Fernando Cillóniz B.
CILLONIZ.PE
Lima, 4 de mayo de 2026
Para Lampadia
En nuestro país, los compañeros de colegio nos llamamos “patas”. Sobre todo, si se trata de compañeros que estudiamos juntos desde kindergarten hasta 5to. de media: “patas” de la clase, “patas” del equipo de fútbol, “patas” de los paseos del colegio, “patas” de todo.

Tal fue el caso del Padre Gerardo Aste SJ y sus compañeros de la Promoción XXV del Colegio Santa María, Marianistas – yo incluido – para quienes Gerardo fue nuestro “pata” del alma.
Como es usual en nuestro país, casi todos en la promoción teníamos apodos. Y nadie se sentía ofendido. Era lo más normal.
Había los apodos de connotación racial: Chino, Negro, Cholo, Gringo.
Otros de connotación animal: Oso, Pato, Pollo, Sapo, Cuy, Chivo.
Incluso, a un profesor de la congregación Marianista le pusimos Pajarito.
Infaltables eran los apodos de connotación física: Flaco, Gordo, Chato, Globo.
Y otros, simplemente por pura imaginación: Jeneque, Loco, Cuto, Pandino, Calígula, Vieja, Yayo…
El apodo de Gerardo era Piolo… por Piolín: el pequeño canario amarillo de los dibujos animados de la época, que vivía evitando ser devorado por el gato Silvestre.
Resulta que Gerardo era – en el colegio – uno de los más bajos de la clase. Por eso lo de Piolo. Después, es verdad – en la universidad – creció y resultó siendo uno de los más altos de la promoción.
Gerardo fue un alumno muy inteligente y estudioso. Siempre figuró entre los primeros puestos de la promoción. Humilde, tranquilo, sencillo… Gran amigo. Gran futbolista. Un defensa rapidísimo. Un “pata” fuera de serie.
Bueno pues, ese “pata” del colegio fuera de serie, terminó siendo un Sacerdote Jesuita, también fuera de serie. Pocos como él explicaban tan claramente los evangelios.
Sus misas eran preciosas. Y sus sacramentos, más aún. Sus libros y videos en YouTube son una maravilla. Cero cucufatería. Pura luz. El camino hacia Dios está basado en la Verdad, la Justicia, el Bien y la Vida. Siempre machacaba eso: Verdad, Justicia, Bien y Vida.
También decía que Dios nos ha creado por amor, y nos quiere a todos… infinitamente. Y que en el Juicio Final seremos juzgados por nuestras obras. Una Fe sin obras no tiene valor para Dios. Asimismo, decía que Dios nos hizo libres; y como tal, en esta vida podemos elegir entre el bien y el mal. Por ende, al final de nuestras vidas terrenales, viviremos – en cuerpo y alma – por siempre en presencia de Dios (cielo) o por siempre en ausencia de Dios (infierno)… dependiendo de lo que libremente hayamos escogido en nuestras vidas.
Otras del Padre Gerardo eran que, un buen fin no justifica malos medios. En la vida, hay que ser amables. Es decir, hay que merecer ser amados. Perdonar 70 veces 7, significa perdonar siempre veces siempre. O sea, hay que perdonar siempre, sin llevar la cuenta.
En la vida hay que ser honestos, decía insistentemente. Hay que enfrentar a la corrupción, cueste lo que cueste… aunque perdamos el trabajo. Hay que buscar siempre las cosas de Dios (Amor, Misericordia, Felicidad, Servicio al Prójimo…) en vez de las cosas del mundo (fama, poder, vanagloria, riquezas materiales…) Y así por el estilo.
La explicación del purgatorio era genial. El purgatorio – decía Gerardo – es como una peluquería para mujeres. Cuando una mujer es invitada a una fiesta, se pone feliz. Precisamente, porque va a ir a la fiesta. Sin embargo, antes – sí o sí – pasa por la peluquería. Y en la peluquería, le jalonean el pelo, la empapan, la secan, la estrujan, la comprimen, la estiran… En síntesis, le sacan la mugre. Pero no hay problema. La mujer sigue feliz porque sabe que – después de la peluquería – irá a la fiesta.
En este caso, la fiesta es el cielo. Y la peluquería, el purgatorio. Entonces – concluía Gerardo – si llegamos al purgatorio… ¡ya la hicimos! ¡Estamos en camino al cielo! Si llegamos al purgatorio, ya no hay forma de que vayamos al infierno. En el purgatorio, la cuestión es corregir nuestra fealdad – como las mujeres, en la peluquería – y listo. ¡Cielo a la vista! ¡Realmente, brillante!
Ahora la nota triste. Triste para nosotros, sus amigos y familiares.
El 3 de abril pasado, Yayo (unos de nuestros “patas” de la promoción del colegio) recibió el siguiente mensaje en su WhatsApp: “Hola Yayo. Gracias por tu mensaje. Aprovecho para contarte que me han detectado un cáncer generalizado y agresivo. Este lunes regreso a Lima para que me traten allá. Estoy muy en paz y tranquilo, y a lo que Dios mande. Hazme el favor de darle un gran saludo a todos los de la Promoción, y diles que pronto nos veremos al lado de Dios. Que él siga acompañando a ti y a tu familia. Abrazos. Gerardo”.
Tal cual, el 29 de abril pasado, a los pocos días de habérsele detectado el cáncer, el Padre Gerardo Aste SJ murió. O, como decía él respecto de la muerte del cuerpo, se durmió para despertar luego en los brazos de Dios, y vivir para siempre en paz y felicidad.
¡Qué suerte la de su familia, por haber tenido a un Santo en su seno!
¡Qué suerte la de todos aquellos que se toparon con el Padre Gerardo Aste SJ en sus vidas!
Y ¡qué suerte también, la de nosotros – los compañeros de la Promoción XXV del Santa María – por haber tenido al gran Piolo a nuestro lado, desde kindergarten hasta la semana pasada! Lampadia






