James de La Torre
Co Autor de ‘El crecimiento silencioso de la economía peruana 1821 – 2025’
Para Lampadia
En el artículo anterior, exploramos la complejidad social del mundo rural peruano. Como se dijo, solemos sobre simplificar la estructura social del campo en ‘hacendados ricos’ y ‘campesinos pobres’.

Así, favorecemos una lectura que ciertamente se presta a usos de tipo político, pero que no es útil para capturar la diversidad social del campo. La vez pasada, nos centramos en el sur del país; en esta ocasión, terminaremos el recorrido valiéndonos de diferentes estudios etnográficos.
En el centro, destacan los estudios realizados en la sierra de Lima. Uno de los más reveladores es la tesis doctoral de la antropóloga Isabelle Lausent (1983), concretamente en el distrito de Acos. En sus palabras, la autora observa una “extrema jerarquización de las estructuras económicas” y “formas tradicionales de dominación” al interior de éstas (p. 402).
Es decir, encuentra familias comunero-campesinas dueñas de extensas propiedades y altamente vinculadas al comercio. En específico, producían para abastecer la demanda de alimentos del mercado limeño.
Este mismo fenómeno es identificado por Ileana Vegas (1996). En su investigación del valle de Lima, destaca la figura del ‘arrendatario moderno’. En esencia, se trataba de población indígena con el dinero suficiente como para alquilarle a los ‘hacendados arcaicos’ parte o la totalidad de sus propiedades. Estos últimos no siempre poseían mentalidad empresarial en el sentido moderno; más bien, preferían vivir de rentas. En cambio, los arrendatarios sí estaban dispuestos a arriesgar, invertir y reinvertir para maximizar la producción. De este modo, introducían prácticas modernas en la gestión agrícola. Fuera de lo que alquilaban, eran propietarios de tierras, contaban con experiencia comercial y una posición destacada dentro de su comunidad.
Más allá de Lima, la región Junín ha sido una de las más documentadas. El antropólogo Gavin Smith estudió en más de una ocasión el distrito de Huasicancha, donde documentó una enorme heterogeneidad en su campesinado. Los comuneros mejor acomodados concentraban buena parte de las tierras, por lo que los más pobres se veían en la necesidad de trabajar para aquellos. Smith (1991) señala que cuando esto sucedía, los comuneros ricos se referían a los comuneros empleados “con el antiguo término de hacienda, peón” (p. 111). En otras palabras, una unidad doméstica campesina podía someter tranquilamente a otra dentro de la misma comunidad. Aquella realidad rompe con el paradigma de familias comuneras viviendo en perfecta armonía: convivían poderosas tensiones, afán de diferenciación y hasta dinámicas de explotación.
En el mismo valle del Mantaro, las investigaciones de Carlos Samaniego (1974), Norman Long y Bryan Roberts (2001) y Alphonse MacDonald (1975) llegan a conclusiones similares. El primero, desde su prefacio, cuestiona los discursos académicos que pretendían crear la impresión de homogeneidad al interior de las comunidades: “Una tendencia general y errónea ha sido, implícita o explícitamente, generalizar sobre los campesinos. La heterogeneidad y la diferenciación han sido desde el principio las principales características de los productores rurales familiares” (p. i).
A partir de esta segmentación social, el segundo estudio describe una ‘clase empresarial rural’ profundamente insertada en las dinámicas de mercados interregionales, que empleaba la mano de obra de sus pares e incorporaba insumos modernos para la producción, como insecticidas, plaguicidas, fertilizantes y hasta tractores.
De la tercera investigación se sabe que luego estas innovaciones, una vez probada su utilidad, eran copiadas por los demás campesinos. ‘Schumpeterianamente’, los vecinos ricos de la comunidad introducían prácticas que, con el pasar del tiempo, acababan siendo imitados: “las nuevas técnicas se utilizan más ampliamente y son aceptadas como rutinas normales” (p. 201).
Digamos algo de la macrorregión norte. Los trabajos de Cynthia McClintock (1981), Salomón Miller (1967) y Mario Vasquez (1965) se desarrollan en el departamento de La Libertad. Luego de examinar las estadísticas relativas a la propiedad de la tierra y analizar la estructura político-social, la profesora McClintock encuentra que “Virú es un pueblo heterogéneo e individualista” (p. 102). Los otros dos autores, que estudiaron la zona desde 1949, identifican también comuneros ricos que eran dueños de grandes rebaños, ostentaban vestimentas modernas, casas construidas con materiales costosos, hablaban español perfectamente y desdeñaban trabajar por jornal. No eran solamente agricultores, sino que también comerciantes que exportaban maíz, frutas, vegetales, pollos y vacas de sus comunidades.
Podrían citarse otros ejemplos. Sin embargo, resulta evidente que el fenómeno se repite a lo largo del territorio nacional.
De todas formas, si los estudios citados no son suficientes, siempre podemos revisar el libro ‘Comunidades campesinas del Perú’, del antropólogo Henry Dobyns (1970). Tras revisar decenas de estudios de caso, encuentra que sólo en el 8% de las comunidades había poca diferencia social; en el 92% restante, existían estructuras de clases sociales fuertemente definidas.
Por ello, rechaza el ‘estereotipo intelectual’ de una colectividad igualitaria al interior de la comunidad indígena, reservando el concepto de ‘subordinación social’ al vínculo con los hacendados.
Dentro de una misma comunidad, con ancestros, etnias y raíces comunes, algunos “trabajaban como peones, sirvientes y pastores; eran marginados” (p. 43).
En resumen, el Perú contó con una clase media rural que -con luces y sombras- fue un agente dinamizador de las economías locales.
Este hecho se manifestó espacialmente (a lo largo de la costa y sierra) y temporalmente (pre y post reforma agraria).
Aunque la desigualdad campesina trajo consigo problemas y tensiones, como los que relata Benjamin Orlove (1979), también impulsó procesos de transformación.
El afán de diferenciación social llevó a que quienes disponían de mayores recursos (dinero, tierra, ganado, educación, capital social, experiencia) emprendan bajo su propio riesgo aventuras empresariales e inviertan en tecnologías, que luego serían incorporadas por el resto de la comunidad.
Estos campesinos anónimos cumplieron un rol productivo-modernizador fundamental, muchas veces eclipsado por las historias políticas.
Lampadia






