Aldo Mariátegui
Perú21, 6 de noviembre del 2026
“El Ueno fue intervenido esta semana por insolvente, ilíquido y concentración irregular de créditos. Es decir, Peña y su banda habían usado al Ueno como su alcancía”.
Lo tenía todo. Provenía de una familia pudiente. Tuvo los mejores estudios. Tuvo muy buenos empleos. Guapo, goza de una linda familia y buena salud. Carismático, llegó muy joven a la presidencia (44 años). El país que dirigía crece como un cohete. Su pueblo lo quería y le llamaba “Santi” con cariño genuino. Tenía un sólido partido político detrás. Su imagen internacional era de primera. Hasta hace este martes 3 de noviembre, Santiago Peña era alguien que suscitaba admiración. Desde ayer ha tenido que renunciar a la presidencia y es considerado un delincuente que ha perjudicado a miles, un ser despreciable al que las masas que hasta hace una semana lo vivaban hoy lo lincharían. Porque la ira y decepción del pueblo paraguayo son comprensibles y justas: si ser un delincuente es horrendo, pues es mucho peor aún serlo cuando no existía la menor necesidad, cuando se tuvo y se tenía todo en la vida.
Todo por codicia. Peña era accionista del banco Ueno. Siguió siendo accionista hasta abril de 2025 habiendo sido electo presidente dos años atrás. Ya eso estaba mal. Nombró como titular del Banco Central al presidente de la Financiera Ueno. Desde que asumió, ingentes cantidades de dinero público fueron depositados en el Ueno, que además era la entidad que más personas naturales tenía como depositantes. Resulta que el Ueno fue intervenido esta semana por insolvente, ilíquido y concentración irregular de créditos. Es decir, Peña y su banda habían usado al Ueno como su alcancía.
A la codicia se le sumó la soberbia (y el mal agradecimiento), porque Peña había llegado a la presidencia básicamente porque el expresidente Horacio Cartes, un todopoderoso magnate y el poder máximo en el gobernante Partido Colorado, le había apoyado. Peña se la creyó y se enfrentó insensatamente a Cartes. Por eso hay quien dice que Cartes precipitó su caída, aunque la intervención del banco era inevitable. Como decían los romanos: “Júpiter enloquece primero a aquellos que quiere hacer perder”.






