneras en que nuestra civilización pensó, conoció y construyó el mundo.
Creo que allí existe un capítulo fundamental para comprender el Perú.
Si queremos despertar orgullo, conciencia y confianza en nuestro futuro, debemos recordar que nuestra historia no solo está hecha de conquistas, descubrimientos, grandes personajes o acontecimientos políticos, mitos, lugares, productos. También está hecha de una imaginación creadora que produjo algunas de las obras más singulares de la humanidad.
Y hay algo todavía más importante: reconocer ese legado no debería llevarnos únicamente a admirarlo o conservarlo, sino también a preguntarnos cómo convertir esa extraordinaria herencia cultural en una fuerza viva para nuestro futuro.
Porque las grandes civilizaciones no se reconocen únicamente por su poder, sus conquistas o su organización, sino también por aquello que fueron capaces de imaginar, crear y legar a la humanidad.
Y el Perú tiene una particularidad extraordinaria: su creación artística no se interrumpió con la desaparición de las civilizaciones prehispánicas. Sigue viva en sus tejedoras, ceramistas, artistas amazónicos y en tantos creadores contemporáneos que continúan transformando esa memoria en nuevas formas de expresión.
Por eso, al terminar el libro, pensé que el arte podía ser una de las claves que faltaba incorporar a esta reflexión.
El Perú no solo fue grande por lo que hizo. También lo fue por lo que imaginó, por lo que creó y por la belleza que fue capaz de producir y que el mundo entero valora.
Lampadia






