Martín Naranjo
Gestión, 14 de julio del 2026
Cuando un equipo gana suele hablar de preparación y disciplina. Cuando pierde, recuerda al árbitro, un gol anulado o un penal que no se cobró.
Seguramente usted, querido lector, cuando aprobó sus cursos dijo “aprobé”, y cuando no aprobó dijo “me jalaron”. La diferencia parece pequeña, pero en realidad atraviesa buena parte de la experiencia humana. En un caso nos identificamos como responsables de nuestros éxitos; en el otro, nuestros fracasos provienen de factores externos. Somos sujeto de nuestros éxitos y objeto de nuestros fracasos.
Los psicólogos llaman `atribución’ a la forma en que nos explicamos por qué ocurren las cosas. Una de las manifestaciones más estudiadas de atribución es el llamado `sesgo de autoservicio’. Este sesgo se refiere a la tendencia espontánea y muy frecuente, aunque no universal, a atribuir nuestros éxitos a factores internos, como el esfuerzo o la capacidad; y nuestros fracasos, a factores externos, como las circunstancias o las decisiones de otros. Cuando un equipo gana suele hablar de preparación y disciplina. Cuando pierde, recuerda al árbitro, un gol anulado o un penal que no se cobró.
Eso no significa que los factores externos no sean relevantes. Es perfectamente posible que un árbitro decida injustamente. Sin embargo, no se trata de determinar si es que esos factores explican lo ocurrido. Se trata de identificar cuándo usamos esas explicaciones. ¿Las usamos porque la evidencia lo demanda o porque nos permiten proteger nuestra identidad?
Aunque pensemos que nuestra memoria registra la realidad objetivamente, la psicología ha mostrado que el proceso es bastante más complejo. Al observar los hechos también los organizamos en relatos que les dan sentido. Narramos nuestra experiencia de un modo que preserve la coherencia con las historias que nos contamos.
Necesitamos creer que somos personas competentes que conservamos cierto grado de control sobre nuestras vidas; de esa manera, protegemos nuestra identidad y orientamos nuestras decisiones. Cuando los hechos confirman nuestros relatos, no llaman nuestra atención, pero, cuando los contradicen, comienza un trabajo silencioso de reinterpretación. Aunque rara vez cambiamos los hechos, a menudo cambiamos la explicación que les damos. Nuestra identidad, sin duda, influye en cómo actuamos y en cómo interpretamos lo que nos ocurre.
Otro ejemplo del modo en que interpretamos los hechos ocurre en la política. Cuando alguien vota como nosotros, interpretamos su posición como una muestra de conocimiento o de reflexión. Si vota por el grupo contrario, podemos atribuirla a ignorancia o manipulación. Con más frecuencia de lo que imaginamos, razonamos para defender nuestras creencias e interpretamos los mismos hechos de manera distinta dependiendo de si confirman o contradicen nuestros supuestos.
Quizá por eso resulta tan difícil perder. Una derrota produce una tensión difícil de resolver porque puede poner en cuestión la historia que nos veníamos contando. Y, cuando esto sucede, la razón no siempre actúa con imparcialidad. Más bien selecciona argumentos, ordena los hechos y construye un nuevo relato para preservar la coherencia.
Hay pocos momentos en los que este conflicto entre realidad e identidad se hace tan nítido como con un resultado electoral. Incluso antes de que se terminen de contar los votos, debemos procesar si el candidato de nuestras preferencias ganó o perdió. Quienes ganan suelen concluir que los ciudadanos reconocieron la calidad de su propuesta. Quienes pierden intentan comprender qué ocurrió. A veces descubren errores propios, pero muchas veces la necesidad de preservar su relato hace que toda la explicación se desplace hacia factores externos. Esas explicaciones cumplen una función indispensable. Sin ellas sería muy difícil recomponerse después del fracaso. El problema aparece cuando dejamos de utilizarlas para recuperarnos y empezamos a utilizarlas para negar la evidencia.
Es allí donde conviene hacer una distinción fundamental. Ningún sistema es perfecto. Sería ingenuo pensar que las instituciones nunca fallan. No obstante, una cosa es mostrar evidencia y otra muy distinta es suponer que esta existe simplemente porque el resultado contradice nuestras expectativas.
Así, es muy diferente explicar que racionalizar. Una explicación siempre puede ser puesta a prueba por los hechos. Una racionalización, en cambio, es inmune a la evidencia, pues siempre encuentra la manera de sobrevivir. Si todo lo que veo confirma mi teoría, entonces ya no estoy usando mi teoría para comprender. Estoy usando la realidad para proteger lo que ya creo.
Las sociedades, como las personas, viven de las historias que cuentan sobre sí mismas. Construyen su identidad a través de las historias que comparten. Sin esas historias difícilmente formaríamos familias o construiríamos instituciones, pero las mismas historias que nos ayudan a construir el futuro también pueden impedirnos aceptar el presente cuando los hechos las contradicen.
Quizá esa sea una de las paradojas humanas más difíciles de valorar. Vivimos imaginando posibilidades y necesitamos relatos para actuar. Sin embargo, también necesitamos la humildad suficiente para permitir que la realidad nos corrija. Porque la convivencia no se fortalece cuando todos pensamos igual, ni cuando nadie cuestiona nada. Se fortalece cuando somos capaces de sostener simultáneamente dos convicciones muy exigentes: que toda evidencia debe ser analizada con rigor y que, al mismo tiempo, la realidad puede no coincidir con las historias que nos contamos.






