Daniela Ibañez de la Puente
El Comercio, 6 de mayo del 2026
“El giro al centro no puede ser tan profundo que lo desligue de las banderas irrenunciables de su coalición inicial”.
El pase inminente de Roberto Sánchez a la segunda vuelta contra Keiko Fujimori nos supone un ‘déjà vu’. Una contienda en la que la izquierda radical se alía con el antifujimorismo –más debilitado que en ocasiones anteriores– genera el temor de que una opción que busque patear el tablero y cambiar todas las reglas de juego llegue al poder nuevamente.
Ante ello, hay sectores que buscarán autoconvencerse de que a Roberto Sánchez se le puede trazar una hoja de ruta, al estilo de Ollanta Humala en el 2011, a pesar de que Sánchez se asemeja más a la versión Humala del 2006: aquel que hablaba de asamblea constituyente y de frenar proyectos mineros. Según la congresista Diana Gonzáles, Sánchez ha sido el verdadero poder en las sombras en la Comisión de Energía y Minas, buscando viabilizar, entre otras cosas, un proyecto de ley inspirado en el concepto errado de “concesiones ociosas”, que reduciría el plazo de las concesiones mineras de 30 a 15 años, desincentivando la inversión minera formal a largo plazo. A semanas de la segunda vuelta, Sánchez no ha abandonado la bandera constituyente ni lo hará, pues hacerlo sería una estocada de muerte al sector castillista que le otorga buena parte de su caudal electoral.
Hay sectores que bajo ninguna circunstancia respaldarán al fujimorismo, y muchos buscarán activamente impedirle llegar al poder. Para ellos, la contienda es una disyuntiva entre el hambre y la dictadura: le atribuyen al fujimorismo la intención de perpetuarse en el poder, pero no le asignan la misma intención a Sánchez, ignorando que la experiencia regional demuestra que los caudillos de izquierda convocaron asambleas constituyentes precisamente para consolidar su reelección. El fujimorismo, en cambio, no tiene incentivos para cambiar una Constitución que respalda, ni contaría con mayoría congresal para hacerlo por cauces institucionales.
En ese intento, algunos sectores condicionarán su apoyo a Sánchez a que prescinda de su socio político Antauro Humala. Podrá hacerlo discursivamente –de hecho, ya minimiza su participación en campaña–, pero todos saben que los favores de campaña se cobran una vez en el poder. La pregunta de fondo es si Sánchez puede abdicar de su ímpetu estatista: nacionalizar sectores estratégicos, renegociar tratados de libre comercio, cerrarnos al mundo. Quizás él mismo se vea tentado –es más oportunista que convencido ideológico–, pero debe responder a las alianzas que lo han llevado hasta aquí. El giro al centro no puede ser tan profundo que lo desligue de las banderas irrenunciables de su coalición inicial.
Hay además una variable de contexto crucial: ollantizar a Sánchez en el 2026 no es lo mismo que haberle trazado la hoja de ruta a Humala en el 2011, cuando el superciclo minero impulsaba la economía y la pobreza caía sostenidamente. Hoy ese superciclo no se ha aprovechado y la pobreza está estancada.
El trabajo para encuadrar a Humala tomó cinco años. Con Sánchez habría menos de cinco semanas. Quienes busquen hacerlo son ingenuos o están dispuestos a correr un riesgo desmedido. Las hojas de ruta no son inocuas: nos dejaron un Estado plagado de corrupción, sobredimensionado e incapaz de alcanzar su potencial de crecimiento. Quienes caigan en esa tentación estarán condenando a las generaciones futuras.






