Andrés Balta
Perú21, 30 de julio del 2026
«La independencia de los Estados Unidos tuvo el propósito de proteger derechos, libertades e instituciones que los colonos entendían como parte de la tradición inglesa».
Las grandes y fundamentales diferencias entre la rebelión americana y la revolución francesa están en el epicentro del debate de las democracias modernas.
La independencia de los Estados Unidos tuvo el propósito de proteger derechos, libertades e instituciones que los colonos entendían como parte de la tradición inglesa. Más que crear un nuevo orden social desde cero, buscó preservar límites al poder político y asegurar la libertad individual.
La diferencia con la Revolución Francesa resulta profunda. Mientras la rebelión americana se entendió para defender derechos preexistentes, la francesa intentó reconstruir integralmente la sociedad sobre la base de principios concebidos por la razón como una diosa, desencadenando un terror brutal y un tremendo genocidio. Allí aparece una de las grandes discusiones de la modernidad: si el orden social debe evolucionar gradualmente o si puede ser diseñado deliberadamente desde arriba.
Hayek describió esta diferencia como el contraste entre un liberalismo evolutivo y un liberalismo racionalista. El evolutivo, el de John Lock, inspiró la rebelión americana, el segundo, el de Rousseau, la revolución francesa. Este último deposita una enorme confianza en la capacidad humana para comprender y reorganizar la sociedad desde cero. Sin embargo, esa confianza se transforma en soberbia y egocentrismo cuando asume que la razón es capaz de abarcar y dirigir las acciones de millones de personas y/o el entramado de los órdenes extensos, reemplazando conocimientos, tradiciones e instituciones que son el resultado de milenios de evolución social.
El error gigante ha consistido en convertir la razón en una especie de diosa secular y atribuirle poderes mágicos. Ningún gobernante, comité de expertos o burócrata posee el conocimiento necesario para coordinar desde un centro la inmensa cantidad de decisiones que toman diariamente millones de individuos.
Instituciones como la propiedad, el matrimonio, la familia, el lenguaje, el dinero o el Estado de derecho acumulan conocimientos de vivos y muertos, a lo largo de milenios. No fueron inventadas por una mente brillante ni surgieron de un decreto. Son órdenes complejos que evolucionaron gradualmente, incorporando experiencias de innumerables generaciones. Destruirlas o reemplazarlas por construcciones teóricas generan consecuencias imposibles de anticipar, además de pérdidas, muertes y estupidez.
La razón, aunque valiosa, es limitada frente a lo múltiple y variable de la acción humana. Desde esta perspectiva, la principal lección de la independencia americana es la convicción de que una sociedad libre se construye sobre instituciones que contienen y limitan el poder, no sobre la ilusión ni la inmodestia de que unos pocos pueden rediseñar exitosamente la vida de todos.






