Urpi Torrado
El Comercio, 26 de marzo del 2026
“¿Cómo confiar en instituciones si no confiamos en los otros? Sin confianza no hay desarrollo económico ni instituciones fuertes”.
En los últimos años, hemos visto cómo la confianza en el Perú se ha ido debilitando. La crisis de confianza ha escalado, de la polarización al resentimiento hacia el sistema, alcanzando un nuevo nivel. El Edelman Trust Barometer 2026 muestra que el problema ya no es solo que no confiemos en las instituciones, sino que hemos empezado a dejar de confiar en los demás, especialmente en quienes piensan distinto.
El principal hallazgo de este reporte es que nos encontramos frente a una nueva etapa, la de la insularidad. La confianza deja de ser un puente y se convierte en una frontera. Las personas se repliegan hacia lo cercano: su familia, su entorno inmediato, quienes comparten sus ideas. Fuera de ese círculo, predomina la sospecha. Ya no se trata de ‘nosotros’, sino de ‘los míos’.
El informe aporta datos que evidencian la magnitud del problema. A escala global, 7 de cada 10 personas (70%) dicen no confiar, o dudar en confiar, en alguien que piensa distinto, reflejando el avance de la insularidad. En paralelo, la confianza se retrae hacia lo cercano; es decir, empleadores y círculos personales ganan legitimidad, mientras líderes políticos y otros actores públicos permanecen en niveles bajos.
En el caso peruano, las cifras reflejan una fragilidad aún mayor. El índice de confianza se mantiene en el rango inferior, de desconfianza estructural. Asimismo, la brecha entre instituciones es significativa. Las empresas generan cierto nivel de confianza, en contraste con el gobierno, el Congreso y los partidos políticos que, según las encuestas de Datum, se consolidan como los menos creíbles. Una mayoría evita discutir temas públicos y políticos, lo que limita la exposición a opiniones distintas y refuerza entornos cerrados. En este contexto, la insularidad no es solo una tendencia global que llega al Perú, sino una dinámica que se intensifica sobre una base de fragmentación ya existente.
En el Perú, esta tendencia encuentra un terreno particularmente fértil. Venimos de años de inestabilidad política, crisis institucional y una creciente desafección ciudadana. El 68% expresa un sentimiento de agravio al considerar que los políticos y el gobierno sirven a unos pocos, que sus acciones los perjudican, que el sistema favorece a una élite.
Solo una minoría de peruanos disfruta hablar de política; la mayoría la evita. No hay debate, no hay intercambio, no hay construcción colectiva. En ese vacío, la insularidad no solo crece, se normaliza. Se debilita la posibilidad de impulsar reformas, de adoptar cambios e incluso de imaginar un futuro compartido. El otro deja de ser un interlocutor y pasa a ser una amenaza o, en el mejor de los casos, alguien irrelevante.
El proceso electoral no es ajeno a este fenómeno, es evidente el impacto de la insularidad. Los altos niveles de indecisión no son solo falta de información, sino reflejo directo de la desconfianza, de ciudadanos que no creen, no se identifican y, por lo tanto, no se comprometen. En un escenario en el que seguramente enfrentaremos una segunda vuelta, el riesgo es mayor. No sabemos si esta insularidad se traducirá en mayor rechazo y desconexión, en ausentismo, en decisiones emocionales o en un voto más defensivo que propositivo. Lo que sí es claro es que, sin puentes entre ciudadanos, el proceso electoral difícilmente construirá legitimidad y más bien terminará administrando una desconfianza que seguirá marcando el rumbo del país.
Recuperar la confianza ya no pasa únicamente por mejorar instituciones o liderazgos, sino por reconstruir los vínculos entre ciudadanos. ¿Cómo confiar en instituciones si no confiamos en los otros? Sin confianza no hay desarrollo económico ni instituciones fuertes. No se trata de cambiar a las personas, sino de reconocer y aceptar las diferencias, evidenciar los intereses comunes y articular necesidades, objetivos y realidades.






