Ian Vásquez
El Comercio, 27 de octubre del 2026
“Machado será un factor estabilizador en la sociedad venezolana en tanto que el régimen no la obstruya”.
“Estoy aquí. Con ustedes”. Con esas palabras, María Corina Machado anunció su regreso a Venezuela. Fue suficiente para que los venezolanos salieran en masa a recibirla y formaran caravanas a lo largo de su recorrido de cientos de kilómetros por tierra desde Barquisimeto hasta Caracas, donde la esperaban multitudes todavía mayores.
La líder de la oposición no dio ningún discurso, y las movilizaciones de ciudadanos, que también se dieron en ciudades por las que no pasó, fueron todas pacíficas. Su presencia resalta lo que ha hecho falta en Venezuela desde que se sacó al dictador Nicolás Maduro en enero: la legitimidad política, cuya máxima representante es Machado.
Su presencia también ha empezado a echar por tierra una de las hipótesis del gobierno de Trump: que la líder democrática sería un factor desestabilizador que provocaría el caos y obligaría a Estados Unidos a asumir un compromiso importante de seguridad. Ese temor fue una de las razones por las que Estados Unidos ha frustrado el regreso de Machado a Venezuela, algo que ella previamente intentó siete veces.
Esta vez fue diferente, pues Machado iba a regresar sí o sí, y en algún momento Estados Unidos decidió que ya no podía impedirlo. Además, posponer su retorno no ha sido nada popular en partes de la Florida que se tienen que tomar en cuenta de cara a las elecciones de medio término en noviembre. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, terminó afirmando que “las condiciones que han permitido el regreso seguro de la señora Machado a Venezuela son el resultado directo de las conversaciones de reconciliación respaldadas por Estados Unidos”.
Cualesquiera que fueran las razones del cambio de política estadounidense, el regreso de Machado cambia sustancialmente la dinámica de la política venezolana. Primero, pone de manifiesto las deficiencias de la estrategia de Estados Unidos de enfocarse primero en la estabilidad del régimen, luego en la recuperación económica y solo después en la transición democrática. La falta de legitimidad del régimen ha hecho que los acuerdos petroleros y demás entre el régimen y Estados Unidos puedan ser cuestionados por futuros gobiernos democráticos y, por lo tanto, no han conseguido inversiones importantes, para no hablar de la falta casi total de reformas económicas.
Por eso, la transición a un régimen democrático y legítimo siempre tenía que venir antes. Esa falta de legitimidad y el hecho de que la economía sigue deteriorándose notablemente han generado un malestar y descontento popular que, lejos de seguir el plan de Estados Unidos, se ha estado volviendo un factor de inestabilidad social.
Machado será imposible de ignorar o marginar por el régimen, Washington o los representantes de la oposición que seleccionó Estados Unidos (sin haber incluido a Machado o a su partido) para negociar una eventual transición. Ella es la única figura política que goza de una inmensa popularidad y legitimidad.
Uno de los objetivos de Machado será fijar una fecha para las elecciones presidenciales, cosa que hasta ahora se ha postergado, pero que se debería apuntar para mediados del año que viene o antes. Otro objetivo mayor es canalizar las frustraciones y energías del pueblo para alcanzar metas políticamente productivas. Según Carlos Blanco, asesor de Machado, eso incluye la movilización democrática de la sociedad, el fortalecimiento de alianzas políticas y sociales y la promoción de un acuerdo amplio para la construcción nacional. En un país reprimido por décadas, empezar esa tarea cuanto antes es fundamental.
En la práctica, Machado será un factor estabilizador en la sociedad venezolana en tanto que el régimen no la obstruya y Washington reconozca el papel clave que ella juega en establecer una democracia de mercado que beneficiaría a Estados Unidos y a todo el hemisferio.






