Ernesto Bustamante
El Comercio, 17 de septiempre del 2026
“La reforma no debería deshacer la descentralización, sino corregirla”.
El ministro de Salud, Luis Dyer, ha planteado evaluar que la administración de los hospitales regionales vuelva al Ministerio de Salud. La propuesta toca un problema grave del sistema: una descentralización que trasladó responsabilidades a los gobiernos regionales sin garantizar que tuvieran capacidad para asumirlas.
Janice Seinfeld señaló en El Comercio que devolver los hospitales al Minsa no resolverá sus problemas: no asegura mejores médicos, medicamentos ni gestión eficiente. Además, el Minsa nunca dejó de ejercer la rectoría, así que cabe preguntarse por qué no corrigió esas deficiencias.
Pero eso no implica mantener sin cambios el modelo actual. La pregunta de fondo no es si defendemos o rechazamos la descentralización, sino qué funciones sanitarias se administran mejor en cada nivel del Estado.
Dyer se ha referido a “hospitales regionales” sin precisar cuáles: no es igual devolverlos todos que transferir solo los de mayor complejidad, poco más de una veintena de establecimientos.
Los hospitales de alta complejidad dependen de especialistas escasos, equipos costosos y redes nacionales de referencia. Distribuir esas capacidades entre gobiernos regionales puede ser ineficiente; la escala nacional ofrece una ventaja clara, y la telemedicina permitiría llevar esa capacidad a pacientes de todo el país.
El primer nivel responde a otra lógica: la prevención, la promoción de la salud, la vacunación, el control materno-infantil y la atención comunitaria exigen cercanía con la población y conocimiento de realidades epidemiológicas y sociales diversas, donde la gestión territorial tiene ventajas evidentes.
La reforma no debería deshacer la descentralización, sino corregirla: el Minsa asumiría los hospitales de mayor complejidad y las funciones de escala nacional, mientras que los gobiernos regionales mantienen los servicios que dependen de la cercanía ciudadana.
Seinfeld dice bien que transferir competencias es más sencillo que construir capacidades, pero conservar una función donde opera mal tampoco es política pública. El criterio ya está planteado: a Dyer le toca aplicarlo con cifras sobre qué hospitales superan ese umbral, y precisar qué significa la “rectoría”: no administrarlo todo, sino fijar estándares que se cumplan.
El Ejecutivo ya dio un primer paso: el D.S. declaró al Minsa en reorganización por 90 días, pero no resuelve estas preguntas: depende del consenso interno del Minsa, no prevé participación regional, y no fija criterio para decidir qué hospitales o funciones cambian de nivel. El mismo principio aplica a Essalud, otro caso de funciones superpuestas.
No se trata de elegir entre centralizar o descentralizar, sino de algo menos ideológico y más exigente: asignar cada responsabilidad al nivel del Estado donde pueda funcionar mejor. Y que la calificación de lo bueno y de lo malo no la hagan aquellos gatos que fungen de despenseros.






