Martín Naranjo
Gestión, 11 de agosto del 2026
Pocas veces nos preguntamos cuáles son las virtudes del empresario que hacen posible que esa capacidad de crear valor contribuya realmente al bienestar de otros.
Regresando de una reunión en su empresa, en el tráfico de la Panamericana Sur, un amigo me hizo una pregunta aparentemente sencilla: “¿En qué piensas la mayor parte del tiempo?”. No supe responderle con precisión. Supongo que pienso mucho en mi familia y, buena parte del tiempo, en cómo hacer que el sistema financiero contribuya mejor al desarrollo del país. Me pareció una muy buena pregunta, de esas que te hacen revisar tus propios supuestos.
“Yo sí sé perfectamente en qué pienso todo el tiempo”, me dijo. Mi amigo, que lleva más de treinta años construyendo empresas, me explicó que todo el tiempo está pensando en identificar qué necesidades existen por resolver mejor. En cómo hacer para atenderlas y en qué productos podrían funcionar bien. Su respuesta sigue acompañándome. Lo que describía era una manera de ver el mundo.
Me atrevería a especular que todos terminamos entrenando nuestra atención, de manera que vemos lo que buscamos, lo que estamos entrenados a ver. Así como un médico tiene una manera especial de ver grupos de síntomas o un economista su propia forma de ver incentivos e instituciones, un empresario piensa en posibilidades. Encuentra un problema y comienza, casi de inmediato, a imaginar cómo resolverlo. No obstante, descubrir oportunidades no es suficiente. También hay que convencer a otros de que se sumen, valoren los riesgos y reconozcan la oportunidad.
Hacer empresa es, por supuesto, una actividad económica, pero, como tal, también es una actividad moral. ¿En qué consiste, entonces, la moral del empresario? Esta pregunta me parece relevante porque nos obliga a mirar más allá de la economía. Al respecto, pocas veces nos preguntamos cuáles son las virtudes del empresario que hacen posible que esa capacidad de crear valor contribuya realmente al bienestar de otros. Por ejemplo, cuando se expandieron la banca digital y las billeteras electrónicas, millones de personas en el Perú pudieron realizar operaciones que antes exigían mayores costos de desplazamiento o tiempos de espera.
Cuando las innovaciones funcionan así, lo que cambia es el conjunto de oportunidades de toda una sociedad.
Con seguridad, las virtudes de un empresario no son solamente las que permiten movilizar capitales. Tienen, en realidad, mucho que ver con esa forma de mirar el mundo concentrada en la creación de valor, en la creación de oportunidades que antes, simplemente, no existían. Para ello, tiene que identificar problemas, descubrir necesidades, concebir soluciones y organizar capacidades para convertirlas en realidad. Y eso exige virtudes que podemos llamar de descubrimiento y de ejecución: virtudes para descubrir problemas, identificar necesidades y concebir soluciones, y virtudes para hacerlas realidad.
Las utilidades son indispensables, pero la rentabilidad no es suficiente para explicar todo el valor económico y social de una empresa. La rentabilidad es una señal, no una prueba. Señala que los recursos movilizados están encontrando una demanda. De acuerdo con Milton Friedman, la búsqueda de beneficios dentro de las reglas del juego es una función legítima de la empresa. No obstante, describir al empresario solamente como alguien que busca el lucro puede ser insuficiente. Ya lo había intuido Adam Smith cuando escribió sobre los sentimientos morales y mostró la importancia de virtudes como la prudencia, la justicia y la benevolencia para la vida en sociedad. Su análisis ayuda a entender que el intercambio no ocurre en un vacío moral. De allí se desprende un corolario central: el mercado no reemplaza la moral, más bien, la presupone.
En su trilogía sobre la burguesía, Deirdre Mccloskey reivindica la importancia de diversas virtudes para la actividad empresarial: fe, esperanza y amor; coraje para emprender; prudencia para administrar los riesgos; justicia para construir relaciones de confianza; y templanza para mantener el rumbo. Mccloskey defiende una tesis aún más provocadora: que la prosperidad moderna no surgió solamente del capital o de las instituciones, sino también del cambio en las ideas sobre la libertad y de una nueva valoración de la actividad comercial, empresarial e innovadora.
Por eso creo que la conversación sobre el empresariado suele empezar en el lugar equivocado. Con frecuencia discutimos rentabilidad y crecimiento. Son importantes, pero ocurren después. Antes tiene que haber personas que dedican buena parte de su vida a preguntarse cómo resolver un problema mejor que ayer, cómo abrir nuevas oportunidades y cómo ensanchar, una vez más, la frontera de posibilidades de los demás.
La rentabilidad es necesaria, pero no suficiente. La empresa crea valor cuando resuelve problemas y amplía las posibilidades de los demás. Y su legitimidad moral depende también de las virtudes con las que descubre esos problemas, concibe sus soluciones y las convierte en realidad. Quizá la verdadera moral del empresario empieza en esa decisión cotidiana de dedicar talento, esfuerzo y recursos a crear algo que mejore la vida de otros. Quizá, querido lector, una vida termina pareciéndose a aquello en lo que no podemos dejar de pensar.






