Ronin 360
Perú21, 5 de octubre del 2026
Pese a haber crecido 109.7% en los últimos 25 años, el ingreso por habitante del Perú se ha alejado del de las economías desarrolladas. ¿Qué ha pasado?
Durante las últimas dos décadas y media, el Perú avanzó. Y bastante. El ingreso por habitante más que se duplicó, millones de personas accedieron a mayores oportunidades de consumo, empleo y educación, y la economía construyó una base de estabilidad que permitió elevar sostenidamente el nivel de vida. Pero hay una paradoja detrás de ese progreso: mientras el Perú se hacía más rico, dejó de acercarse a las economías desarrolladas.
El problema no es que hayamos dejado de crecer. Es que, desde hace más de una década, crecemos demasiado lento para cerrar la distancia que nos separa de los países de mayores ingresos. Dicho de otra manera, podemos seguir avanzando y, al mismo tiempo, alejarnos en términos relativos de aquellos a quienes queremos alcanzar.
Los datos muestran con claridad esas dos etapas. Según el Banco Mundial, el PBI per cápita del Perú pasó de US$7,668 en 2000 a US$16,079 en 2025, un incremento de 109.7%. Pero la mayor parte del acercamiento hacia las economías desarrolladas ocurrió durante la primera mitad de ese periodo. Entre 2000 y 2013, el ingreso por habitante creció a una tasa promedio de 4.77% anual, muy por encima del ritmo de la OCDE, y pasó de representar 19.1% a 31% del ingreso promedio de ese grupo.
Después, la historia cambió. Desde 2013, el PBI per cápita peruano creció apenas 1.13% anual, por debajo del 1.48% registrado por la OCDE. La convergencia se detuvo y, desde 2016, la distancia relativa comenzó nuevamente a ampliarse. En su mejor momento, el ingreso por habitante del Perú llegó a equivaler aproximadamente al 31% del promedio de la OCDE. En 2025 representaba alrededor de 29%. Avanzamos en términos absolutos, pero dejamos de ganar terreno.

¿Por qué avanzamos sin acercarnos?
La teoría del crecimiento ayuda a entenderlo. En las primeras etapas del desarrollo, una economía puede crecer
rápidamente acumulando capital y trasladando trabajadores hacia actividades más productivas. Cuando existe poca infraestructura, maquinaria o tecnología, cada nueva inversión puede generar aumentos importantes de producción. Pero estos motores tienen rendimientos decrecientes: a medida que una economía se desarrolla, resulta más difícil sostener altas tasas de crecimiento simplemente incorporando más capital y trabajo.
En ese punto, la productividad debe tomar el relevo. Crecer sostenidamente exige producir más con los mismos recursos: que las empresas más productivas se expandan, que el capital y el trabajo se desplacen hacia actividades más eficientes, y que aumenten la innovación y las capacidades productivas. La convergencia, por tanto, no es automática: después de una primera etapa basada en acumulación de factores, se necesita otra crecientemente basada en productividad.
La experiencia peruana se ajusta a este patrón. Según el Banco Mundial, entre 2002 y 2013 el crecimiento estuvo favorecido por el auge de las materias primas. Sin embargo, desde 1991 la productividad creció a una tasa más de 4.5 veces inferior a la del capital y la fuerza laboral y, desde 2013, la productividad del sector formal se estancó. Allí aparece probablemente el principal obstáculo para volver a converger.
La comparación internacional es reveladora. Según la OCDE, la productividad laboral del Perú equivalía al 27% de su promedio en 2016 y, ocho años después, seguía en 27%. En cambio, Costa Rica pasó de 55% a 64% y República Dominicana de 42% a 49%. El problema no es solo nuestra baja productividad, sino que la brecha tampoco se está cerrando.
La baja productividad también nos hace más vulnerables. Cuando el crecimiento depende de precios internacionales, capital o condiciones externas favorables, una crisis o shock climático puede borrar rápidamente parte de lo avanzado. En 2020, el PBI per cápita peruano cayó a 28.19% del promedio de la OCDE y, cinco años después, aún no recuperaba su máximo relativo. Una economía con baja productividad no solo crece menos: también tiene menor capacidad para sostener lo avanzado frente a nuevos shocks.

La siguiente etapa
Este diagnóstico refuerza la importancia de la nueva agenda de reformas estructurales. Los Comisionados de Alto Nivel tienen nueve meses para formular propuestas en cuatro frentes: formalización laboral y productividad, acceso al financiamiento, gestión de la inversión pública y cumplimiento tributario. Son ámbitos que atacan varios de los obstáculos detrás del estancamiento de la productividad.
El Perú ya construyó una base de estabilidad, inversión y acumulación de capital que le permitió avanzar. Pero, para volver a cerrar la distancia con las economías desarrolladas, no basta con seguir creciendo: necesitamos crecer más rápido que ellas. Y eso será difícil sin un aumento sostenido de la productividad.






