Vidal Pino Zambrano
Para Lampadia
Francia es un país al que admiro profundamente. Allí estudié y obtuve un doctorado en la Sorbona. Le debo mucho de mi formación intelectual y le guardo un enorme cariño. Precisamente por eso observo con preocupación sus dificultades actuales.
La crisis francesa no puede atribuirse exclusivamente a la derecha, a la izquierda ni al gobierno de turno. Es el resultado de decisiones acumuladas durante décadas, de instituciones que perdieron capacidad de adaptación y de una clase política que, tanto desde la derecha como desde la izquierda, ha sido tradicionalmente estatista y proclive al gasto público, sin prestar suficiente atención a su eficiencia y sostenibilidad.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Francia emprendió una profunda transformación económica.
Charles de Gaulle convirtió la modernización industrial en una cuestión de soberanía nacional.
Su proyecto combinaba planificación estatal, inversión pública, investigación científica y desarrollo de grandes empresas capaces de competir internacionalmente.
La estrategia dio resultados extraordinarios. Francia fortaleció su industria automotriz, energética, aeronáutica y de telecomunicaciones.
Durante las llamadas Treinta Gloriosas (1945-1973), experimentó un crecimiento económico excepcional.
Pero aquel éxito respondió también a circunstancias históricas particulares. La producción industrial mundial estaba concentrada en relativamente pocos países. Francia aprovechó mercados en expansión y una competencia internacional menos diversificada.
Ese mundo desapareció. Japón, Corea del Sur, China y otras economías transformaron la producción mundial. La competitividad comenzó a depender cada vez más de la innovación, la productividad y la capacidad de adaptación.
Francia conserva importantes fortalezas industriales, pero perdió posiciones en numerosos sectores. El problema no fue la estrategia de de Gaulle, sino la dificultad de renovar un modelo exitoso cuando cambiaron las circunstancias históricas.
Un Estado cada vez más costoso
Las cifras son preocupantes. En 2025, el gasto público representó el 57.2 % del PIB, el déficit fiscal alcanzó el 5.1 % y la deuda pública superó el 115 % del PBI, según el INSEE.
No se trata simplemente de cuestionar el tamaño del Estado. Francia construyó uno de los sistemas de protección social más importantes del mundo. La pregunta es si sus instituciones conservan la capacidad económica para sostenerlo. Gastar más no significa necesariamente gobernar mejor.
Los derechos y los privilegios heredados
Jubilarse a los 40 años, como permite el régimen especial de los bailarines de la Ópera de París, o desde los 52 años, como ocurría con determinadas categorías ferroviarias, ilustra las profundas diferencias del sistema francés de pensiones.
Mientras otros trabajadores de profesiones semejantes deben jubilarse mucho más tarde, estos beneficios históricos han sobrevivido durante generaciones. Aunque existen razones para reconocer el desgaste de ciertas actividades, resulta difícil justificar que derechos comparables dependan de privilegios heredados del pasado.
Existen razones legítimas para reconocer el desgaste físico de ciertas profesiones. Pero eso no impide preguntarse por qué algunas diferencias sobreviven durante generaciones. Una conquista social no debería convertirse en un privilegio intocable simplemente porque existe desde hace siglos.
Los errores compartidos de la política
La derecha ha defendido la protección de grandes empresas y también reducciones tributarias sin resolver suficientemente los desequilibrios fiscales.
La izquierda contribuyó decisivamente a ampliar los derechos sociales, pero algunos de sus sectores se han resistido a revisar beneficios y regulaciones cuando cambian las condiciones económicas.
Los gobiernos de centro tampoco han conseguido superar estas contradicciones.
La teoría de la elección pública ayuda a comprenderlo:
Los grupos beneficiados tienen fuertes incentivos para conservar sus ventajas, mientras sus costos se distribuyen entre millones de contribuyentes. Los políticos, por su parte, enfrentan costos inmediatos cuando reforman y beneficios inciertos a largo plazo.
El verdadero desafío
Desde el Perú, donde conocemos las consecuencias de instituciones débiles y promesas incumplidas, la experiencia francesa ofrece una enseñanza fundamental.
Francia no puede seguir aferrada a los modelos y beneficios heredados del pasado, por exitosos que hayan sido.
Necesita, ante todo, tener la valentía política de revisar a fondo el gasto público, eliminar privilegios y corregir ineficiencias.
Los elevados niveles de déficit y endeudamiento, sumados a la falta de voluntad para enfrentar estos problemas, ponen en riesgo algo mucho más profundo: la sostenibilidad económica, social e institucional del propio país.
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